Juan Pablo Arroyo Abraham -Me enfrento a mí mismo durante el proceso de escritura, en lugar de intentar revelarme a una audiencia... las únicas historias que no se han contado del todo son las nuestras Rúnar Rúnarsson Hace unos días, de manera fortuita, vi una película islandesa que me dejó, como espectador, un amargo sabor de boca, pero que como cineasta me recordó que, por lo menos en mi caso, amo el cine con una identidad propia, con un sello cultural local, que represente el sentir de una comunidad, y por lo tanto que tenga un estilo personal, que no se parezca a nada ni intente copiar patrones de “importación”. Me refiero a When the light breaks, dirigida por el reikiavikense Rúnar Rúnarsson, la cual tuvo su estreno mundial en la sección Un Certain Regard en el Festival de Cannes, en el año 2024. La historia narra el duelo de Una, una estudiante de arte que vive en secreto la muerte de su primer amor, fallecido en un accidente trágico, viéndose obligada a convivir con la novia oficial del difunto durante un intenso día de verano en Reikiavik. La película comienza con la escena de una pareja ambos sentados sobre una roca, mirando el atardecer con el mar de fondo, prometiéndose amor eterno. Ellos son Una y Diddi, quienes en sus veintes, afrontan un conflicto que están dispuestos a resolver para poder formalizar su relación: Diddi debe dejar a Klara, su novia actual. Se despiden con un beso apasionado, Diddi le comenta a Una que va a darle un ride a un amigo a un poblado cercano a Reikiavik pero en el trayecto sufre un accidente automovilístico y muere; sus planes quedan enterrados con él. La noticia causa una fuerte conmoción en el grupo de amigos de esta pareja. Durante el funeral todo el mundo le da el pésame a Klara y obviamente Una sufre en silencio, no puede expresar su dolor ya que nadie sabía acerca de su relación oculta. E incluso, dentro de la cordura de una chica de no más de 25 años de edad, Una decide ser compasiva con Klara y acompañarla durante este duelo. Cada palabra, cada recuerdo que Klara cuenta sobre su relación con Diddi, son espinas que se le clavan a Una, pero ella no puede decir nada, debe quedarse callada ahogando sus propios pensamientos en un mar lleno de ansiedad e incertidumbre. Hasta aquí todo podría sonar como una película más del montón. Y de cierta manera es así. Dicen que ya no hay historias nuevas por contar, que todo está dicho. Lo importante, y es el motivo de este texto que escribo, es el estilo que el director le imprime a sus obras. Rúnarsson, cuya filmografía consta de cuatro largometrajes con el mismo sello “muy islandés”, Volcano (2011), Sparrows (2015), Echo (2019) y When the light breaks (2024), ha sabido conservar la magia de lo “local”, es decir, a través de sus películas nos muestra los ingredientes que le quitan ese velo globalizado a su estilo, y no solo porque Rúnar aprovecha cada cuadro para mostrarnos un paisaje de otro mundo, el de Islandia, si no porque logra reflejar atinadamente a su sociedad y su forma de ser. Cada minuto transcurrido en When the light breaks, es un álbum lleno de sorpresas, y no por su “espectacularidad” sino todo lo contrario, por su sobriedad y el magistral manejo de la angustiante quietud. El dolor se vive en silencio y eso lo entiende muy bien este director. Tal vez, y estoy casi seguro que es así, es porque Islandia, al ser un país alejado de toda la influencia de la moda de otras naciones, todavía conserva su pureza intacta y eso se siente natural. Es ahí precisamente donde habita el estilo de un cineasta, en su valor intrínseco por mostrarse a sí mismo como un producto artesanal, que no busca emular parámetros de otros “usos y costumbres” para ser popular, es decir, que no pretende, como objetivo primordial, crear un “trending topic” que llegue a las masas. Ahora bien, aprovechando la temporada de Oscars 2026 y en donde hay una película también intimista y muy bien lograda, con nueve nominaciones a los Premios de la Academia y Artes Cinematográficas, quisiera hacer una analogía de estilos y el porqué algunas obras llegan a aspirar a la estatuilla dorada y otras simplemente no. Me refiero a Sentimental Value (Noruega, 2025) dirigida por Joachim Trier, protagonizada por el actor veterano Stellan Skarsgård, quien por cierto estuvo