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Tierras ridículas

27 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Vidal Mendoza

 

Así pues, lo que se impone es hablar abiertamente de todos los temas desagradables sin transigir con el racismo, es decir, rechazar la idealización humanitaria de los refugiados. Ello que descarta todo intento de enfrentarse abiertamente a los difíciles problemas de la cohabitación de diferentes formas de vida como concesión a la derecha neofascista. De esta manera, lo que desaparece es el encuentro auténtico con un vecino de verdad en su forma específica de vida. Descartes, el padre de la filosofía moderna, observó que, cuando era joven, las costumbres y las creencias de los extranjeros le parecían ridículas y excéntricas; sin embargo, luego se preguntó qué pasaría si nuestras propias costumbres también les parecieran a ellos ridículas y excéntricas. El resultado de esta inversión no es un relativismo cultural generalizado sino algo mucho más radical e interesante: deberíamos aprender a vernos a nosotros mismos como excéntricos, a ver nuestras costumbres en toda su peculiaridad y arbitrariedad.

El islam (como cualquier otra religión substantiva) da nombre a toda una forma de vida que, en su versión de Oriente Próximo, se basa en una familia extensa con una fuerte autoridad de padres y hermanos (lo que no es específicamente musulmán sino más mediterráneo), y, cuando los miembros jóvenes de esta clase de familias, especialmente las niñas, se mezclan con sus semejantes de familias occidentales más individualistas, esto da lugar casi inevitablemente a tensiones. ‘Somos’ nuestra forma de vida, es nuestra segunda naturaleza, que es la razón por la que una ‘educación’ directa no es capaz de alterarla. Se necesita algo mucho más radical, una especie de brechtiana ‘extraneation’ (alienación o extrañamiento), una profunda experiencia existencial por medio de la cual se nos descubre de repente cuán estúpidamente sin sentido y arbitrarias son nuestras costumbres y ceremonias, que no hay nada de natural en la forma en que nos abrazamos y nos besamos, en la forma en que nos lavamos, en la forma en que nos comportamos mientras comemos…

De este modo, la clave está no en reconocernos a nosotros mismos en los extraños, no en regodearnos en la reconfortante falsedad de que “son como nosotros”, sino en reconocer a un extraño en nosotros mismos; en eso consiste la dimensión más íntima de la modernidad europea. El comunitarismo no es suficiente: un reconocimiento de que todos somos unos locos extraños, cada uno a su manera, ofrece la única esperanza de una tolerable coexistencia de diferentes formas de vida.

¿Quiere esto decir que deberíamos resignarnos a una coexistencia de grupos aislados de locos, encomendando a la ley el mantenimiento de algún tipo de orden mínimo mediante la imposición de reglas de interacción? Por supuesto que no, pero la paradoja es que deberíamos pasar por este punto cero de “desnaturalización” si queremos embarcarnos en un largo y difícil proceso de solidaridad universal, de construcción de una causa que sea lo suficientemente potente como para atravesar comunidades diferentes.

Si queremos solidaridad universal, tenemos que volvernos universales, tenemos que relacionarnos con nosotros mismos como universales mediante la incorporación de cierta distancia hacia nuestro mundo vital. Se necesita un esfuerzo ímprobo y doloroso para llevar a cabo no sólo reflexiones sentimentales sobre los migrantes sino una nueva forma de “proletariado nómada”. ¿Qué habría que hacer entonces? Para empezar, ¿qué tal un par de medidas pragmáticas perfectamente factibles? A corto plazo, la UE debería establecer centros de acogida en lugares seguros lo más próximos posible (el norte de Siria, Turquía, islas griegas…) y luego organizar un transporte directo de los refugiados admitidos a su destino europeo (mediante transbordadores y puentes aéreos), con lo que se dejaría fuera a las redes de contrabandistas que se levantan miles de millones de dólares, así como se pondría fin al sufrimiento humillante de miles de personas deambulando a pie por toda Europa. A medio plazo, aplicar todos los medios, públicos y secretos, con una guerra informativa estilo Wikileaks, al chantaje económico (de Arabia Saudí, por ejemplo) para poner fin a la guerra o, al menos, para extender las zonas libres de conflicto. En cuanto a la solución a largo plazo que consistiría en atacar las causas de la crisis, se necesita una transformación mucho más radical.

 

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