Gustavo Ogarrio, colaborador La Voz de Michoacán Días como puños de olvido que agonizan en la penumbra de las rocas, en la tibia espuma que dejan los siglos al pasar. Flechas del tiempo que persiguen en el firmamento a otras flechas del tiempo que se esconden de su propia sombra. Calendario de la amnesia, procesión fatal de recuerdos y de narices petrificadas por el olor de la muerte, yo los invoco para que suelten alegremente su veneno y nos lleven como quinceañeras desquiciadas a bailar el vals de lo imposible. Hay memorias que arden de olvido y amnesias que no soportan las babas de la historia, las prefiguraciones cursis de la vida o las frases idílicas de los vencedores. Hay pasados que buscan el precipicio de otros pasados o que se esconden bajo la falda azul de la locura. Negras cópulas de este perro de sílabas moribundas. Fantasmas de estaño que llevan la cuenta de la noche definitiva, dedos de barro que ensayan las notas de toda devastación. Las armas ocultas del infierno que arreglan a balazos el mundo. Ahora lo sé: sobrevivir es simplemente reorganizar en defensa propia las cenizas de todas nuestras vidas, aquellas que nos estrellaron contra el arrecife del ahora. También hay certezas que duran toda la muerte: sí estuve en el Orizbar, leí versos como si fueran hijos bastardos del fin del mundo; simulé ser un poeta de ultramar. Nunca fui un Quijote. Maldigo a los felices ingenuos y a los que viven como Dios manda. Sin embargo, la tierra del olvido todavía guarda para nosotros algunos temblores de luz. La vida no es tan efímera ni tan insignificante, aunque nos traten de convencer de lo contrario; lo que pasa es que a veces, simplemente, nos susurra al oído su brutal sencillez y nos obliga a hacer nuestras sus fantasías incomprensibles. Aquí les dejo este testamento de alegrías disfrazadas de melodías ásperas y de batallas envenenadas por el silencio.