Miguel Oropeza

El rumbo de México sin TLCAN

Miguel Oropeza

Sep 07, 2017, 14:04

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Hace un año el Acuerdo Transpacífico (ATP) estaba en la antesala del Congreso estadounidense, listo para ser votado. Este macroacuerdo comercial entre doce naciones a ambas costas del Pacífico, era la obra maestra que cimentaría la visión geopolítica de Washington hacia el oriente, arrastrando consigo a los países hispanoamericanos acostumbrados a secundar ciegamente la línea política dictada por el ocupante de la Casa Blanca en turno.

México por desgracia en los últimos 25 años se ha convertido en el más distinguido de estos países y de aprobarse el ATP hubiese resultado en un duro golpe para la soberanía e intereses nacionales. Para nuestra suerte y como un irónico regalo caído del cielo, fue Donald Trump quien acabó con el tratado y salvó a México de una profundización de su subyugación geopolítica y económica al vecino país.

Hoy en día es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y no el ATP el tema recurrente por excelencia en la bipolar cuenta de Twitter del ahora presidente de los Estados Unidos. Desde el mes pasado las tres naciones partícipes del acuerdo han entablado negociaciones para actualizar el acuerdo, siempre con la latente amenaza de que el esfuerzo sea en vano si Trump despierta de malas y decide por decretweet sacar a su país del acuerdo.

Esta incertidumbre naturalmente ha causado un debate público sobre los efectos de un posible fin del acuerdo para México.  Hasta el momento casi toda la conversación se ha centrado en cifras de exportaciones y demás estadísticas económicas, pero poco se ha dicho de la dimensión política al TLCAN. Al igual que el ATP, el TLCAN es un proyecto que va mucho más allá de lo económico y en su corazón es proyecto geopolítico que ha tenido enormes repercusiones políticas visibles e invisibles en el eslabón más débil entre las tres partes negociadoras. ¿Cómo cambiaría la política mexicana y el papel que México juega en el mundo en la ausencia del TLCAN?

Dicho concretamente, un México sin TLCAN es un México más mexicano. Una aspiración principal de los arquitectos del TLCAN fue la americanización del estado, economía y sociedad mexicana, algo que en gran medida han logrado exitosamente.

La generación que creció con el tratado de libre comercio no recuerda el México pre-TLCAN en el cual había (modestos) incrementos salariales y de poder adquisitivo, en el cual México jugaba el rol de ‘hermano mayor’ en la Hispanoamérica y asumía una postura independiente hacia Washington o cuando nuestra economía no era completamente dependiente de la de nuestro vecino al norte del Rio Bravo (los tiempos antes del si la economía de EE.UU. seresfría, la mexicana sufre pulmonía).

Al nivel social, en los últimos veinticinco años nuestro siempre presente malinchismo ha llegado al extremo decreernos una nación norteamericana y rechazar nuestra identidad compartida de cultura, historia, lengua, religión y valores con el mundo hispano a nuestro sur, una idea tan monumentalmente ridícula y absurda que es indefensible, pero deja ver mucho sobre un serio complejo de inferioridad que sufre el mexicano.

El lector escéptico podrá ver en esta crítica lamentos ‘reaccionarios’ de un nacionalista anacrónico, pero este propósito oculto del tratado es un secreto a voces en los Estados Unidos. Para constatarlo no hay que ver más allá de una columna publicada el pasado enero en el Washington Post donde Daniel Drezner, profesor en la prestigiosa Universidad Tufts para estudios internacionales, detalla como el TLCAN ha sido utilizado para transformar a México del vecino independiente que fue bajo los tiempos de Diaz, López Mateos o Echeverría a un pseudo-satélite estadounidense, cada mes más apegado a la línea económica dictada en Wall Street y alejado tanto de tendencias problemáticas en América Latina como de rivales estadounidenses como China o Rusia.

Drezner dijo “la principal razón para negociar el TLCAN era para cimentar las reformas económicas (neoliberales) del gobierno mexicano que rechazaban la industrialización estatal e integraban al país a la economía global. Un efecto secundario fue transformar a México de un estado unipartidista a una democracia real. El resultado es un país que se ve a sí mismo como norteamericano. Esta es la orientación que queremos que tenga México”.

Para algunos estos comentarios llegarán como sorpresa, aun haciendo a un lado la locura de decir que en México se vive una ‘verdadera democracia’. Para aquellos que en algún momento se opusieron al TLCAN pero hoy se han sumado a la caravana que busca salvarlo, son un recordatorio de lo que están defendiendo.

El día después del TLCAN será un día en el cual México podrá una vez más trazar su camino buscando el “destino que por dedo de Dios se escribió” y no el escrito en una minuta dictada en la Casa Blanca por el presidente en turno. Un México sin TLCAN podrá corregir rumbo y tener más acercamientos a Sudamérica, Asia y Europa. Dejar el tratado de libre comercio que en 1988 el propio Salinas de Gortari dijo sería inapropiado para México dada la enorme brecha de desarrollo (que hoy es aún más grande), no sería retroceder, sino una oportunidad para avanzar.

Miguel Oropeza Caballero es presidente de la Agencia Michoacana para el Desarrollo y Cooperación Internacional y del Consejo de Federaciones Michoacanas en América.

@MFOCaballero

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