El lago de Pátzcuaro está en riesgo de desaparecer: fotógrafo documenta proceso

En menos de un siglo, el Lago de Pátzcuaro perdió la mitad de su superficie. Iván Holguín documenta en fotos este ecocidio y la crisis en Michoacán.

Fotógrafo Iván Holguín documentando la destrucción del Lago de Pátzcuaro en Michoacán
El fotógrafo e investigador patzcuarense Iván Holguín lleva dos décadas registrando el deterioro de la cuenca.

El fotógrafo Iván Holguín lleva veinte años documentando el proceso.

«Nuestro lago se muere», reza una pintada en la esquina de dos calles sin nombre muy lejos de la orilla. Algunos locales recuerdan haber visto esa misma pintada en otros lugares de Pátzcuaro. ¿Dónde? Quién sabe, la habrán borrado… ¿A nadie le importa que se muera el lago? Le importa a Iván Holguín, un fotógrafo patzcuarense polifacético que ha dedicado muchos años a documentar el proceso de destrucción del lago, y acaba de terminar una tesis doctoral sobre el tema.

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¿Qué relación tienes con Pátzcuaro?

Yo nací en Pátzcuaro y aquí viví una parte de mi niñez. Mi madre, embarazada, vino a tenerme donde estaban mis abuelos. Desde que soy profesionista, voy y vengo entre Morelia, Pátzcuaro y la Ciudad de México. Me asenté en Pátzcuaro de forma más constante tras trabajar como secretario de Turismo en el municipio de 2018 a 2020.

¿Cómo te llegó la afición por la fotografía?

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Mi primer contacto con una cámara fue desde muy pequeño. Desde muy niño vi a mis padres y a mis tíos con sus cámaras, unas Zenit rusas. ¿Por qué rusas? Porque mi padre estudió ciencias químicas en Moscú, ahí se doctoró. Él me inculcó su interés por la observación científica de las cosas, a través de la mecánica, la física, la óptica… Y mi abuelo materno era una persona sumamente culta, un autodidacta con una capacidad intelectual impresionante. Él podía hablar de química inorgánica con mi padre en el patio de la casa.

¿Desde niño estuviste a caballo entre las ciencias y las artes?

Cuando tenía unos ocho años, mi hermana Svetlana me prestó una de sus guitarras y mi padre me metió a estudiar el instrumento. Tomaba clases de música clásica, y al mismo tiempo descubría los Gipsy Kings. Mi un amor al flamenco es hasta la fecha inamovible.

Cuando entré a estudiar al Conservatorio de Morelia quería dedicarme de manera profesional a la música. Pero mi padrastro, que era ingeniero en electrónica, me dijo que como músico me iba a morir de hambre y no me respaldó. En ese tiempo, mi madre estaba enferma de cáncer y como también tenía mucho interés por las ciencias biológicas, entré a estudiar medicina. Me fascinaba la posibilidad de ayudar a sanar, y la maravilla que es la maquinaria del cuerpo humano. Me dediqué en cuerpo y alma a la escuela hasta que me rompí, dos veces. Mi madre murió en el hospital donde yo hacía mis prácticas. Después yo me enfermé de gravedad y regresé a ese mismo hospital. Estaba del lado del paciente y no podía hacer absolutamente nada por mi vida. De pronto, ya no quise explicar la vida a través de la medicina. Necesitaba encontrar la vida a través de la vida, a través de la magia, de lo que significa estar vivo sin tener que explicar nada.

¿Ese episodio te devolvió a las artes?

Sí, estudié en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Michoacana. De niño no pintaba, así que me costó trabajo, salvo el dibujo y la pintura anatómica, con los que me había familiarizado en mi corta carrera de Medicina. En la licenciatura en Artes Visuales escogí la especialización de pintura. Me fui un tiempo a Cuba a estudiar grabado, pero el proceso era tan complejo, tan largo, que no coincidía con la urgencia que tenía de expresarme a través de una obra. 

Sin embargo, te interesaban los aspectos técnicos

Sí. Tenía compañeros que estaban en la postura «yo soy artista y soy libre de hacer absolutamente lo que quiera y no me importa la teoría ni me importa la técnica». Pienso en uno especialmente que era un pintor maravilloso pero pintaba con la pintura para cómics que encontraba por ahí. Al año siguiente la obra estaba deteriorada. Y no era porque no tuviera dinero para comprarla, teníamos un taller de técnica de los materiales en el que nos enseñaban a fabricar nuestros propios materiales – la cocina del artista.

