María Victoria: De las últimas leyendas del Cine de Oro; 103 años de la "Sirena de México"

La apenas adolescente María debutó cantando Amor perdido en la Carpa México, con un sueldo de 3 pesos

Jaime Vázquez, colaborador La Voz de Michoacán

“Yo nací en Guadalajara, en las calles de Juan Manuel”, recuerda María Victoria Gutiérrez Cervantes en el documental Las victorias de María (Martín Blanco, 2025), un recuento de su vida, sus momentos estelares, anécdotas, amigos y un tiempo en el que las canciones y las estrellas del cine eran la referencia diaria, popular. Y ella en el centro de las miradas.

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María era la menor de seis hermanos. Siguiendo a sus hermanas comenzó su interés por el baile y el canto, aunque su sueño era ser costurera. La apenas adolescente María debutó cantando Amor perdido en la Carpa México, con un sueldo de 3 pesos.

La voz del maestro de ceremonias, seguramente, se escuchó entre el público de las tandas, de la revista de variedad: “con ustedes, Toya Gutiérrez”. Era su primer nombre de una batalla artística que ha recorrido las décadas y que comenzó en las tablas sencillas de las carpas, frente al diverso y exigente público que manifestaba abierta y jocosamente su aprobación o su rechazo al artista que aparecía detrás de las cortinas, debajo de las luces.

María recuerda que el éxito de esa canción compuesta por Pedro Flores y elegida para su primera actuación la ayudó en aquellos inicios: “ya iba de gane porque la canción era preciosa”.

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Al poco tiempo conoció al compositor y director de orquesta Luis Alcaraz, quien le sugirió dejar atrás su apariencia de adolescente, de niña con tobilleras. María se maquilló, se peinó de fleco, se pintó los labios como un corazón acechante, carmesí; era ahora la exuberante mujer que cambió su nombre artístico. Así nació María Victoria, quien con el paso de los años sería conocida como la “Sirena de México”, una vampiresa pasional de andar lento y cadencioso, de voz aterciopelada, susurrante, la “pujiditos” que recorría los escenarios en medio de silbidos, suspiros y declaraciones de amor lanzadas al aire por el nutrido público masculino que la admiraba, le gritaba piropos, que se embelesaba con su espléndido cuerpo enfundado en vestidos ajustados, largos, brillantes.

La pantalla grande también la deseaba. Ramón Peón y Ramón Pereda dirigieron en 1942 Canto a las Américas, que marcó el debut de María Victoria en el cine nacional.

Siguieron muchas películas en las que María interpretó a cancioneras, artistas de teatro, aspirantes al estrellato o villanas, como en Del rancho a la televisión (1952, Ismael Rodríguez). Ahí es Graciela del Mar, cantante consentida y caprichosa de la XEW que le hace la vida imposible a José Antonio (Luis Aguilar), un provinciano que anhela el triunfo en la música.

Enrique, otro ranchero cantarín (Crox Alvarado), sufre un amor irrefrenable por María Victoria en Estoy taaan enamorada (1954, Jaime Salvador), en una comedia que une a “Las Kúkaras” con “Los Tex Mex” en momentos delirantes. María, al respecto de la canción que le da título a la película comentó: “Cuando la cantaba, en la parte en la que dice: es que estoy taaan…, los señores gritaban: ¡buena!, y yo seguía cantando”.     

Es en 1954 cuando protagoniza Los paquetes de Paquita (Ismael Rodríguez), un premio a María Victoria por su destacada actuación como Paquita, la empleada doméstica respondona y divertida en Maldita ciudad (un drama cómico), también de Ismael Rodríguez.

Al año siguiente repite en Cupido pierde a Paquita y su personaje salta a la televisión: es Inocencia en La criada bien criada (1969) que tuvo su versión en el cine en 1972, bajo la dirección de Fernando Cortés.

María Victoria reunía a sus amigos en el día de su santo. Celebra con un pozole el paso del tiempo y los afectos, la dicha de la amistad y la familia, los recuerdos y las bromas. Ya pasaron los tiempos en los que la “Liga de la decencia” le prohibió cantar una canción que decía: “pero qué bonito siento”. La negación que la decencia impone al placer.

El pasado febrero María Victoria cumplió 103 años de vida plena. En muchas películas la vemos salir a escena, caminar despacito, los ojos chispeantes, la figura que resalta por las luces y los vestidos entallados. Comienza a cantar, el gesto pícaro, la cabellera negra y nos dice: “Cuidadito –su voz es un gemido, un susurro-, cuidadito, porque yo sufro del corazón”.

Jaime Vázquez, promotor cultural por más de 40 años. Estudió Filosofía en la UNAM. Fue docente en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Ha publicado cuento, crónica, reportaje, entrevista y crítica. Colaborador del sitio digital zonaoctaviopaz.

@vazquezgjaime