De Madrid al Teatro del IMSS en Morelia: El fenómeno de Los Farsantes en los 70´s

Porque las comedias, al final, no cambian la historia; solo la hacen un poco más soportable, un poco más humana, un poco más divertida

Foto, Víctor Ramírez.

Jorge Orozco Flores, colaborador La Voz de Michoacán

“En todos los países existe un teatro de entretenimiento”

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Alfonso Paso, (1926-1978)

En febrero de 1976, en el Teatro del IMSS de Morelia, el telón se abrió sobre una comedia que ya había hecho reír a miles al otro lado del océano. Dirigida por Octavio Sosa López —el joven que había empezado como actor en las sesiones fundacionales y que ahora imprimía su sello de precisión y vitalidad al grupo—, Los derechos del hombre, de Alfonso Paso, se convirtió en un evento que reunió a familias enteras bajo la promesa irresistible de “Amor es… ir con la suegra al teatro”.

Sosa, heredero directo del maestro José Manuel Álvarez —el mentor indiscutible que había guiado los primeros pasos de Los Farsantes desde 1969, cuando todo nació entre chascarrillos y risas improvisadas—, tomó las riendas de una producción que ya no era mera farsa juvenil.

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Madrid

En la primavera de 1963, Madrid todavía no se atrevía a asomarse a la modernidad europea; permanecía sepultada bajo normas estrictas y las expectativas más tradicionales del franquismo.

Fue en ese contexto cuando Alfonso Paso, uno de los dramaturgos más prolíficos y astutos de su generación, estrenó en el Teatro Club Recoletos, el 7 de mayo, una comedia en tres actos titulada Los derechos del hombre.

La obra no surgió de la nada.

En el manuscrito de 1962, conservado con meticulosa caligrafía, la pieza llevaba un título más crudo y doméstico: La suegra.

Paso, consciente del eco que había generado su anterior éxito Los derechos de la mujer, decidió cambiarlo.

El nuevo título colocaba el acento en el hombre —el marido, el supuesto agraviado— y, al mismo tiempo, jugaba con la ironía de un momento histórico en el que los papeles de género empezaban a ser objeto de discusión, aunque todavía no de revoluciones abiertas.

La trama se despliega en un hogar burgués reconocible. Arturo, el protagonista, se siente cada vez más invisible en su matrimonio.

Su esposa, Julia, está ensimismada por su trabajo profesional, una dedicación que la aleja de las funciones tradicionales de esposa y ama de casa.

En ese vacío afectivo, Arturo dirige su mirada —y su incipiente deseo— hacia Narcisa, la suegra, una mujer madura, atractiva y vital que el texto describe con pinceladas delicadas pero inequívocas. Alrededor de este triángulo orbitan Elena, Bibi, Ramón y Cándida, personajes secundarios que enriquecen el retrato de una familia extendida, algo caótica y muy humana.

Los diálogos, rápidos y afilados, construyen situaciones de enredo clásico que avanzan hacia un desenlace reparador. Julia deja su empleo para convertirse en la esposa modelo que el hogar reclama; Narcisa, con discreción, abandona la casa para no seguir siendo fuente de conflicto. La reconciliación final llega envuelta en risas, y desde la butaca parecía la resolución más lógica y satisfactoria posible.

El dramaturgo conocía bien las reglas del juego.

Sus textos habían pasado antes por el filtro de la censura franquista —Los derechos del hombre no fue la excepción—, pero el autor había desarrollado una habilidad casi quirúrgica para navegar esos límites sin perder su voz.

La comedia permaneció en cartelera ciento ochenta y ocho días y superó las trescientas representaciones, convirtiéndose en una de las más vistas de la temporada.

Fue un éxito que hablaba de algo más profundo: Paso no solo entretenía, capturaba el termómetro cultural exacto de una España que empezaba a percibir grietas en su estructura tradicional, pero que aún encontraba alivio en la promesa de que todo podía volver a encajar como antes.

El eco mexicano

Trece años después, en el invierno de 1976, la misma comedia cruzó el Atlántico y aterrizó en Morelia, una ciudad serena, donde el teatro siempre ha sido materia de conversación cotidiana, de tertulias familiares y de encuentros comunitarios.

Allí, el grupo teatral Los Farsantes decidió llevarla a escena en el Teatro del IMSS los días 15, 16 y 17 de febrero.

Los Farsantes no eran una compañía improvisada.

Había nacido en 1969 casi por accidente, entre chascarrillos y risas compartidas, pero bajo la batuta inicial del maestro José Manuel Álvarez, que fungió como director y mentor indiscutible en los primeros años.

De aquellas sesiones surgió Octavio Sosa, quien comenzó como actor y terminó asumiendo la dirección principal, imprimiendo al grupo un estilo de ritmo vivo, precisión en el enredo y respeto absoluto por el género ligero.

Para 1976, con siete años de trayectoria a cuestas, la compañía ya había alcanzado una madurez que le permitía abordar textos de calado sin perder la chispa fundacional.

