IMPRESO | RADIO | TELEVISIÓN

Morelia, Michoacán a 26 de marzo de 2017
Morelia
Compra
Venta
USD

18.13

18.90

Foto: Christian Mallarini. La construcción de la residencia es anterior a 1750, y por esos años se le agregó el segundo piso.

Una joya entre el comercio

19 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

David Godínez/ La Voz de Michoacán
Morelia, Michoacán.- En el primer cuadro de la capital michoacana, justo en la plaza Melchor Ocampo se encuentra una casona que pasa desapercibida y que fue una de las más hermosas en aquel entonces. Se trata del inmueble de los hermanos Antoine y Jean Sauve originarios del sur de Francia, quienes para 1900 compraron y habitaron la propiedad y quienes también impulsaron el desarrollo de nuestra ciudad.

Es uno de los edificios más atractivos de la plaza Melchor Ocampo, por su altura y estilo ecléctico de aire renacentista. Sus dos plantas presentan una simetría casi bilateral donde el eje principal del paramento (cara del muro) se desplaza un tanto hacia el poniente. En la planta baja la puerta central es más alta y ancha que los pares que la flanquean y escaparates del comercio. El piso alto tiene un balcón a eje con la puerta inferior, con balaustrada de cantería y pedestales con copa en los ángulos. Este elemento arquitectónico jerarquiza la fachada.

A cada lado tiene dos puertas que dan a un balcón; sus barandales son de hierro forjado. Todos los vanos son adintelados con enmarcamiento moldurado; en la planta alta, sobre las cornisas de los vanos tienen relieves ornamentales que recuerdan frontones. Sobre el entablamento de cornisa corrida está la balaustrada con un imafronte rectangular y la fecha de 1907. Todo el revestimiento es de almohadilla corrido. Uno de los elementos que caracterizan al inmueble es su marquesina de hierro de los años veinte, única en el área de la plaza.

La construcción de la residencia es anterior a 1750, y por esos años se le agregó el segundo piso; poco después y hasta 1860 fue propiedad de la Catedral y sede del Colegio de Infantes, que tenía como función la formación de niños en el canto y la música.

Durante siglos, la tradición musical que ha imperado en América forma parte de una herencia que a través de la influencia y poder que ejercía la Iglesia, se trasladó desde el viejo continente, como una herramienta para sus fieles, mediante el gusto por este arte que también se convirtió en un instrumento de trabajo.

Durante el periodo colonial los Colegios de Infantes se formaban de acuerdo a la estructura que tenía el territorio en la conformación de los diferentes obispados. El Colegio de Infantes de Valladolid surge a tras de una serie de situaciones como la escasez poblacional, el aislamiento geográfico y lo difícil que era la vida.

Bajo un modelo semejante al de la Ciudad de México, estos colegios no sólo contribuyeron en la formación de músicos y sacerdotes, sino que también era una razón para combatir la vagancia y ofrecerles a éstos niños un futuro que difícilmente sus padres podrían darles.

La importancia de estos establecimientos fue distinta para cada lugar, para el caso de Valladolid, hoy Morelia, formó parte de una tradición musical que pervivió por más de un siglo.

La situación económica fue una condicionante para el funcionamiento de cada establecimiento y a la primera mitad del siglo XIX marcó el cierre de estos colegios con la aplicación de las Leyes de Reforma.

Posteriormente sólo cuatro familias la ocuparon hasta que la vendieron a los hermanos franceses, autores de la remodelación en 1907. Excepto cuando fue colegio, la casa siempre tuvo uso habitacional en la planta alta y comercial en la baja.

En 1938 la vendieron al señor Francisco Ramírez Chávez, cuya familia la habitó hasta 1988. Durante ese período, entre otros, rentaron la planta baja del Banco de Comercio de México, y una empresa de transporte urbano.

Posteriormente el propietario, el Sr. Manuel Torres, restauró la casa. Particularmente en la fachada se retomó el diseño de la planta alta para repetirlo en la planta baja con la finalidad de dar un aspecto integral a la misma.

También se le construyó una escalera semicircular de cantería, del lado oeste después de la primera crujía en el área donde antes existió una habitación.

A pesar de las adecuaciones realizadas para el uso comercial, en la planta baja del interior de la casa aún se perciben los espacios domésticos en torno a un patio principal. En la planta alta se ven los tres corredores que dan al norte, sur y oeste, con aros de medio punto y monolíticas columnas del orden toscano del siglo XVIII.

Muchos podrían pasar por desapercibido este emblemático edificio que por años fue uno de los más hermosos por su ubicación, sin embargo, si uno se detiene a observar los detalles arquitectónicos que posee, podremos entender que es una joya en el corazón de la Plaza Melchor Ocampo.

Comparte la nota

Publica un comentario