Sobre cómo una se vuelve lectora

Soy de esa generación que creció con la saga, que esperó libros, que imaginó castillos y que sintió que la lectura podía ser una aventura total

Cultura. La semana previa al Día del Niño siempre me hace mirar hacia atrás. No necesariamente para pensar en recomendaciones, que también son importantes, sino para preguntarme algo más íntimo: en qué momento empezó todo. En qué punto una se convierte en lectora.

Porque yo no nací lectora. Me hice.

PUBLICIDAD

Crecí viendo a mi mamá trabajar en el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. Para mí, acompañarla era también entrar a un mundo donde los libros estaban ahí, al alcance, sin demasiada ceremonia. No era una biblioteca enorme ni un espacio sofisticado, pero sí un lugar donde las palabras estaban vivas. Yo no lo sabía en ese momento, pero ese contacto cotidiano fue sembrando algo.

Desde que aprendí a leer, empecé a tomar libros al azar. Sin orden, sin guía, sin entender muy bien qué estaba buscando. Solo leía. Recuerdo especialmente una historia que nunca he podido volver a encontrar: un niño vampiro que se hacía amigo de un niño humano. La recuerdo como se recuerdan los sueños, con fragmentos sueltos, con una sensación más que con una trama clara. He intentado buscarla, como si al encontrarla pudiera volver a esa niña que la leyó por primera vez.

Y luego llegó Harry Potter.

PUBLICIDAD

Soy de esa generación que creció con la saga, que esperó libros, que imaginó castillos y que sintió que la lectura podía ser una aventura total. Recuerdo perfecto el momento en que encontré los libros en una librería en el centro de Lázaro Cárdenas, durante un viaje familiar. Y recuerdo también que al día siguiente, en la playa, mientras todos se metían al mar, yo me quedé leyendo. Como si hubiera descubierto algo más grande que el agua, algo que me jalaba con una fuerza imposible de ignorar.

En Apatzingán no era fácil conseguir libros. No había muchas librerías, no eran parte de la vida cotidiana. Por eso, cada libro encontrado era casi un acontecimiento. Hubo una vez que instalaron una pequeña feria de libros en la plaza principal. Ahí encontré el siguiente tomo de la saga que estaba leyendo. Costaba quinientos pesos. Me acuerdo de la cara de mi papá, sorprendido, casi incrédulo de que un libro pudiera costar eso. En su mundo, en su historia, los libros no formaban parte del presupuesto.

Aun así, me lo compró.

Y ese gesto, que en ese momento fue solo una compra, ahora lo veo como algo mucho más grande. Fue una forma de decirme: esto que te gusta importa.

Mi mamá, por otro lado, lo entendió desde otro lugar. Era maestra. Le gustaba el aprendizaje en todas sus formas. Y cuando vio que me gustaba leer, no lo dudó. Me apoyó. Buscó libros, me los regaló, los convirtió en parte de mi vida cotidiana. Muchas veces, mis regalos eran libros. Y yo los recibía con esa emoción que solo da el saber que algo nuevo está por comenzar.

Después vino la adolescencia y, con ella, todas esas sagas que muchas veces se miran por encima del hombro: Crepúsculo, Los juegos del hambre, Divergente. Las leí todas. Las amé. Y no me da ninguna vergüenza decirlo.

Creo que a ese tipo de literatura se le ha exigido ser algo que no pretende ser. Se le critica por ser ligera, por ser sencilla, por no ser “suficiente”. Pero yo pienso lo contrario: son puertas. Son el inicio. Son el momento en que alguien descubre que leer puede ser emocionante, que puede engancharte, que puede hacerte querer seguir.

Si ese primer encuentro no ocurre, es muy difícil que después llegue todo lo demás.

También estuvieron otros libros como Momo, que se quedan de otra manera. Historias que, sin que una lo note del todo, empiezan a abrir preguntas más profundas. Pero incluso esos llegan mejor cuando ya existe el hábito, cuando la lectura ya es parte de tu vida.

A veces pienso que se nos olvida lo importante que es ese primer acercamiento. Queremos que los niños lean “bien”, que lean “clásicos”, que lean lo que se supone que deberían leer. Y en ese intento, muchas veces matamos la curiosidad.

Si a mí me hubieran dado Don Quijote de la Mancha cuando apenas estaba empezando, probablemente habría salido corriendo. En cambio, encontré historias que me atraparon. Y eso lo cambió todo.

Hoy, cuando pienso en mi historia como lectora, no puedo separarla de las personas que la hicieron posible. De mi mamá, que impulsó ese gusto sin cuestionarlo. De mi papá, que aunque no entendía del todo, decidió apoyar. De esos espacios donde los libros estaban ahí, esperando. Y también pienso en todas las niñas y niños que están justo en ese momento ahora.

Tal vez esta semana no se trata tanto de recomendar títulos perfectos. Tal vez se trata de recordar que la lectura comienza con el asombro. Con el descubrimiento. Con ese libro que llega en el momento justo y te cambia sin que lo notes.

Porque una no se vuelve lectora por obligación. Se vuelve lectora porque, un día, una historia la encuentra.

Yazmin Espinoza. Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

Instagram: @historiasparamama