António Lobo Antunes

Un tumulto de palabras trágicas, escenas cuya tristeza primera nacía de la guerra, de esos tratados de las almas que hoy se quedan suspendidas en la nada de su autor

Gustavo Ogarrio

Ha muerto el escritor portugués António Lobo Antunes (1942-2026), el pasado 5 de marzo. Será enterrado en el Cementerio dos Prazeres, en Lisboa. Dicen que era común verlo caminar por alguna calle del barrio de Benfica, donde creció, y que ninguna fama, ningún reflector, ningún halago ante el eterno retorno de la negación del Premio Nobel de Literatura, pudo alterar esa devoción trágica por la palabra viva en la escritura. “Memoria de elefante” que se reveló en la sucesión de décadas acumuladas y novelas que eran volcanes, en donde las pasiones humanas ardían en esa clave portuguesa de historias de horror familiar, guerra colonial en Angola, dictadura de más de 40 años, pero también de amor y amistad. Decía Lobo Antunes: "El pasado es un volcán en equilibrio y la vida una fosa por donde corre hacia su mar el ruido de los días".

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Siempre pensé que algún día no muy lejano lo vería caminar en cierta calle del barrio de Benfica. Un tumulto de palabras trágicas, escenas cuya tristeza primera nacía de la guerra, de esos tratados de las almas que hoy se quedan suspendidas en la nada de su autor. Voces, monólogos, susurros y ensoñaciones: "No entiendo por qué motivo, querida, nunca te interesaste por mi infancia: siempre que hablo de mí encoges los hombros, se te tuerce la boca, los párpados se estiran desdeñosos, arrugas mordaces asoman detrás del flequillo de pelo rubio, de modo que acabo callándome, avergonzado, pongo los vasos, los platos y los cubiertos en la mesa para comer, mientras tu tía tose en la despensa y tu padre mueve los botones del televisor en busca de las estridencias del serial. Y no obstante, Iolanda, en cuanto te duermes, apenas tu rostro, hundido en la almohada, recupera la inocencia del pesebre de otrora, tal como te vi, por primera vez, en la pastelería de la esquina del Instituto, cuando tus dedos sucios de tinta y tus cuadernos escolares me conmovieron con una alegría sin sentido” (“El orden natural de las cosas”).