Gustavo Ogarrio Hay un hecho contundente en este nuevo presente: Cuba, Colombia, México (y América Latina en su conjunto) son objetivos declarados de guerra para Estados Unidos. Esta amenaza replica los modos más atroces y oscuros del imperio y los articula a la “disonancia cognitiva” del nuevo filibustero, Donald Trump (autoproclamado “presidente interino” de Venezuela) -y de su gobierno-, en un tiempo donde el colonialismo y la agresividad narrativa del imperialismo también se multiplican ideológicamente con la misma “disonancia cognitiva” a través de los nuevos soportes tecnológicos del olvido y la memoria, las plataformas digitales y las redes sociales en sus fugaces veredictos acumulados sobre lo inmediato; el tiempo unidimensional de las pantallas y del algoritmo. Los fundamentos narrativos y políticos del imperialismo moderno se mueven bajo el supuesto de que las naciones y comunidades agredidas carecen de historia y cultura propias, de autonomía e independencia para expresar su desacuerdo, rechazo y resistencia hacia las intervenciones de las potencias imperialistas. Los relatos coloniales que se construyen sobre nuestros países y comunidades nos exigen que participemos en nuestra propia destrucción y despojo, ya sea como “informantes”, “traidores” o “colaboradores”, pero nunca aceptarán una historia política, cultural y narrativa propia que conciba que hay que echar de estas tierras ignotas a los “agentes” del imperio, a esos “hombres suyos enviados a La Habana”, a las tropas de ocupación, a la “contra” financiada por el imperio, a los “emperadores” espurios, a las empresas mineras canadienses o a las petroleras estadounidenses, a la United Fruit Company, a los filibusteros y mercenarios norteamericanos como William Walker (autoproclamado “presidente” de Nicaragua en 1856) en el siglo XIX; entendiendo este rechazo histórico al imperio como absolutamente necesario para construir un mundo propio latinoamericano.