Cultura. —Adelante, tome asiento —dijo el Dr. González, mientras ajustaba sus anteojos y cerraba el expediente sobre el escritorio—. Antes de comenzar con la revisión de rutina, me quedé pensando en esa analogía que mencionó la sesión pasada sobre la narrativa visual. Me intriga mucho esa visión suya, especialmente ahora que estamos profundizando en su proceso creativo. ¿Cómo es que usted articula esa relación entre lo que escribe, lo que filma y lo que sucede aquí adentro? El paciente se acomodó en la silla, guardó silencio un instante y, con una claridad técnica que parecía haber ensayado durante años, respondió: —Mire, doctor, es que para entender mi trabajo hay que partir de una premisa clínica: la literatura, el cine y el arte operan como registros fundamentales de la experiencia humana. No los veo como simples formas de expresión estética o entretenimiento; para mí, las imágenes y las palabras funcionan como síntomas de procesos psíquicos profundos. En mi práctica, donde la cinematografía converge inevitablemente con el análisis de la salud mental, he llegado a la conclusión de que la creación artística no es un adorno del mundo, sino una manifestación directa de la estructura interna del autor y su realidad. Recientemente decidí releer uno de mis libros favoritos, Women (Mujeres) de Charles Bukowski. Publicado en 1978, es, en esencia, la crónica del caos. Me puse a pensar en cómo narra un desfile de encuentros afectivos y sexuales de Henry Chinaski, su alter ego, tras alcanzar un éxito literario tardío; es un inventario de resacas, sábanas sucias y diálogos ásperos. Las mujeres ahí no son personajes de ensueño, doctor, son espejos de la propia incapacidad de Chinaski (y de Bukowski) para establecer vínculos afectivos sanos. Hay algo en esa crudeza que me atrae; quizá es la honestidad brutal de un hombre que no intenta caerle bien a nadie. Esa relectura me empujó a ver de nuevo Barfly (1987), el detrás de cámaras de la cinta, y a reflexionar sobre la eterna tensión entre el cine y la literatura. Analizando los registros documentales, entrevistas de archivo y la propia narrativa biográfica de los involucrados, me di cuenta de que el rodaje fue tan errático y visceral como su literatura. Hubo una lucha de egos surrealista. ¿Sabía que el director, Barbet Schroeder, ante la amenaza de cancelación del proyecto por parte de Cannon Films, llegó al extremo de amenazar con cortarse un dedo con una sierra eléctrica frente al productor Menahem Golan? Esa medida drástica, documentada como una de las tácticas de negociación más extrañas de Hollywood, logró asegurar el financiamiento final, pero a un costo emocional tremendo. A pesar de que Bukowski escribió el guion original, su relación con el protagonista Mickey Rourke se deterioró profundamente. Ver a Rourke interpretando a Henry Chinaski es ver a un acróbata intentando imitar la cojera de un hombre que ha caminado sobre vidrios rotos toda su vida. Era estético, si, pero seguía siendo un circo. El autor terminó despreciando la actuación de Rourke, calificándola como una caricatura exagerada y un "acróbata" que quería ser el centro de atención. Decía que no lograba capturar la verdadera "atonalidad" y el ritmo monótono de su vida real. Incluso con un cameo del propio Bukowski observando a Rourke desde la barra del bar Golden Horn, la experiencia fue tan amarga que el escritor la exorcizó años después en su novela Hollywood (1989), donde satirizó a todo el equipo bajo seudónimos como "Jon Pinchot", transformando el rodaje en una extensión del circo industrial. El cine, por su naturaleza técnica y comercial, tiende a la armonía visual, mientras que la vida de Bukowski era puramente atonal. Desde un análisis más profundo y psicológico, doctor, la obra de Bukowski no es "entretenimiento"; es una catarsis funcional. Su trauma infantil —un padre sádico que lo azotaba con una correa de afilar navajas y una madre pasiva ante el abuso— no se "curó" escribiendo. He aquí el punto y la gran polémica del arte terapéutico: escribir sobre el dolor ayuda a sobrevivir, pero no necesariamente a sanar. Bukowski libera el trauma de forma instintiva, transformando la humillación en cinismo a través