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Miércoles 23 de Enero del 2019

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Sobre la incertidumbre

Opinión

Ene 04, 2019, 21:39

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Leopoldo González

 

 

Por incontables razones, atribuibles al pasado inmediato que nos condujo aquí, se ha convenido en llamar al momento presente la época de la incertidumbre. Y las señales de que la incertidumbre llegó a instalarse en el centro de nuestra cultura y ocupa el lugar estelar en nuestro vecindario interior y exterior, están por todas partes.

Los síntomas de que algo se ha alterado en los ejes del espacio y en las manecillas del tiempo generan la sensación, ahora más que nunca, de que un torbellino de agitación, de caos y sinsentido ha tomado en sus manos el destino colectivo.

La incertidumbre es no saber hacia dónde se va, porque se han perdido los equilibrios tradicionales y no se ha forjado uno nuevo que brinde la seguridad de que se avanza hacia un horizonte cierto.

La incertidumbre es no saber qué hacer ni cómo hacerlo, en instantes en que todo intento parece condenado a la frustración y el grito mismo de la realidad es una invitación a la acción: al compromiso del hacer.

La incertidumbre es la sala de espera en la que florecen la ansiedad, el escepticismo y la desesperanza, porque su fondo oscuro es la falta de salidas y la crisis de alternativas.

La incertidumbre, en tanto que vacío de certezas en la existencia colectiva, es la posibilidad cierta de tener que atravesar un territorio de dudas sin respuesta, para verse -al final del camino- cara a cara con lo desconocido.

Las visitas al cardiólogo se han incrementado en nuestro país; la ansiedad ha multiplicado el consumo de ansiolíticos y otros tranquilizantes; la estadística del infarto al miocardio entre los jóvenes ha crecido de forma alarmante; la angustia expectante y el estrés situacional se han vuelto enfermedades recurrentes en nuestro medio, en buena medida, porque el germen de desestabilización y ruptura que condujo a la incertidumbre hizo de ella un estado de ánimo social.

Cierto, desde una clave de interpretación positiva la incertidumbre es acicate que puede hacer despertar la fuerza oculta de la capacidad de soñar en el individuo, contribuir a liberar la sinergia del desafío ahí donde todo parecía ya hecho y engendrar una suerte de desperezamiento colectivo. Es decir, ninguna incertidumbre es tan absoluta, rotunda y paralizante que no pueda generar una cierta pedagogía existencial. El peso denso de la oscuridad circundante puede hacer brotar islotes de luz, para que el mundo sea -por fin- un todo iluminado. Escribió Edgar Morin: “El único conocimiento que vale es aquel que se nutre de la incertidumbre”.

Mientras alguien elabora una clasificación realista y psicosomática, con mapa incluido, de las causas que llevan a la incertidumbre a los individuos y las sociedades, podemos hacer una lista mínima y decir que el imperio de la incertidumbre comienza por el hecho de que hay más preguntas que respuestas en las costuras del aire.

En cada una de las épocas de la historia, cada sociedad, cada generación y cada cultura se han forjado un andamiaje mínimo de respuestas para despejar sus dudas y preguntas, pero, asimismo, para no atravesar a tientas la oscuridad. En nuestra época, en cambio, acaso por primera vez en la historia, tanto la generación de conocimiento como las nuevas tecnologías de la información y la comunicación parecen haber generado más dudas que certezas y más preguntas que respuestas a la altura del hombre. Por tanto, parece que nos encontramos en las tenazas de la incertidumbre, debido, entre otras cosas, a una crisis de sobresaturación de conocimiento e información y de incapacidad para procesarlas.

El cielo de mitos y creencias de la historia anterior parece derrumbarse aquí y allá, y no hay, en ninguno de los rincones y hemisferios de la modernidad actual, un nuevo cielo histórico -es decir: una nueva tradición- que remplace lo que perdimos. Por eso vemos en el Brexit que tiene contra las cuerdas a Teresa May, en el EEUU de Trump, en la Filipinas de Duterte, en el populismo nacionalista de Sergio Mattarella en Italia, en el México del “Mesías Tropical”, en el Brasil de “la era Bolsonaro” y en otras partes del mundo, la manera en que una tentación de restauración y de regreso al pasado -vía la nostalgia del origen y la melancolía del nacionalismo- toma el poder bajo la fuerza de un espejismo colectivo, creyendo que eso es el cambio. Lo cierto es que los hombres y las sociedades no pueden vivir sin historia y, a falta de otra, lo que hacen en la primera oportunidad es retornar a la que conocen, aunque en el intento tengan que recurrir al parche de mal gusto, al zurcido defectuoso, a los ajustes de sastrería que generen la sensación de pertenencia, de que no se es una presencia sola y vacía en el espacio y el tiempo.

La política misma es el ombligo de las decepciones que llevan en vilo al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo, porque de ser depositaria de los símbolos sagrados e inviolables pasó a ser la depositaria de símbolos apagados, de actos de fe marchitos, de esperanzas fallidas. En este sentido, es muy alentador que como una posible salida a la incertidumbre se busque un cambio: lo desalentador radica en que la administración de ese cambio no se entregue a los más dotados, a los mejores, a una generación visionaria con infraestructura de porvenir, sino a los dogmáticos, amargados, resentidos e impreparados de otra historia y otro tiempo.

Ante un incierto presente, es cuerdo acostumbrarse a una cohabitación permanente con la incertidumbre, pero no por lo que en sí misma tiene de enigma, de negatividad e impredecibilidad, sino por lo que tiene de acicate y desafío a nuestras reservas espirituales y creatividad, pues, como escribió Emmanuel Kant, “se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. Si sabemos administrarla, la incertidumbre puede ser nuestro mejor aliado, a condición de que tengamos la habilidad de hacer de ella el motor de nuestra propia reinvención.

Pisapapeles

En ocasiones, sobre todo cuando se trata de un cambio de ciclo anual, el grito de la realidad pide a gritos desearle al otro lo mejor, cuando lo único que podemos desearle con realismo es que no lo tome por asalto lo peor.

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