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Regolaje

8 de octubre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

“Bienquisto” (de buena fama y generalmente estimado); “íncola” (habitante de un pueblo o lugar); “leticia” (alegría, regocijo, deleite); “regolaje” (buen humor o temple) y “satis” (vacación), son cinco de las quinientas palabras que sugiere Miguel Sosa Lázaro para parecer más culto, en su libro con similar título (Ed. Planeta, 2015).

Este madrileño -que se define como calipédico, dromomaníaco, lector voluntarioso y escritor ocasional-seleccionó medio millar de palabras raras, entre las más de noventa mil que registra el diccionario de la lengua española, acompañadas de un fragmento en que las han utilizado grandes maestros de la literatura en nuestro idioma.

Todo empezó en su círculo de amistades -a decir de Sosa Lázaro- con la explicación del significado de “luquete”, esa rodaja de limón que se echa a algunas bebidas en España y otros países (en mi opinión, a veces innecesaria e incómoda).

Independientemente de que continúa la moda de escribir obras donde se ofrecen listas de experiencias, libros, películas, música, lugares, palabras, etcétera, para leer, ver o escuchar antes de morir, o bien, dar la sensación o apariencia de algo ante los demás, el libro referido es interesante y divertido.

Y a propósito de palabras poco conocidas, el título de la reciente columna del escritor Javier Marías, en la revista ‘El País Semanal’:“Contra el acoquinamiento”.

Básicamente este autor de varias novelas memorables, relatos y artículos, refiere en la citada columna que estamos en época de matones, no sólo físicos o extremistas, también quienes ejercen a diario desde sus teclados, “individuos que ponen el grito en el cielo por cualquier cosa, que se contagian y azuzan entre sí, que linchan verbalmente al que hace, opina o dice algo que no les gusta”.

Para que triunfe el matonismo, señala el también traductor y miembro de la Real Academia Española, es requisito indispensable el acoquinamiento de los demás; es decir, que los acusados e increpados se asusten y se amilanen. Nada peor que rectificar y disculparse cuando no habría motivo para ello.

Concluye Javier Marías refiriendo que no hay nada peor que el acoquinamiento, porque da alas a los malvados, a los locos y a los idiotas (en España va todo junto a menudo, en su opinión). Nada peor que ser medroso, timorato, pusilánime o como lo quieran llamar. Nada más peligroso que agachar la cabeza ante las injurias gratuitas y acusaciones arbitrarias.

La eterna indignación por todo era ya común en mesas de bares, cafeterías o paradas del servicio de transporte público; ahora, multiplicada a la infinita potencia en las redes sociales.

Hace días una periodista que leo con fidelidad, daba cuenta de la indignación ciudadana por los colores chillantes de las paredes perimetrales del zoológico de Morelia. No faltaron los que tildaron de inmediato la medida de pésimo gusto; asimismo, quienes criticaron “el adefesio” como consecuencia de las pocas luces, tanto del equipo del gobernador saliente como del entrante. No supieron a quién atribuirle la obra.

Yo me quedo con lo que opinó Raúl Mejía -escritor íntegro y sensato de la actualidad- quien haciendo alusión al “acoquinamiento” que refiere Marías, expresó lo excesivo que es quejarse de cosas sencillas, aunque no simples.

Si la mitad de la vehemencia que muestran quienes están en contra de todo y a favor de nada, se aplicase a esas oportunidades donde se pide la opinión ciudadana, “otro gallo cantaría”. Como ejemplo, la consulta a la que convocó el Ayuntamiento de Morelia hace días, para emplear recursos en donde coincida un importante número de habitantes.

Menos de un cuarto de la vigésima parte de ese conglomerado que todo opina y critica, aprovechó esa coyuntura.

Javier Marías no estaba equivocado cuando escribió que lo pusilánime o superficial poco o nada aporta.

¿Podemos aprovechar el regolaje, mientras esperamos a que la leticia nos alcance?

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