presente en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Morelia, y que es una historia que aborda el reencuentro de dos hermanas (Nora y Agnes) con su padre, un famoso director de cine, tras la muerte de su madre. Cuando Nora rechaza protagonizar la película personal de su padre sobre su familia, él contrata a una estrella de Hollywood, intensificando los conflictos familiares y los traumas pasados. Sentimental Value es una película mucho más compleja que When the light breaks, no solamente en términos de producción sino también en su estructura narrativa. Es decir, la obra de Trier, desde su guión, complejiza la trama para hacerla mas atractiva y tener al espectador al filo de la butaca. Trata, a través de la sorpresa y cierta incertidumbre, de engancharnos y cumplir con el requisito fundamental de toda película: entretenernos. En cambio Rúnarsson, en su más reciente largometraje, simplemente nos muestra una realidad tal cual como es, no usa “trucos” en la estructura de su guión para mantenernos atentos. En Sentimental Value se agrega un ingrediente atractivo y eficaz para los críticos de Hollywood: el idioma inglés. En When the light breaks no; todo es hablado en islandés y no pretende traspasar fronteras en ese sentido. Y con esto no quiero ser tan ingenuo y generalizar en que todo cine que aspire un Óscar debe ser hablado total o parcialmente en inglés, pero definitivamente el usar el idioma o elementos estadounidenses como a la actriz Mary Elle Fanning en el caso de Sentimental Value, suma puntos a esta búsqueda, por lo menos si se quiere entrar a la categoría de Mejor Película. Y hablando de fórmulas que funcionan, tenemos el ejemplo del mexicano Michel Franco, quien pareciera que todas sus películas están hechas para estrenarse en Venecia. Como que ya sabe hacia donde debe dirigir su línea de producción para que su producto sea bien recibido, pero por lo menos en mi sentir particular, el cine de Franco no es mexicano, es una conjunción de elementos aislados que ya cocinados generan un platillo insípido y sin personalidad. Pero continuando con Sentimental Value, a pesar de que la película noruega me gustó mucho, al verla no dejé de compararla con aquel cine mexicano/ estadounidense donde la “mexicanidad” se usa como un ornamento, en donde se globalizan nuestros símbolos locales convirtiéndolos en un mero souvenir. Y básicamente con esta comparanza, probablemente un poco absurda, regreso al meollo e intencionalidad de este artículo, que a título personal sigo agradeciendo cuando un director se mantiene firme ante sus convicciones y sus orígenes, que no requiere “importar” recursos de otras latitudes, y que al conservar un estilo propio, resguarda a la vez un estilo local. Recuerdo que hace años, cuando la globalización no había roto todas las fronteras, era un agasajo acudir a las salas a ver los cliclos de cine francés o alemán, ya que en aquella época se develaban nuevas ideas, estilos y costumbres de manera sorprendente. Recuerdo estar sentado en la butaca esperando que comenzara la función, a la expectativa de conocer nuevos lenguajes, o si no nuevos, por lo menos de ver cómo me iban a contar las historias provenientes de otras fronteras. Hoy, y no quiero sonar como un viejo anticuado y nostálgico, vivimos inmersos en una burbuja llena de información tergiversada, mezclada a tal grado que ya pensamos que un burrito es un manjar mexicano y que la pizza con piña es de origen italiano. Mi conclusión, y repito que es a título muy personal, es que todavía falta mucho por descubrir aquí en nuestra tierra, y que si nos aferramos a escudriñar muy adentro en nuestras raíces (y con raíces no me refiero solo al pasado, sino a nuestro presente mostrado liso y llanamente), podremos reflejarnos como lo que somos, una sociedad llena de poder, de historias auténticas, de sentimientos a flor de piel y sobre todo, de un estilo único e irreplicable. Así como Rúnar Rúnarsson en When the light breaks no solo conserva, sino defiende los límites de sus fronteras culturales, yo creo que México tiene un potencial enorme para redefinirse como sociedad y mostrar su esencia a través de sus expresiones artísticas. Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C. IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris