MARISA BARBOSA SERRATO Dentro de esta columna hemos analizado diversos eventos tanto del presente como del pasado para entender de manera más amplia la realidad actual de nuestro país y del mundo. Actualmente veo un constante debate en la opinión nacional, entre qué parte lo hizo menos mal, es decir, que funcionaria o funcionarios “violó menos la Constitución”, como si eso fuera posible. Por un lado, la elite panista vergonzosamente apoyando la todavía no aclarada: “relación de cooperación” entre el gobierno estatal de Chihuahua con la CIA y por otro lado, las diez solicitudes por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos para extraditar a funcionarios mexicanos, acusados de estar vinculados con los carteles –10 perfiles sumamente, cuestionables e incorrectos por decir lo menos- pertenecientes a las filas más altas de la élite morenista, quienes argumentan que estas solicitudes son vistas como injerencia por parte de Estados Unidos. Ahora más que nunca, es vital recordar la historia de nuestra nación: El periodo histórico conocido como “El Porfiriato”, todas y todos los mexicanos lo tenemos presente por muchas razones, sin embargo, hoy me gustaría recordar al primer presidente elegido democráticamente en México después de transitar más de tres décadas en dictadura, el presidente: Francisco I. Madero. Durante los años de Porfirio Díaz en el poder, más del 90 por ciento de la población mexicana era analfabeta y se encontraba en situación de precariedad, al mismo tiempo, la riqueza del país se encontraba en el 1 por ciento de la clase alta, eso y la explotación de las y los trabajadores, fueron razones suficientes para iniciar el proceso de la Revolución Mexicana. A la llegada al poder, Francisco I. Madero se encontró con un Estado mexicano en banca rota y con una población en pobreza total, a la cual era impensable subir impuestos, pensando de manera creativa como poder aumentar el recurso del Estado mexicano, decidió aplicar un impuesto de 20 centavos a cada tonelada de petróleo mexicano que las empresas extranjeras extraían de nuestro subsuelo y exportaban para vender en diferentes mercados; empresas principalmente estadounidenses, inglesas y holandesas, ninguna mexicana. Por supuesto que estos 20 centavos por tonelada, les cayó de peso a los empresarios extranjeros y de manera automática y coordinada expresaron su “desconfianza” a la estabilidad nacional con el nuevo presidente electo quien paralelamente, también recibió un posicionamiento por parte del Congreso de Estados Unidos al declarar su “preocupación por una posible anarquía en México”. O sea que los posicionamientos del Congreso vecino no son nada nuevos. Sin lugar a duda el presidente Francisco I. Madero no llegó al poder logrando unificar a todo el país, sin embargo, este posicionamiento del Congreso de Estados Unidos, no lo podemos entender sin la figura clave del senador por Nuevo México: Albert B. Fall quien se veía sumamente preocupado por el nuevo impuesto a las empresas petroleras estadounidenses. Aquí me gustaría subrayar y poner en negritas que: Albert B. Fall años después se convirtió en el primer miembro de un gabinete presidencial de Estados Unidos en ser condenado culpable por recibir sobornos de las empresas petroleras, conocido como el famoso escándalo del: Teapor Dome. Súper interesante entender con el paso del tiempo, los verdaderos intereses de personajes históricos. El pacto de la embajada y la decena trágica Dentro de todo este contexto aparece el embajador de Estados Unidos en México: Henry Lane Wilson quien, junto con mexicanos opositores a Francisco I. Madero, dentro de la Embajada de Estados Unidos, planearon un complot en su contra. Encabezando a la oposición nacional, se encontraba el general Victoriano Huerta quien había sido nombrado por Francisco I. Madero como jefe de la Plaza, alto mando militar del ejército, junto con el sobrino de Porfirio Díaz, Félix Díaz. Desgraciadamente el pacto entre la oposición encabezada por el traidor Victoriano Huerta y el embajador estadounidense Henry Lane Wilson pasó a la historia como la Decena Trágica, apoderándose de Palacio Nacional el 9 de febrero de 1913 y finalizando diez días después con el asesinato del presidente Francisco I. Madero y su vicepresidente José María Pino Suarez. Victoriano Huerta después de traicionar, dinamitar los primeros cimientos de la democracia mexicana del siglo XX y tomar el poder de manera ilegitima, “buscó la militarización de la sociedad y estableció una alianza con los intereses extranjeros que vieron en el dictador la vuelta a la estabilidad”, quien por supuesto, lo primero que hizo fue quitar el impuesto a las empresas petroleras extranjeras. Quien haya puesto atención durante sus clases de Historia de México, recuerda perfectamente al infame Victoriano Huerta, pero en pocos cursos, se menciona la fundamental participación del embajador de Estados Unidos: Henry Lane Wilson, a veces pienso que esa parte queda intencionalmente sepultada en la historia, con el propósito de no importunar la relación bilateral México-Estados Unidos, con este incómodo recuerdo. El día de hoy recordemos o conozcamos, el involucramiento del gobierno de Estados Unidos en el golpe de Estado que terminó en el asesinato de Francisco I. Madero y José María Pino Suarez, presidente y vicepresidente de México. Ahora, respondamos: ¿Es posible una intervención de Estados Unidos en nuestra política nacional? No solamente es posible, ya pasó. Lamentablemente hay una cantidad enorme de ejemplos a lo largo de la historia de México, mediante los cuales, podemos entender que los intereses extranjeros —tanto de nuestro vecino como de potencias europeas– sistemáticamente han realizado acciones de intervención; paralelamente también es interesante y sumamente lamentable, darnos cuenta que también han existido mexicanas y mexicanos que han traicionado a la patria, entendiendo la naturaleza de dicha traición desde generar alianzas con gobiernos e intereses extranjeros, como alinearse a los intereses de los cárteles de la droga. [1] Lajous, Roberta. Historia mínima de las relaciones exteriores de México. Ciudad de México: El Colegio de México, 2023. Pag 150