de la palabra. Su prosa es un mecanismo de defensa; no busca la redención ni el perdón, busca el desahogo. Para autores con este nivel de daño, el arte no es una medicina, es una prótesis. Les permite caminar, pero la pierna sigue faltando. El trauma le dio una voz única (el "realismo sucio"), pero no fue terapéutico; el autor permaneció atrapado en los mismos ciclos autodestructivos hasta el final. Ahora mismo me pregunto si admitir que me gusta Bukowski hoy en día es un riesgo. Vivimos rodeados de "comisarios del gusto", vigilantes de la moral que quieren que el arte sea una guía de buenas conductas. Hasta hemos visto cómo se intenta "cancelar" figuras de la música o del espectáculo por mencionar que una obra les genera interés; se nos exige ser policías de nuestros propios consumos. Pero el arte no puede ser moral ni inmoral, porque no es una persona; es una manifestación. Cuando le exigimos que sea pedagógico o ético, lo estamos matando. Estamos buscando una brújula moral en un espejo que, por definición, está roto y refleja una humanidad deformada. A lo largo de la historia, el arte ha sido el espacio para lo "innombrable". Pienso en Sade o en Pasolini y su película Saló o los 120 días de Sodoma; sus obras nos incomodan porque tocan la degradación humana para criticar el fascismo, pero son necesarias. Existe una delgada línea roja entre la representación y la apología que a veces cuesta distinguir, pero esa incertidumbre es lo que hace al arte poderoso. Doc, ¿sabía que Bukowski despreciaba el cine porque este siempre se empeña en buscar un "sentido", una "redención" o, al menos, un "encuadre bello"? Su literatura, en cambio, acepta el caos y se sienta a beber o a fumar un cigarrillo al borde de la cama con él; ahí no hay aprendizaje en las derrotas, solo resistencia pura. Como él mismo escribió: "Todos vamos a morir, todos nosotros. ¡Qué circo! Debería bastar con eso para amarnos los unos a los otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades de la vida; nos devora la nada" (Bukowski, 1992). Esa es su metafísica del desencanto. El cine suele ser un circo porque intenta dar orden al trauma mediante el montaje y el guion, pero el trauma real no tiene edición; es un ruido blanco constante. Ver de nuevo Barfly y leer su obra dejan una lección incómoda: el trauma puede ser el motor de una obra maestra, pero el precio es una vida habitada por fantasmas que ni el aplauso de Hollywood ni el éxito editorial pudieron jamás exorcizar. Me gustaría nunca caer en la práctica de juzgar la calidad artística con el código penal o el catecismo en la mano. Para mí, el arte es el último refugio de la libertad humana, un desahogo necesario en un mundo que nos obliga a parecer perfectos. Bukowski no quería salvarnos, doctor; solo quería que supiéramos que el circo está lleno de payasos tristes y que, a pesar de todo, la función debe continuar. El Dr. González anotó una última frase en su libreta con un trazo seco y definitivo: "Hiper-racionalización del trauma: el arte como prótesis disfuncional". Cerró el expediente de golpe y el sonido resonó en el consultorio como una sentencia, antes añadió en el margen inferior, con letra de doctor, el diagnóstico final: "Sujeto con una arquitectura psíquica tan barroca que prefiere organizar un festival de cine en su cabeza antes que admitir que tiene un nudo en la garganta; presenta una patología de 'Lucidez Crónica Incurable', donde el paciente no solo está irremediablemente loco, sino que ha decidido que su locura tiene mejor dirección de arte que la realidad misma. Se recomienda no llevarle la contraria para evitar que escriba un ensayo de diez páginas sobre por qué el psiquiatra es, en realidad, un actor de reparto mal dirigido". —Es una hipótesis fascinante sobre la resistencia y la forma en que usamos el registro visual para no desmoronarnos —concluyó el médico mientras se ponía de pie, manteniendo una distancia profesional inamovible—. Vamos a dejarlo aquí por hoy. Siga con esas relecturas y con el análisis de esa "atonalidad" que menciona, que tenga excelente jueves. Lo veo en dos semanas. Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C. IG. Espaciosolaris FB. Espacio Solaris