Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

Que lo nuestro no se derrumbe

Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

Sep 29, 2017, 9:02

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Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

La vida da más vueltas de las que uno quisiera, a veces la fortuna está del lado de quien la merece y otras tantas auxilia a quienes les debería caer la desgracia, es algo inexplicable pero así sucede, aunque se debe reconocer que hay un segmento de la población que ha aprendido a transformar la adversidad en beneficio, me refiero a los políticos.

Era 2009 en el sexenio de Felipe Calderón, a mitad de sexenio enfrentaba el desprestigio de una guerra contra el narco que pocos aprobaban, la violencia dejó de estar acorralada y se trasladó a todas las ciudades, se sentían los estragos de la crisis financiera global de 2008, el peso perdía fuerza frente al dólar y el paisano no veía manera de cumplir el que viviéramos mejor. De repente alguien en Los Pinos vio la luz al final del túnel, había llegado una nueva enfermedad a México. La influenza H1N1 podía acabar con algo más que la vida de quienes se contagiaran, esta “pandemia” también sepultaría el desprestigio nacional.

Cerró restaurantes, desincentivó concentraciones públicas, nos hizo evitar el estornudo y agotó el suministro de cubre bocas, durante semanas no escuchamos más que del número de enfermos, de la psicosis colectiva y de centenares de personas sanas yendo al médico. El final de la historia ya se conoce, no pasó a mayores; dijo la autoridad que gracias a la inmensa responsabilidad del Presidente de la República y el Secretario de Salud, la sociedad opinó que porque fue magnificada la emergencia y convertida en una caja china. Lo cierto es que dio un respiro mediático y limpió el record de asesinados en la mente del colectivo nacional.

Llevamos 22 días del sismo que afectó Chiapas y Oaxaca; el Presidente Peña Nieto se acordó que uno puede ser bueno cuando la tragedia del otro es mayor que la propia, vislumbró el remedio a su mala popularidad. Así que de inmediato se trasladó al sur del país, envió a sus Secretarios e hizo que el Gobierno de la República fuera el protagonista de la historia. Casa por casa censó daños, ofreció unas tarjetas parecidas a las que dio en campaña, pero ahora de Bansefi en vez de Monex, para que auto reconstruyan sus casas. Todo iba bien para su imagen hasta que tembló en la ciudad de México.

Hay que aceptar que como sociedad estamos desconectados del sur del país y que no mostramos la misma euforia que en la CDMX, Morelos y Estado de México, eso permitió que tomara 2 semanas cuantificar los daños, que los albergues fuesen mayoritariamente atendidos por el sector público y que las donaciones de la sociedad fueran enviadas en vez de entregadas. Funcionó, le dio 12 días de respiro.

Para desgracia del país, pero mayor de los políticos, volvió a temblar el 19 de septiembre y los ciudadanos demostraron que el amor es más poderoso que el cálculo, que se llega más rápido a la zona de desastre corriendo que en helicóptero, que no hay que esperar a que las cajas digan “DIF” para empaquetar víveres, se les pueden escribir mensajes de ánimo para que provean el doble de energía. La Ciudad de México, por la densidad de población y el trauma de 1985 ha sido el foco de los reflectores; durante 10 días los jóvenes cocinan para alguien más, retiran escombros, cargan y descargan camiones, recolectan víveres, organizan donaciones, buscan familiares perdidos, evalúan daños en las construcciones, alimentan mascotas sin dueño, ofrecen hospedaje gratuito y entregan información inmediata a través de las redes sociales.

Nadie organizó a las cuadrillas, no hubo que entregarles uniforme para regular el tráfico, consiguieron sus propios cascos, no buscaron sindicalizarse, no fueron obligados a soportar la lluvia, ni la noche, ni el frío; nadie lleva lista del número de sándwiches repartidos, tampoco les interesa el nombre, menos el INE, de aquel a quien le entregan una pertenencia encontrada. Aquellos a quienes tachaban de desinteresados, los mismos a quienes se criticó por no involucrarse en lo público son hoy los que, además de rescatar personas, alegran los parques de la zona devastada con un poco de música, calientan café y bailan para soportar el dolor y convencen de donar con la pura confianza, sin necesidad de contralorías ni candados anticorrupción.

Lo que hoy se construye en México es una sociedad distinta, una mucho más potente que la de 1985, una mezcla entre los 6 de cada 10 que vivieron esa tragedia en la Ciudad y el 40% que sin saber de dolores previos viajó para ofrecerse de voluntario y convertirse en familiar de un desconocido. Escuchar en la colonia Roma aplausos como pago legítimo de quien regala unas croquetas, caminar de la mano del amor en la Condesa es indescriptible.

En la ciudad de México sobran picos, palas, agua, alimentos; ha pasado la emergencia e inicia la reconstrucción y nadie solicitó el reembolso, no hubo quien se arrepintiera de haber reaccionado, tampoco se vendieron los sobrantes, se redistribuyeron. Las redes sociales, esa herramienta de los milenials, dejaron de producir memes y construyeron redes de ayuda, consiguieron transporte gratuito para trasladar alimentos de una ciudad a otra, balancearon la necesidad de médicos, ingenieros, rescatistas y motocicletas en tiempo real, convirtió la desgracia en abundancia y estoy seguro que reconstruirán al país entero.

Ahora es nuestra responsabilidad mantener el ritmo, no dejar que los intereses sobrepasen el amor y construir cada día, para que lo nuestro, lo de esta nueva familia, no se derrumbe jamás.

 

Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

juanpablo@riosyvalles.org

facebook.com/jpriosyvalles

@jpriosyvalles

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