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Morelia, Michoacán a 25 de mayo de 2017
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Pastor de la Iglesia Nacional Presbiteriana Bethel de Morelia

17 de enero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra. Isaías 2:4

La paz social es un tema recurrente en el discurso político para dar la sensación de que todo está bien en nuestro país. Sin embargo, está muy lejos de lo que el mismo pueblo define que debe ser: La paz social es la tranquilidad que procede del orden y la unidad de voluntades, en donde la sociedad convive en un ambiente pacífico, en donde el dialogo es la herramienta para resolver los problemas o diferencias y cada individuo es responsable de sus actos y por tanto responde por ellos. No se ve el diálogo, se suprime la violencia por un lado, pero revive por otro y total que la tranquilidad que anhelamos pareciera nunca llegar.

 

Hace unos días el Procurador General de Justicia del Estado, Martín Godoy Castro, presentaba ante los medios, unas estadísticas donde establecía que el sesenta por ciento de los delitos que ocurren son cometidos por los jóvenes, ya que tienen problemas de conducta criminal. Y por supuesto que tomamos el reto que lanzó para que participemos todos los sectores al rescate de la juventud. Por lo que es necesario definir, como cristianos, algunos puntos que nos llevarán al cumplimiento de la meta.

 

Primero, la tan anhelada paz social, tal y como la idealizamos, jamás será establecida, sino hasta la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Es en este evento futuro, donde se podrá pensar en una verdadera tranquilidad procedente del orden y la unidad de voluntades. Mientras tanto no, porque seguiremos siendo agentes del pecado y de la transgresión. Todos los paliativos que se puedan administrar antes de eso, serán efímeros e ineficientes. Además, para lograr la verdadera paz social se necesita tener autoridad moral, para determinar quién o quiénes son los culpables, sin tener reproche alguno, una vez que el veredicto sea dado.

 

Por lo que es necesario un intermediario intachable, incorruptible e imparcial. Así, estimados lectores ¿quién ocuparía este encargo que usted conozca? Solamente nuestro Señor Jesucristo. Pero mientras tanto ¿qué hacer? Hay que trabajar en la niñez, inculcar valores y disciplina, amar a nuestro prójimo, orar por nuestras autoridades. Efectivamente, somos pecadores, pero que el pecado no se enseñoree de nosotros. Para cuando se piense en revertir los estragos de las conductas criminales a nuestros jóvenes, probablemente serán adultos muchos de ellos, si es que llegan a la adultez. Y con la misma reciprocidad invitamos a la autoridad a que se controle el uso y distribución de las armas de fuego, a que se pongan en marcha los planes que nuestro Gobernador ha pregonado y que como sociedad apoyemos económicamente para los proyectos. Hay mucho por hacer mientras esperamos la venida del Rey de reyes y Señor de señores.

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