Estación Central

La gran derrota de nuestras sociedades pasa por la ausencia inconmensurable del padre, por la orfandad, por la voz y la figura del que no estuvo ahí para proteger y vislumbrar los primeros límites de la realidad.

Gustavo Ogarrio

Podría hablar de la primera vez que la vi, seguramente a finales de los años noventa, traducida como “Estación Central” (“Central do Brasil”, 1988) y dirigida por el brasileño Walter Salles. El cine latinoamericano y las vitrinas mediáticas el asombro mundial. Parecía que la acerba realidad urbana escapaba a mansalva por las pantallas. Las pandillas peleaban su lugar privilegiado en el banquete sin fin de la violencia. El arpón de la pobreza fustigaba por doquier y otra generación más de latinoamericanos emprendía la búsqueda infinita del padre. Todo esto bajo el tremendismo de peleas callejeras de perros y con miradas delirantes de jóvenes ungidos por el crimen, pinchando el globo reluciente de las democratizaciones timoratas.

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Durante todo este tiempo me ha perseguido la escena final de la película: Josue, niño casi adolescente cuya madre atropellan frente a la Estación Central de Río de Janeiro, después de concluir el frustrado viaje para hallar a su padre, se levanta de la cama en la que duerme junto a sus dos hermanos recién encontrados y emprende la carrera de polvo en busca de Dora, la escribana que al amanecer huye de él para solamente ser recordada, la huérfana adulta y egoísta, que también recuerda el día que su padre la dejó tocar el silbato de la locomotora, sentada en sus piernas; la que echa de menos todo. La gran derrota de nuestras sociedades pasa por la ausencia inconmensurable del padre, por la orfandad, por la voz y la figura del que no estuvo ahí para proteger y vislumbrar los primeros límites de la realidad. Quizás en la contraparte que muchos otros vivieron no había tampoco mucha esperanza: la figura del patriarca reprimiéndolo todo. Nada de sensibilizar a los que duermen entre piedras, nada de estridencias para relatar la ternura, el abandono, la incredulidad ante el otro desconocido que de alguna manera es uno mismo y somos todos, los huérfanos de mundo.