Los chicales, tradición durante Semana Santa

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Angélica Ayala / Corresponsal La Voz de Michoacán.
Pátzcuaro, Mich.- Los chicales y los tamales de harina y trigo, son de la gastronomía que se disfruta en las vacaciones de Semana Santa; cada año en la plaza de San Francisco se instalan las mujeres indígenas del municipio de Pichátaro, colocan las tinas de fierro sobre una fogata y adentro colocan los tamales para que se cuezan con el vapor que emana del agua. Los chicales son los granos del maíz que también cuecen con piloncillo, meten la mazorca con el grano y hasta que tome un aspecto dorado por el color del piloncillo lo sacan y venden al público.

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La tradición de las chicaleras data de algunos siglos, la tradición se pasa de una generación a otra, su trabajo es arduo, porque durante ocho días duermen junto al fogón o en el pasillo del portal de la plaza de San Francisco. Para preparar la fogata cargan la madera desde su lugar de origen, la prenden y comienzan con la elaboración de los tamales, mezclan la harina con el azúcar y baten la mezcla con sus manos, después la masa la dividen en porciones y cada porción es colocada en una hoja de maíz que envuelven y colocan dentro de la tina.

Una de las mujeres que por varias décadas llega a la plazoleta a vender los tamales y los chicales es Juana Vargas, “la tradición la heredé de mi mamá y mi mamá la heredó de mi abuela”, sin recordar los años exactos “porque son muchos”, rememoró que desde que tiene uso de razón acudía con su mamá a Pátzcuaro para vender los tamales, “eso ya tiene muchos años, y pues seguimos viniendo primero para conservar la tradición y porque también nos va bien con la venta, al menos vamos sacando para la comida”.

Más por la tradición que por el dinero, las chicaleras, nombre que adoptan por la elaboración de los chicales, llegan a Pátzcuaro y venden el producto a los lugareños, aunque también son los extranjeros quienes compran sus productos. El lugar huele a la azúcar que utilizan para elaborar los tamales de harina y de trigo, que se mezcla con el olor al piloncillo que se deshace entre el agua que hierve en la olla y cuece la mazorca con el maíz.

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