De la simple producción de arte ¿fuiste evolucionando hacia la investigación artística y científica?

Ya siendo estudiante defendía la idea de que los artistas tenían que atender las problemáticas sociales e intentar dar alguna solución. ¿De qué manera puede el arte ayudar a la salvaguarda del patrimonio? Mi trabajo de investigación doctoral lo enfoqué en el lago de Pátzcuaro, que está en riesgo de desaparecer.

En menos de un siglo, la superficie del lago ha disminuido más de la mitad. Se han perdido más de ocho metros de profundidad y seis de las doce islas que tenía el lago de Pátzcuaro. Hacia 1920, tú te metías al lago y podías ver a cinco metros de distancia dentro del agua. Actualmente no puedes ver ni a cinco centímetros…

Desde tu punto de vista, ¿Cuándo empezó la degradación del lago?

Cuando Lázaro Cárdenas era gobernador de Michoacán, lanzó un programa de promoción turística de la región del lago de Pátzcuaro. La meta era atraer a los turistas para que conocieran ese México posrevolucionario, costumbrista, folclórico, ese México con recursos naturales bellísimos. El programa benefició a la región en términos económicos, pero en aquel tiempo empezó la sobreexplotación turística de la región.

¿Cuáles son las causas principales de la debacle?

Además del calentamiento global, hay causas muy locales. De las dos plantas tratadoras de aguas residuales en Pátzcuaro, sólo una funciona, y hay que ver cómo: sólo entre 20 y 30 por ciento de su capacidad teórica. Las comunidades del lago, incluyendo las de las islas, en su mayoría vierten las aguas sin tratar. Súmalela deforestación de la cuenca, los incendios forestales –en su mayoría provocados para fomentar un cambio de uso de suelo y poner huertas de aguacate– y la extracción ilegal de agua para poder regar las huertas de berries.

Hay mucho dinero, muchos negocios de por medio. Un día recibí una alerta: la isla de Janitzio se había conectado a la tierra. Voy y entrevisto a niños en la calle. ¿Cómo ven la situación? Nos da miedo, me contestan, que el narco pueda llegar caminando a la isla.

Entonces, la pérdida no es solamente ecológica

Claro. Si el gobierno no hubiera hecho la labor de dragar esa zona, Janitzio hubiese perdido su condición insular con toda la problemática social que eso implica. Implica pérdida de identidad de los isleños, que durante siglos fueron pescadores, y actualmente ya no pescan.

Mira, ésta es una fotografía de Edward Weston de 1924. Todavía el patrimonio arquitectónico de la isla conservaba sus cualidades de arquitectura tradicional: casas hechas con adobe, vigas de madera, tejamanil. El año pasado caminé por toda la isla, no encontré ninguna casa con esas características.

Date una vuelta por la mayoría de las comunidades en la región del lago y verás, en la mayoría de ellas, casas de tabique, de tabicón, sin acabados, sin aplanados. La gente se va, regresa veinte años después y el pueblo ha cambiado. Ya no hay árboles, ya no hay casas de adobe, ahora son casas de concreto al estilo de Estados Unidos. 

¿Cómo se documenta la pérdida?

Hice una investigación en archivos históricos fotográficos y encontré unas 12.500 fotografías de esa época. Me limité a los años 1900-1950, porque es en ese periodo cuando se ve la región del lago en las mejores condiciones de conservación. Luego seleccioné 56 fotografías y entre otras cosas, realicé una serie de «revisitaciones»: se trata de ir al mismo sitio para ver cómo han sido los cambios. Es un trabajo académico pero me gustaría hacer una presentación para el público.

Hay dos maneras de salvaguardar el patrimonio. La primera es constituir un registro visual. La fotografía conserva el patrimonio como memoria, aunque éste se deteriore. Hay muchas fotos que realizó Ansel Adams de algunos parques en Estados Unidos que ya no existen… La segunda es más ambiciosa: la imagen puede cambiar la percepción del espectador y producir en él un cambio conductual.

¿Conductual?

Hay un descuido enorme de los lugareños. Es muy común ver en la carretera gente en sus vehículos tirando basura, latas, plásticos de un solo uso, botellas de refresco… 

De parte de las comunidades, también hace falta un esfuerzo mayor. Duele decirlo acerca de pueblos que durante siglos vivieron en armonía con su entorno, pero de unas décadas para acá se produjo un cambio de paradigma impresionante.

Erandi Avalos

Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com