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La Voz de la Fe

17 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Dr. Juan Spyker Anderson

(Vicepresidente del Consejo Interreligioso de Michoacán, AC y Presidente de la Asociación de Ministros Evangélicos de Michoacán, AC)

 

Mi abuelo materno, Oscar Anderson, sufrió mucho en la vida, no obstante gozó de sus nietos y de toda su familia, así como de su trabajo y de su relación con Dios.  Fue un gran ejemplo para mi.  Recuerdo cuando él y mi abuela se sentaban en la sala de su casa para tocar sus instrumentos musicales y cantar juntos.

Él tocaba una arpa pequeña y mi abuela tocaba el piano y cantaban himnos de “los de antes” con todo el corazón, y además tenían buenas voces.  El cantaba la melodía y ella le hacía un segunda voz con una armonía hermosa que nosotros disfrutábamos los domingos por las tardes después de regresar de la iglesia y de comer juntos.  Jamás podré olvidar esos momentos preciosos. Era obvio que mis abuelos amaban a Dios con todo su corazón. Los recuerdo y me hace llorar.

Mi abuelo forma parte importante de mi vida hoy.  Su sonrisa, su abrazo, su aceptación absoluta de mi persona, su ejemplo en todo lo que hacía,  sus comentarios y consejos se quedarán conmigo hasta el último día de mi vida.  Pero sobre todo, lo que me formó de niño y joven y me guardó después en los momentos difíciles de mi vida, fue su “fe en Dios”.  Su fe se veía reflejada en todo lo que hacía y decía.

Por ejemplo, mi abuelita estuvo muy enferma durante muchos años y recuerdo que no era nada fácil para él atenderla.  No obstante lo hacía amorosa y cuidadosamente y a la vez cumplía con sus dos trabajos, el de la granja y el trabajo con el gobierno. Era mucho su trabajo, ya que sembraba la tierra, criaba animales, atendía su huerta de manzanos y trabajaba para el gobierno federal en “correos”, entregando correspondencia de lunes a viernes en una área rural extensa.

Temprano en las mañanas se levantaba mientras era oscuro para ordeñar las vacas y darles de comer a los animales.  Después le llevaba un café y pan tostado con mermelada a mi abuela en su cama.  Le llevaba su medicina y la saludaba con mucho cariño.  Así que cuando mi abuelito me hablaba de Dios y de amar al prójimo y de aprender a ser un hombre trabajador que cuidara a su familia, yo prestaba atención.

Cuando pasaba algo malo o teníamos una enfermedad o problema, el siempre citaba un versículo de la Biblia, Romanos 8:28 donde dice, “y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es a los que conforme a su propósito son llamados”. Renegábamos pero el decía, “ven, vamos a ver si “Romanos 8:28” todavía está en la Biblia” y nos lo enseñaba y decía, “ya ves, todavía siguen estas palabras de Dios en la Biblia para nosotros”.

La persona que yo soy el día de hoy, es el resultado de todo lo que viví, experimenté y aprendí en mi pasado, aunado a mi genética y ADN, por supuesto.  Mi fe en Dios, mi perspectiva con relación al trabajo, el cuidado de mi familia, mis momentos de alabanza y adoración a Dios, todo esto, me lo enseño mi abuelo con sus palabras pero más con su ejemplo.  Hoy en día, en Michoacán, le pido a Dios que las familias sean renovadas y que nuevamente los abuelitos y las abuelitas, los papás y las mamás, enseñen los valores fundamentales de la vida a sus hijos y nietos; que les enseñen la palabra de Dios, pero más todavía, que enseñen con buenos ejemplos a las nuevas generaciones.  Podemos restaurar los valores perdidos en nuestro hermoso estado, pero hay que trabajar con lo más fundamental, la familia.

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