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Viernes 21 de Septiembre del 2018

Opinión

Rafael Alfaro Izarraraz

Los que estudian la violencia coinciden en general en que la agresividad es algo innato al ser humano. En otras palabras, acompaña la vida humana desde su origen. Con el pulular del hombre y la mujer por caminar por la tierra, éstos la han llevado junto a él porque es imposible separar al cuerpo de la mente, uno no escoge en qué cuerpo morar, somos uno mismo.

Los antiguos consideraban al cuerpo, incluidos griegos y más tarde las religiones que tienen como origen el judaísmo, como algo impuro. El camino para atenuar esa impureza llevó a realizar actos de purificación del “alma”, que es el antecedente de lo que ahora llamamos “cerebro” o “pensamiento”.

Las sociedades que nos precedieron trataron de regular la conducta del cuerpo a través del alma, en el caso de los griegos postsocráticos, la idea se dirigía, en el sentido platónico, hacia una especie de racionalidad preexistente en el universo y al que debería dirigirse la humanidad. Las religiones, lo hicieron a través de imponer castigos al cuerpo, como el ayuno a través de la confesión.

Pero la agresividad tan innata en los seres vivos, en las sociedades humanas ha rebasado las fronteras de lo que significa ese concepto traduciéndose en violencia. Mientras que la agresividad responde a un concepto más defensivo, el de violencia se refiere a una manifestación humana en la que se hace daño al otro: físico o mental.

En ese sentido, la violencia como factor cultural, implica el uso de la razón o el pensamiento asociado a determinadas tecnologías como las armas, la ideas u otros objetos simbolizados de alguna manera, para planear y ejecutar acciones contra el otro o los otros. La relación animal y la agresividad/violencia humana, está sostenida en varias corrientes de pensamiento.

Una de ellas, dentro de las más importantes, es la concepción de la evolución darwinista. Los seres vivos al reproducirse y/o compartir migraciones, ante un ambiente inalterable, constante, provocan una desproporción entre las necesidades y los bienes que tienen a su disposición, dando origen a disputas por el territorio.

Durante la consolidación de la sociedad industrial esta corriente sirvió de fundamento a las ideas de los grupos que hegemonizaron su consolidación. Este pensamiento sirvió para justificar el uso indiscriminado ya no de la agresividad sino de la violencia contra los más desprotegidos, en los mismos países en donde se originó como aquellos a los que este sistema se desplazó.

El mismo Marx consideraba que las teorías darwinianas eran muy parecidas a la idea de la lucha de clases que él fundamentó. En alguna ocasión cuenta Hobsbawm, que Marx le pidió a Darwin que prologara su obra, El Capital, a lo que aquel se autor de la teoría de la selección natural se negó de manera definitiva.

Por lo que, para Marx, la violencia de unos contra otros si bien estaba relacionado con lo natural (como necesidad biológica), también existía por razones materiales, de tal manera que él consideraba a la violencia como un instrumento del que hacía uso la naciente burguesía en contra de los trabajadores, motivados por la acumulación de capital.

Nietzsche y Freud fueron más allá. Para el primero existe algo que se llama “eterno retorno”. Significa que existe un fluir eterno como poder en forma de círculo que hace que este último retorne continuamente. La misma araña que teje su red a la luz de la luna es la misma que vieron nuestros antepasados. Desplazar, excluir y hacer acuerdos, es eterno: la salida es el hombre mismo.

Para Freud la vida al surgir de lo inmaterial, debe regresar a ese mismo lugar. La vida es una especie de liga que se “estira” pero que siempre hará regresar la vida a su origen. En el instinto de sobrevivencia está el origen de lo que él llama instinto de muerte. Esta fue una de las explicaciones a las dos guerras mundiales.

La violencia al interior de la sociedad, del medioevo para nuestros días, ocurría entre la población joven, entre los 20 y los 35 años. Pero factores como el honor que ocasionaba enormes pérdidas humanas, fue controlada por el derecho penal y un cambio cultural que concibió a la muerte y el derramamiento de sangre como un pecado y susceptible de penas. Las guerras también fueron relativamente controladas.

La violencia cambia, y apareció la violencia criminal. Tiene, en general, tres explicaciones que se combinan entre sí: la imposición de normas morales “hipócritas” al consumo de alcohol (en el pasado) o las drogas. De poder, la creación de enemigos que justifiquen la existencia de la violencia como poder de Estado y garanticen la venta de armas.Finalmente, la pobreza.

No existe solución a la agresividad, pero si se pueden controlar sus expresiones culturales, como la violencia, la violencia de género, la maldad y la crueldad. Así lo enseña la experiencia, no importa su retorno.

La primera se puede atenuar suprimiendo las normas morales y políticas al consumo de drogas. En California la marihuana se vende en tiendas abiertamente como si fuera una tienda cualquiera. La segunda, con políticas de control de paso de armas a México y una política de Estado que sensibilice a la sociedad sobre sus peligros.

La pobreza, distribuyendo equitativamente la riqueza. Las técnicas, como salida, que ofrecen especialistas es puro negocio. Dicen los expertos que la única medida que ha probado su eficacia en la distribución de la riqueza han sido las revoluciones. Las políticas contra la pobreza nunca, jamás, han logrado disminuirla. Es momento de cambiar la historia, con educación.

En los foros que se han llevado a cabo hasta el momento, se escucha y algunos interesados lo exaltan “ni perdón ni olvido”. Se debería atender al fondo, atendiendo la superficie.

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