Saúl Juárez Ahora lo puedo asegurar, siete minutos, ni un segundo más ni uno menos vive el cerebro después de que cesan todos los signos vitales. Siete minutos luego de que el corazón deja de latir y los pulmones se quedan quietos. Están tan muertos como el hígado y los intestinos, igual que los riñones o el olfato. No sé si son muchos o pocos minutos. Estoy iniciando el primero y veo mi cuerpo en el hospital cuando le retiran agujas y sueros. Lo miro de una forma desapegada. El que está ahí ya no soy yo sino un simple muerto. Lo observo sin drama, sin dolor. Es un individuo que ya partió, su historia se fue con él. Sin darme cuenta dejo de verme, ahora estoy en las calles de mi pueblo. Y, en unos cuantos segundos, me encuentro en la laguna gris y metálica. Al mirarla mi cerebro reconoce, sabe dónde está, aunque no para qué. Entro al agua con algo parecido a un suave ausencia y floto como si fuera una canoa que sortea el lirio, sin timón y sin remos. Ahora sé que cada quien tiene predestinado el lugar a dónde su cerebro irá cuando ya todo esté inerte. Quizá no debo decir cerebro, sino mente. Quién puede señalar el nombre de lo que se desplaza sobre el agua como una madera vieja. Así voy por las corrientes de la laguna sabiendo que los siete minutos ya se terminan. Se vive una sensación agradable al centro del gran humedal. La partida real es ligera al hundirse la mente como las hojas de pino o un libro de páginas antiguas. Se escucha una melodía, se oye el silbido del viento hasta que se impone la oscuridad y el silencio del lecho. El tiempo se han resignado, ahora sí sus manecillas están quietas. Siete minutos, ni uno mas, ni uno menos.