Giovanna Cortez Miranda, colaboradora La Voz de Michoacán La violencia se ha clasificado en distintos tipos, con la finalidad de hacerla visible; así, según su manifestación, puede ir desde la violencia psicológica como los silencios premeditados, hasta la violencia física; su tipología se hace necesaria cuando se aborda para su análisis, porque permite difundirla entre la población y así, hacerla visible pese a que culturalmente se han justificado muchas de sus formas con argumentos que hoy en día no solo resultan absurdos, sino que su comisión, puede implicar una conducta delictiva. En la antigüedad hubo gobiernos matriarcales, la historia da muestra con diversos vestigios, de pueblos en los que la mujer era quien gobernaba; sin embargo, la conquista de los territorios y de sus pueblos, implicaba contar con los mejores guerreros que imponían su poderío por medio de la fuerza y la muerte al enemigo; entonces, los gobiernos matriarcales que se caracterizaban más por el orden y la protección de su comunidad, que por formar guerreros implacables, fue desplazado por gobiernos patriarcales; así, las civilizaciones más poderosas eran quienes se formaban con gobernantes fuertes y con los mejores guerreros en sus ejércitos, y entonces dicha cultura basada en la fuerza y la guerra se afianzó, predominando hasta nuestros días gracias a la cultura patriarcal que caracteriza a todo el mundo. Así, en el transcurso de los siglos, la violencia ha jugado un papel predominante en la organización de las comunidades, siempre, encontrando la justificación para su aplicación, incluso por medio de la ley y sus sanciones, por lo que no es extraño que la comunidad exija penas más severas. Hoy, el diálogo y la comunicación es vista como una señal de debilidad frente a quienes conservan la idea de que la violencia es la única manera de hacerse respetar. La violencia cultural se ve representada en casos como los que anotamos a manera de referencia: la violencia contra las mujeres, a quienes por costumbre, se les consideraba seres inferiores al hombre teniendo este el derecho a reprenderla y eran vistas como personas vulnerables que requerían apoyo y representación para vivir en sociedad; la violencia familiar, dentro de la que encontramos la que ejercen los padres o tutores sobre las niñas, niños y adolescentes a cuyos representantes legales, incluso la ley les permitía reprender para formar y educar; la violencia social, es decir, el maltrato que quienes tienen poder sobre otro le infieren, por ejemplo, el patrón sobre el trabajador; el rico sobre el pobre; el fuerte sobre el débil; el adulto sobre niñas, niños y adolescentes; el maestro sobre el alumno, etc. El movimiento feminista, que hoy se reconoce como una corriente filosófica y no solo como movimiento revolucionario, ha hecho muchos esfuerzos por visibilizar la violencia de género, sobre todo, la que se comete contra niñas y mujeres; esta lucha mundial, ha llegado a las calles, a los congresos, a las tribunas, a las escuelas, etc., y aun así, sigue haciendo falta sensibilizar a esa parte de la población que sigue actuando como en siglos anteriores, es decir, justificando la violencia como una forma de convivencia. Otro tipo de violencia que es igual de preocupante, es el que se comete en contra de niñas, niños y adolescentes, porque por circunstancias lógicas, ellas y ellos, no pueden salir a manifestarse, a tomar la tribuna; no pueden defenderse de su victimario, porque además, desgraciadamente sus victimarios están en todas partes: en su hogar cuando sus padres los golpean y denigran con gritos y castigos con el pretexto de educarlos; en la calle, en la escuela, en la iglesia, entre sus vecinos, en el ciberespacio; en todas esas áreas en donde las personas adultas abusan de su posición, de su poder y de la justificación que les brinda la cultura de violencia, para descargar su incapacidad de convivir con personas en desarrollo y quienes ante su falta de comprensión y apoyo institucional, tienen que callar y soportar tratos inhumanos, esos tratos que los adultos sabemos que lastiman y dañan permanentemente. Hoy, no hay institución u organización lo suficientemente comprometida para salir y levantar la voz por esas niñas, esos niños y adolescentes que seguimos violentando con la cultura del silencio y la violencia, con la cultura del poder del fuerte sobre el débil. Hoy, es más fácil señalarlos y estigmatizarlos con calificativos ofensivos, que autoanalizarnos como sociedad y parar esa cultura de violencia capacitándonos y llamando a las cosas por su nombre. Debemos hacer un esfuerzo desde casa, por detener esos actos que hoy la ley ya reconoce como delitos, debemos comprometernos como comunidad a ser observadores, y denunciar cualquier tipo de maltrato. Ninguna persona violentadora merece nuestra discreción ni nuestro silencio. Cuando cambiemos esos patrones delictivos que nos ha dejado la cultura de la violencia, podremos ser capaces de poner un alto también al poderoso que nos humilla, al jefe violento, al servidor público que tiene el control, al que no gestiona sus emociones y va violentado a todos a su paso. El sentido de comunidad nos obliga a conducirnos con respeto a nuestra dignidad como personas; a anteponer el diálogo asertivo para ser capaces de pedir o decir lo que queremos sin dañar a la otra parte; y a vernos como seres humanos, solo eso.