Pueblo de Ceniza, de Silvia Figueroa Zamudio, es una novela que entrelaza el mito y la historia a través de la ficción literaria. Se trata de una obra de gran alcance, pues transmite la cultura purépecha antes y durante la conquista, así como el encuentro entre dos mundos: el purépecha y el español. A través del relato del último señorío purépecha, durante el gobierno de Tangaxoan y su caída posterior. La narración logra comunicar el trauma, el dolor y la violencia implicados en la destrucción sociocultural de un mundo y en la reconstrucción de otro, como imposición política de un nuevo orden. La relevancia de esta historia contada a manera de relato, radica en que en pocas páginas condensa elementos históricos, creencias, rituales y mitos que forman parte de la cosmovisión purépecha, al mismo tiempo que muestra las diferencias socioculturales, religiosas y simbólicas entre los españoles y los purépechas. En este sentido, destaca de manera particular la capacidad de la autora, como historiadora y académica, para articular una base argumentativa sólida con una propuesta narrativa accesible. Silvia Figueroa recupera fuentes históricas fundamentales, como La Relación de Michoacán, así como elementos de la tradición oral de la región, y logra traducir este conocimiento especializado a un lenguaje claro y secillo. Esta mediación no simplifica el contenido, sino que lo vuelve inteligible y significativo para un público más amplio, permitiendo que saberes históricos y culturales contenidos en La Relación de Michoacán sobre el pasado del pueblo purépecha, circulen más allá del ámbito puramente académico, hasta las aulas de los niños purepechas. Así, la novela funciona también como un puente entre el conocimiento especializado y la divulgación, ampliando las posibilidades de comprensión e interés en torno a la historia y la memoria de los pueblos originarios de Michoacán. En este sentido, la novela no solo reconstruye un episodio del pasado precolombino, sino que lo reinterpreta desde una sensibilidad narrativa que permite acercar a muchos públicos a la experiencia vivida de los sujetos. A través de sus personajes, se visibilizan las tensiones que trajo la conquista, las resistencias y transformaciones que emergieron en un contexto de ruptura civilizatoria, donde el universo de los purépechas no desaparece por completo, sino que se reconfigura en medio de la violencia, la imposición imperial y la negociación cultural. Asimismo, la obra abre un espacio para pensar la memoria y la historia desde una perspectiva no exclusivamente documental, sino también simbólica y afectiva. El recurso al mito no aparece como una distorsión de lo histórico, sino como una forma de comprenderlo y dotarlo de sentido, entrelazando una narrativa donde el pasado se convierte en una experiencia vivida. De este modo, Pueblo de Ceniza invita a reflexionar sobre los procesos de conquista no solo como hechos políticos militares, sino como acontecimientos profundamente humanos, marcados por el dolor, la impotencia ante la pérdida y la resistencia cultural. Otro elemento a destacar en la obra que hoy presentamos, es el dialogo entre la escritura y la narrativa visual, resignificando la tradición medieval europea del libro ilustrado. Esos libros que no eran solo vehículo de texto, sino obras de arte, para ser vistas y leídas. En este sentido el trabajo gráfico de Miguel Carmona Virgen, acompaña la historia de Pueblo de Ceniza, para funcionar como un instrumento didáctico y de enlace entre la historia y la memoria ritual. Esta relación de la que hablamos, cumple con la función de traducir a imágenes los acontecimientos más significativos, narrados por la autora. La dimensión visual intensifica la experiencia del relato, particularmente en aquellos pasajes que evocan una fuerte carga emotiva, lo que permite al lector no solo involucrarse en la historia contada, sino que también transite por una experiencia emocional ante lo acontecido. En este sentido, la edición de Pueblo de ceniza que hoy tenemos en nuestras manos, fusiona el conocimiento histórico y el arte, con un sentido profundamente pedagógico en una sociedad a la que conforme avanza el impacto de las redes sociales, hay que impulsarla a retomar el amor a la lectura. El hecho que esta reedición se encuentre respaldada por el Gobierno del Estado de Michoacán a través de la Secretaria de Educación del Estado, la Secretaria de Cultura y la Cuarta República, nos habla de la preocupación e interés de ambas instituciones por preservar la memoria y cosmovisión del mundo simbólico y sagrado en que vivían los purepechas del siglo XVI, antes y durante la llegada de los colonizadores españoles. En este sentido, sería altamente deseable que esta obra también pudiera ponerse a disposición del público en una versión digital de acceso abierto, con el fin de ampliar su alcance y permitir que un mayor número de personas se acerque a este valioso legado cultural. Finalmente, y a manera de ejemplo cierro esta presentación reproduciendo un pequeño párrafo de la gran historia que encierra este estupendo texto, con el propósito de sensibilizarlos a que lo compren, lo lean y compartan: “NO SUPIMOS QUÉ PASÓ. Era la época de lluvias, de aquel nefasto año de 1520. Azinche, uno de nuestros mejores guerreros, el que había encabezado la comisión a México-Tenochtitlan, enfermó. No supimos de qué. Su cuerpo se empezó a amoratar. Tenía granos rojos por todas partes, hasta en la cara y la cabeza. Estaba muy caliente, sudaba. Tenía espíritus encima que lo hacían gritar. A los seis días murió. El día de su funeral supimos que tres de sus hombres habían enfermado de lo mismo. También murieron. Uno a uno los integrantes de la expedición enfermaron y murieron. Aún hoy hijo, que te escribo esto, no me lo puedo explicar. Zuanga volvió a sus nostalgias. Nuevamente el enemigo se hacía presente de una manera invisible. ¿Contra qué luchamos? preguntaba desesperado a su gran amigo, el sacerdote. Tu abuelo nunca tuvo respuesta. Un día nuestro señor amaneció con los primeros síntomas de la enfermedad. Cuando los viejos del consejo comprendieron que Zuanga estaba muriendo, llamaron a todos los curanderos de Michoacan. Buscaban la medicina que pudiera salvarlo. No sabían qué era lo que atacaba a nuestro señor. (…) En todas las casas había enfermos y muertos. Los fogones estaban apagados, ya no se preparaban alimentos. Los michoacanos deambulaban por los caminos tristes, apagados, vencidos. Este ya no era nuestro pueblo. (…) La invasión vino por dentro. Nos tomó por sorpresa y devoró nuestros corazones. No podíamos luchar. No teníamos armas. No sabíamos qué era”. Amanda Uribe Cortés, es historiadora de formación, especialista en el mundo prehispánico, y antropóloga por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social CIESAS-Sureste. Como historiadora ha explorado el lenguaje iconográfico, los signos y los símbolos de la cultura náhuatl, que se expresan en los códices religiosos – adivinatorios y las piezas arqueológicas.