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Morelia, Michoacán a 17 de enero de 2017
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Foto: Wendy Rufino. "La Gardenia" no se marchita en la memoria.

“La Gardenia” no se marchita en la memoria

28 de agosto, 2016

Paola Franco/La Voz de Michoacán

Paola Franco/ La Voz de Michoacán

Morelia, Michoacán.- Poco queda de los olores a estopas, tiner y pinturas que caracterizaban el inmueble ubicado en contra esquina con el Mercado Miguel Hidalgo “San Agustín”, donde a mediados del siglo pasado florecía la popular tlapalería “La Gardenía”.

Tras las repisas de la popular tlapalería “La Gardenia”, asomaba Don Procuro Araiza Ramos; quien era conocido por “media ciudad”, como relata el enamorado de las historias de la ciudad, Iván Mota Velasco Hernández.

Con su cabello cano, que le aparentaba más edad de la que tenía, don Procuro sirvió a la sociedad moreliana con una de las tiendas más solicitadas en la Antigua Valladolid.

Palomas, buscapiés y canicas que buscaban los niños morelianos, compartían los estantes con material de tlapalería, se situaban entre las herramientas para pintar y arreglar las casas capitalinas.

Tiner, aguaras, estopas, herrajes, focos, extensiones, martillos, clavos, pasadores, aldabas, candados, pinturas, enchufes, y más productos de este tipo se encontraban en el negocio esquinado, entre las calles Corregidora y Abasolo.

Una de las primeras grandes tiendas de Morelia, fue este espacio que mantuvo sus puertas abiertas desde la segunda mitad del siglo pasado, hasta los años noventa; cuando después de la muerte de don Procuro, el negocio se vino abajo.

Es el primer lugar donde vendían pinturas que se igualaban al tono que solicitará el cliente, manualmente don Procuro mezclaba las pinturas “no como ahora las tiendas modernas que conocemos, que se igualan las pinturas ya con maquinaria moderna”, narra Iván Mota Velasco.

El establecimiento se caracterizó por traer a la capital michoacana la diversión con pólvora; la venta de las palomas de cincuenta centavos era clásica de este dispendio, que durante todo el año vendía estas piezas, pero en diciembre veía llegar una demanda mucho mayor.

Desde las rememoradas escaleras de madera, don Procuro se movía ágilmente entre los estantes que albergaban diversas productos, que incluían artículos de decoración como escarchas, oro molido,  diamantinas, papel celofán de color y toda clase de pinturas.

Las anilinas eran muy solicitadas en la Gardenia, esta pintura para teñir ropa, era demandada constantemente por los que acudían a las corridas de toros.

“Porque era clásico en las corridas de toros que en las medias de mujeres metían la anilina y la aventaban a la gente y te caía encima te llenaba tu ropa, la cara, salías como apache”, cuenta Mota Velasco Hernández.

Una fiesta de color se hacía con la anilina verde, amarilla, azul y más colores que con Procuro, sin duda se conseguían.

Con sus dos dependientas, el señor Araiza tenía suficiente para dar un buen servicio a la ciudad desde  su tienda en contra esquina de San Agustín.

En navidad era llamativo para los morelianos el aparador de la tienda que entre series navideñas y regalos de época atraía a los transeúntes; con tubos de fierro se protegía el aparador para que la gente no se recargará en él “pero ahí los muchachos se mecían en los tubos, mientras los papás hacían sus compras”, narra Iván Mota Velasco, quien recuerda las visitas a la Gardenia, que lucía especialmente bonita en época decembrina.

Juguetes, esferas, pelo de ángel para los árboles de navidad, entre otras cosas características de la época “hacían el agosto” para la tienda, donde no sólo se vendían objetos de tlapalería.

En las cercanías, el mercado “de los agachados” era la vista que diariamente tenía don Procuro Araiza, detrás de su mostrador; desde donde siempre despachaba con una amable y cálida actitud.

“Yo lo conocí, era un señor muy blanco y de pelo blanco aunque no era muy grande, era alto y siempre mostraba una buena cara al cliente”, cuenta Iván Mota Velasco.

Rápido y personalizada era la atención de don Procuro, en su tienda de singular piso de madero y un mostrador con una curiosa  lámina arriba, mientras que atrás del mostrador había unos grandes cajones, en donde estaban las canicas, los tornillos, las tuercas, y todos los pequeños productos.

A un lado de esta popular tlapalería, estaba la peluquería “Vargas” de don Salvador; después la armería “El Bura” propiedad de don Pepe; a lado estaba el restaurante “El Michoacano” y más adelante la farmacia “Villa”.

En las cercanías a la conocida tienda de don Procuro, estaba también  la tienda “La Flor Azul”, el expendio de pan “El Molino” de doña Chuchita, así como la famosa relojería “Marvin” de Don José Castro Rodríguez.

En esta zona de la ciudad colonial, estaba también el local de Don Marciano Ochoa, quien reparaba aparatos electrodomésticos.

Las peluquerías abudaban en esas calles,  “El Dandy”, “El Cachetón” y “El Eje del Ciclismo” fueron algunos de los establecimientos cercanos a la Gardenia, que para la segunda mitad del siglo XX era de las pocas que había; El Nivel, La Palma, La Palestina y el Porvenir fueron otras de las tlapalerías morelianas.

La Gardenia tiempo después fue un banco y más tarde llegó a ser la tienda de autoservicio que ahora albergan las paredes de este edificio, frente al cual, cada tarde, “mamá Juanita” solía vender camotes en sus bateas de madera.

Ya no hay tlapalería ni camotes, pero no se ha ido la memoria de los morelianos, ni las historias que ésta guarda.

Citas de Iván Mota Velasco, estudioso de la historia capitalina

“Don Procuro vendía toda clase de pintura y la anilina no era la excepción…era clásico en las corridas de toros que en las medias de mujeres metían la anilina y la aventaban a la gente y te caía encima te llenaba tu ropa, la cara, salías como apache”.

“Yo lo conocí, era un señor muy blanco y de pelo blanco aunque no era muy grande, era alto y siempre mostraba una buena cara al cliente, recuerdo cuando se subía a sus escaleras para buscar entre los estantes lo que el cliente pedía, parecía como si se fuera a caer pero conocía muy bien su espacio, su tienda, que por cierto fue la primera en igualar tonos de pintura”.

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