Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

¿En dónde están los empresarios?

Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

Ago 03, 2017, 23:57

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Ya es agosto y eso significa que en el Estado celebramos la dicha de tener a 3,000 recién egresados de la Universidad Michoacana con el deseo de poner en práctica todos los conocimientos aprendidos, estos jóvenes y todos los graduados de cualquier otra institución, compraron el sueño de que sería a través de la educación y una carrera profesional, como podrían transformar su nivel de vida y forjar un futuro próspero que tenga como cimientos las horas de lectura y las noches de estudio.

Algunos de ellos regresan a casa con la ilusión de impulsar el negocio familiar, tecnificar la siembra, procesar la fruta o comercializar una nueva línea de productos en la tienda del centro; pero la mayoría ha preferido pedir unos meses de gracia a sus papás para quedarse en Morelia y buscar trabajo.

El fenómeno de la migración no se da sólo hacia Estados Unidos y tampoco excluye a quienes tienen carrera profesional; la ciudad cautiva, los amigos jalan y la idea de ganar más de $8,000.00 al mes como consecuencia de entregar el currículum y una copia del título es tan poderosa que ha nutrido a la capital con gran talento de todas las regiones. El problema es que la única verdad es la del mercado y con la escases de oferta de empleo los sueldos se abaratan, si no aceptas $6,000.00 alguien intercambiará 8 horas diarias de su vida e inclusive sus sueños por menos.

Pagar sueldos de hambre pone contento al patrón, cada semana, porque la raya es baja y cada quincena, porque seguro también tiene registrados a los de confianza con un sueldo menor en el IMSS y hasta los convenció que eso no impacta en su jubilación. El dueño se precia de ser exitoso mientras le roba la posibilidad de acceder a un mejor préstamo en el Infonavit porque le paga “por fuera”, presume su coche de lujo, pero sustenta el crecimiento de la empresa en contratos corruptos, productos que no duran o proveedores a los que no les paga. Una economía incapaz de valorar y hacer crecer a los trabajadores concentra el dinero y genera desigualdad social.

Justamente para esto se inventaron los gobiernos, para regular el sistema, para que la avaricia no nos gane y se impongan reglas que permitan alcanzar el equilibrio. También para incentivar la economía, para desarrollar aquellas áreas estratégicas en las que los inversionistas no pondrían su dinero si no tuviesen los beneficios que, artificial y temporalmente, se les deben de dar; pero otra vez, esa es la teoría.

La única manera en que el gobierno podría ejercer este rol sería dando el ejemplo, contratando a los mejores y no necesariamente a los amigos, pagándole bien a todos y no nada más a los Secretarios, Sub Secretarios y Directores de Área, exigiendo productividad e innovación en vez de lealtad y servilismo.

El riesgo más grande está en Morelia, porque es el destino natural, donde se cree que están las oportunidades y donde ya hoy viven los jóvenes que buscarán iniciar su carrera profesional. Desafortunadamente salvo dos o tres excepciones, los empresarios morelianos no sabemos ser competitivos, nuestros negocios son locales, estamos atados al gasto público y pasamos más tiempo asistiendo a desayunos y reuniones que en la calle visitando clientes. Alguien tiene que abrirnos los ojos, mejorar la perspectiva, impulsarnos a entrar a la economía formal y, sobre todo, cambiar el chip de los jóvenes para que dejen de pedir empleo y se arriesguen a ser empresarios, con capital privado y no esperanzados en el Inadem o fondos del Estado.

Por fortuna el Ayuntamiento de Morelia rediseñó su estructura, creó la Secretaría de Desarrollo Económico y Emprendedor y le asignó atribuciones como identificar oportunidades de empleo de calidad, generar programas de apoyo a emprendedores, incentivar el enlace de las cadenas de suministro locales y capacitar a las empresas para que logren crecer. Esta gran innovación sólo funcionará si quienes la comandan tienen experiencia como emprendedores o empresarios, si saben lo que implica levantarse temprano, preparar los productos, ser rechazado una y otra vez, no rendirse, buscar nuevos clientes, pedir otras citas, negociar hasta el límite y tener que pagar la renta del local y el sueldo del ayudante, sobrevivir comiendo y durmiendo poco. Es casi imposible encontrar en algún político independiente esas credenciales y los empresarios, en vez de exigirlas, permanecemos callados porque preferimos tener a un cercano dentro, que nos beneficie en lo personal, aunque la ciudad no esté respondiendo a las amenazas económicas.

Lo que preocupa es que nos vendamos por tan poco, por dinero y no por trascendencia, que queramos ser recordados como millonarios y no como notables michoacanos, que nos importe poder salir de vacaciones y no pensemos si el obrero puede pagar el uniforme, los zapatos y la mochila del próximo ciclo escolar.

Con tristeza ninguna Cámara empresarial cuestiona los nombramientos en el Ayuntamiento, lo único que les ha interesado es posicionar a su gente y cobrar lo que les deben, seguir transfiriendo dinero público a cuentas privadas. Tampoco se ha peleado por retomar el asiento en el Comité de Adquisiciones para proteger de los desfalcos y no para intercambiar beneficios.

El pretexto es que no hay dinero, que el presupuesto es insuficiente, pero un emprendedor sabe que los billetes son la última limitante, la primera es la voluntad y el esfuerzo. Quienes hacemos vida económica en Morelia, como empleados o empresarios exigimos que se incentive el desarrollo equitativo, a través de la tecnología, los servicios de valor agregado y la exigencia de productividad. Nos queda la esperanza de conocer al menos a una persona que desde dentro demuestra que para retomar relaciones con una trasnacional no se requiere más que una llamada y de este lado, miles de lectores con legítimo deseo de generar riqueza.

 

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