Mercado de Dulces de Morelia: Un referente con 60 años de tradición

El Mercado de Dulces y Artesanías de Morelia cumple seis décadas como parada obligada para turistas que buscan ates, morelianas y artesanías locales.

El recinto alberga más de 150 locales que ofrecen alrededor de 900 variedades de dulces típicos y piezas artesanales del estado. Foto, Víctor Ramírez.

Noticias Morelia. Considerado una de las paradas obligadas del turismo en Morelia, el Mercado de Dulces y Artesanías Valentín Gómez Farías rebasa el medio siglo de actividad desde su apertura en 1968, y se ha convertido en uno de los espacios más visitados del Centro Histórico, un referente de la tradición moreliana y la “tienda de souvenirs” de referencia.

Puesto en marcha el 14 de septiembre de ese año, el inmueble surgió como parte de una política de reorganización urbana orientada a concentrar a los comerciantes de dulces tradicionales que hasta entonces operaban de forma dispersa en los portales del primer cuadro, particularmente sobre la avenida Madero, donde durante décadas ofrecieron sus productos a transeúntes y visitantes.

PUBLICIDAD

La decisión de construir el mercado respondió a una demanda identificada desde la década de 1930, cuando autoridades municipales comenzaron a plantear la necesidad de ordenar esta actividad comercial. Durante años, los oferentes permanecieron en espacios abiertos hasta que, en el contexto de la modernización urbana de los años 60, se concretó la edificación de un recinto cerrado que, además, cumpliera con cierto cometido de referente turístico.

La obra se realizó en el costado poniente del antiguo Colegio de la Compañía de Jesús, un conjunto de origen virreinal que había pasado por distintos usos tras la expulsión de la orden religiosa en 1767 y que con el tiempo se integró al complejo que hoy ocupa el Centro Cultural Clavijero.

El terreno donde se levantó el mercado formó parte de las áreas anexas del antiguo colegio, incluyendo zonas que en distintos momentos funcionaron como huertos y patios de servicio. A lo largo del siglo XIX, tras los procesos de desamortización de bienes eclesiásticos, el espacio quedó sujeto a transformaciones y subdivisiones que modificaron su configuración original. Para mediados del siglo XX, esta sección del conjunto se encontraba prácticamente en desuso, lo que permitió su adaptación a un complejo comercial, aunque en el diseño se consideró no desprenderse completamente de la traza histórica del inmueble.

PUBLICIDAD

Exitoso modelo

Desde su apertura, el mercado se integró a una de las zonas de mayor circulación peatonal y vehicular de la ciudad, sobre la avenida Madero y en inmediaciones de la Biblioteca Pública Universitaria. Su ubicación, prácticamente en uno de los accesos al primer cuadro, lo colocó dentro de los recorridos habituales tanto de habitantes como de visitantes, quienes lo identifican como un punto de referencia para ubicarse y al momento de buscar productos típicos.

Con el paso de los años, esta condición se mantuvo, reforzada por su cercanía con espacios culturales y administrativos, como escuelas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), oficinas de gobierno y un abanico de nuevos negocios, principalmente cafés y librerías.

El inmueble conserva elementos de su origen, como muros de cantera y patios interiores que remiten a la disposición conventual del antiguo conjunto jesuita. Uno de estos patios continúa en uso y funciona como área de servicio y estacionamiento, además de conectar con la parte posterior del Centro Cultural Clavijero, lo que mantiene una relación relativamente funcional entre ambos recintos dentro del mismo polígono arquitectónico.

En su configuración actual, el mercado cuenta con más de 150 locales distribuidos en una superficie que supera los 2 mil metros cuadrados. La organización del espacio se articula a través de un pasillo que recorre la extensión de la cuadra, donde se alinean los distintos puestos comerciales en ambos costados del corredor.

La actividad comercial se centra en la venta de dulces tradicionales y artesanías. En el primer rubro se encuentra uno de los productos más característicos: los ates morelianos —de membrillo, guayaba, fresa o tejocote—, que son uno de los artículos más buscados por los turistas.

También se ofertan morelianas, un dulce elaborado a base de leche y azúcar; cocadas; jamoncillos; dulces de leche como las bolitas de coco o nuez; y rollos de fruta (guayaba o tamarindo). Son comunes además las frutas cristalizadas, el acitrón y los dulces cubiertos de azúcar.

No pueden faltar dulces de tamarindo, cajeta, palanquetas, alegrías de amaranto, borrachitos y chocolate. También se comercializan especialidades regionales como los chongos zamoranos, rollos de fruta, obleas y, en temporadas específicas, figuras de azúcar y chocolate. De acuerdo con registros municipales, en el mercado pueden encontrarse alrededor de 900 variedades de dulces.

A esta oferta se suma la presencia de artesanías provenientes de distintas regiones del estado, elaboradas en materiales como cobre, madera, barro, piel y fibras vegetales. Entre los productos disponibles se encuentran piezas de Santa Clara del Cobre, guitarras de Paracho, textiles tradicionales, juguetes y artículos decorativos.

Flujo constante

Aquí no hay temporadas altas o bajas. El flujo de visitantes se mantiene constante a lo largo del año. Autoridades locales estiman que cerca del 80% de quienes recorren sus pasillos son turistas, lo que ha contribuido a sostener la actividad económica del lugar durante décadas, a pesar de las diversas dificultades, pero los morelianos también son asiduos al recinto, aunque sea para curiosear.

El Mercado de Dulces también es referido como uno de los casos de reubicación de comerciantes más exitosos en Morelia, ya que ha logrado mantenerse con niveles estables de ocupación. A diferencia de otros proyectos implementados en años posteriores para concentrar comercio ambulante en espacios cerrados, donde se han registrado locales desocupados, este inmueble conserva actividad en la mayoría de sus puestos, con operaciones diarias y presencia constante de compradores.

A lo largo de su historia, el edificio ha sido objeto de intervenciones para su mantenimiento y adecuación. La más reciente se llevó a cabo en 2016, cuando se realizaron trabajos de remodelación en los locales y se instalaron domos para permitir el ingreso de luz natural, modificando parcialmente la iluminación del interior. En ese mismo periodo se planteó la posibilidad de peatonalizar la calle Valentín Gómez Farías, propuesta que no se concretó al no contar con el consenso de vecinos y comerciantes de la zona.

En años recientes, locatarios han señalado la necesidad de continuar con trabajos de mantenimiento y de mejorar la infraestructura del mercado, particularmente en lo que respecta a accesibilidad para personas con discapacidad y condiciones generales del inmueble, así como reforzar estructuras que muestra un gran desgaste por los años y amenazan con venirse abajo.

Arved Alcántara, La Voz de Michoacán