Gustavo Ogarrio Yo también tuve un tío que quemó sus naves en la ceniza alegre del “She loves you, yeah, yeah, yeah”, como tantos otros que vivieron la religión del Cuarteto Liverpool; mujeres estereotipadas por los gritos histéricos a manera de himnos hambrientos de ese pantano de famas, rodeadas también por la fumarola de la guerra de Vietnam, la yerba y la rebelión blanca. Y a veces me descubro escuchando esa catedral hundida en el tiempo titulada “A Day in the Life”, como si pudiera leer en el periódico el mismo suicidio de ese hombre en el semáforo; una fotografía panorámica del mundo que alguna vez habitaron los escarabajos, los que vinieron del otro lado del mar en el avión prehistórico del acetato, con su magna concurrencia de cantos que iban desde las cándidas evocaciones amorosas hasta las alucinaciones casi susurradas de los campos de fresas. Demasiado inglés para estos infelices latinoamericanos que desde sus propios odios y pasiones montaron sus humildes resistencias sobre la dulce voz de Paul para cantar a su manera, desbaratando el refinado acento británico del futuro Sir, “Yesterday”, “Michelle” o “Hey Jude”. Y quizás sin comprenderlo del todo, rendidos ante el lado amable de la lengua imperial, con los cabellos largos cruzando los rostros adormecidos por la imitación estupefacta, evocaron su propia oración contra el gran cinturón de castidad, que se transformó en el grito “yo soy la morsa” y sacudir así la opacidad de las conciencias tiranosáuricas en la época de su esplendor. Yo prefiero escuchar sin estridencias “Something”, en esta oscuridad lunar de una época que con el tiempo también quedará reducida a cenizas; la cueva obtusa de este presente desprovisto de aquella anacrónica alegría de mi tío Antonio, más como un lamento propio sin remitente que como esa oración de escarabajo sin Dios que algún día lo fue todo.