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Miércoles 22 de Agosto del 2018

Opinión

Jorge Camil

 

Tras la “victoria panista” de Vicente Fox publiqué un artículo titulado ¿PRI:RIP? (La Jornada 4/8/00). Veinte años después el partido sigue atrapado en el mismo dilema existencial. ¿Y la ideología? Se echó por la borda hace mucho tiempo, cuando los gobernadores descubrieron que no congeniaba con los negocios.

Buscando evitar temas incómodos durante la campaña el PRI contrató a un candidato presidencial externo sin “lazos visibles” con el partido; una especie de gerente general para “México, S.A.”. ¿Y la corrupción, y la impunidad y los gobernadores que andan a salto de mata evadiendo órdenes de aprehensión? Todo eso pretende resolver el candidato externo: borrón y cuenta nueva.

(Carlos Salinas de Gortari, principal estratega del PRI, publicó en “El País” una especie de “instrucciones” para decirnos cómo votar. Parece obvio que ha decidido confiar el futuro de su partido en manos de un afable y preparado economista que quizá nunca conoció a Fidel Velázquez, y menos aún a Vicente Lombardo Toledano).

En mi artículo recordé que en 1975 Octavio Paz había dicho que nuestro sistema político estaba basado en la “creencia inmutable” de que el Presidente y el partido oficial (PRI) constituían la encarnación del “todo” mexicano. Pero en realidad esa “creencia inmutable” había empezado a desdibujarse en 1969, cuando Gustavo Díaz Ordaz designó presidente a Luis Echeverría, el hombre que le ayudó a sortear la tragedia de Tlatelolco.

(Para entonces el PRI ya había dejado de funcionar como instituto político independiente, con ideología y plataforma para impulsar candidatos presidenciales. Hoy la “ideología” sigue brillando por su ausencia).

Después de Luis Echeverría todos los candidatos presidenciales llegarían al poder sin experiencia electoral, ungidos por el dedo presidencial y sin haber utilizado al partido como plataforma para escalar el poder. Esa tendencia acabó por desconectar al presidente del partido y del pueblo. La designación de candidatos al margen del partido rompió el balance mencionado por Paz, y permitió que mandatarios independientes dieran paso al presidencialismo absolutista que ha prevalecido.

En mi artículo de “La Jornada” comenté que el “nacionalismo revolucionario” selectivo había convertido al partido en una herramienta más de los designios presidenciales, iniciando la práctica de elevar a la Presidencia “al hombre más leal al presidente”, o al que “mejor le cuidaría las espaldas”. El colmo ocurrió con la designación de José López Portillo, cuando el partido elevó a la Presidencia al “mejor amigo del Presidente”.

Hoy, en una acción sin precedente, el PRI está a punto de lanzar como candidato oficial a José Antonio Meade, un cumplido y preparado funcionario público, que no logra enardecer a las masas. No todos los priístas estuvieron de acuerdo…

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