La producción de Los derechos del hombre fue dirigida por el propio Sosa. En los papeles centrales estuvieron Chela Morales, Ángeles Saggiante y Bolívar Garibay; María Richards, Carlos Barreto, Mariana Lázaro y Delia Ambriz completando el elenco. Mirna Beatriz Romero, como asistente de dirección, fue la pieza clave en la coordinación de un montaje que priorizaba la ligereza y el flujo ininterrumpido de la comedia.

El reclamo publicitario resultó irresistible y directo: “Amor es… ir con la suegra al Teatro”, seguido de la garantía tranquilizadora de que la obra era “apta para toda la familia”. La promesa se cumplió.

Octavio Sosa optó por una puesta en escena fiel al espíritu de Paso: diálogos que cortan como navajas, entradas y salidas milimétricas, y esa habilidad del texto para transformar las tensiones del matrimonio y la convivencia en combustible puro de carcajadas.

El Teatro del IMSS, en la avenida Madero Poniente, con su vocación de llevar el arte a los derechohabientes y a la comunidad en general, se reveló como el escenario perfecto para una pieza que, una década después de su estreno original, seguía demostrando una vigencia sorprendente en el público mexicano.

El puente entre dos mundos

La elección de Los derechos del hombre por parte de Los Farsantes no fue casual. La comedia de Paso, con su humor doméstico y sus situaciones universales, encajaba a la perfección en el espíritu festivo que el grupo había cultivado desde sus orígenes.

En Morelia, donde las familias aún se reunían en torno a la sobremesa para comentar lo visto en el teatro, la obra funcionó como un espejo risueño: devolvía al espectador sus propias pequeñas contradicciones cotidianas, envueltas en risas y sin juicios severos.

Aquellas tres funciones de febrero de 1976 no solo llenaron butacas; marcaron un momento de consolidación para Los Farsantes. Lo que en 1969 había comenzado como una farsa entre amigos se había convertido, sin perder su esencia lúdica, en un proyecto profesional que atraía a generaciones enteras y formaba a actores que más tarde darían el salto a escenarios de mayor envergadura.

Al mismo tiempo, la producción honraba el legado de Alfonso Paso en un contexto completamente distinto.

En la España franquista de los sesenta, la obra había sido un retrato inteligente de una sociedad en transición reprimida; en la Morelia de los setenta, se convirtió en una celebración del teatro popular, accesible, familiar.

En ambos casos, el éxito radicaba en lo mismo: Paso había escrito una comedia que no pretendía cambiar el mundo, sino observarlo con agudeza y devolverlo al público envuelto en carcajadas.

Y eso, al final, es lo que explica su longevidad. De Madrid a Morelia, de 1963 a 1976, Los derechos del hombre demostró que las comedias no necesitan manifiestos ni estridencias.

Una sonrisa que cruza medio siglo

En el silencio que sigue al último aplauso, cuando las luces del Teatro del IMSS se encendieron de nuevo en aquellas noches de febrero de 1976, el público moreliano salió a la calle con la misma sonrisa que había empezado a dibujarse en las primeras carcajadas.

No era solo el alivio de haber reído a gusto; era la certeza fugaz de que las pequeñas grietas del matrimonio, las tensiones de la convivencia y hasta los caprichos del deseo podían resolverse —al menos por una noche— con el orden sereno que Alfonso Paso había prometido desde el escenario madrileño trece años antes.

Hoy, cinco décadas después, cuando se recuerda aquella comedia que cruzó el océano, queda claro que su verdadero triunfo no estuvo en las cifras de taquilla ni en las reseñas elogiosas, sino en esa sonrisa persistente que se llevaba a casa el espectador.

Porque las comedias, al final, no cambian la historia; solo la hacen un poco más soportable, un poco más humana, un poco más divertida. Y en eso, tanto en la Madrid de 1963 como en la Morelia de 1976, Los derechos del hombre cumplió su promesa sin hacer ruido: entretener con astucia.

Octavio Sosa, que había heredado del maestro José Manuel Álvarez no solo la batuta sino la convicción de que el teatro ligero también puede ser arte mayor cerró el telón sabiendo que Los Farsantes habían logrado algo más que una reposición exitosa: habían tendido un puente invisible entre dos mundos, dos décadas y dos públicos que, sin conocerse, compartían la misma necesidad humana de reírse de sí mismos, sin que doliera demasiado.

Fuentes:

La Voz de Michoacán del 13 de febrero de 1976.

Salvador Fuentes Salinas, “Los Farsantes, un grupo que nació entre chascarrillos y risas”, La Voz de Michoacán del 15 de agosto de 1981.

José Payá Beltrán, “Alfonso Paso y el teatro español durante el franquismo”, Memoria presentada para optar al grado de Doctor por la Universidad de Alicante; dirigida por Juan Antonio Ríos Carratalá, Catedrático de Literatura Española Universidad de Alicante, julio de 2015.

Jorge Orozco Flores, es autor del libro “La duda ofende” (2017); fue secretario de Difusión Cultural de la UMSNH.