Gustavo Ogarrio Pocas veces he escuchado en una canción una ironía tan concentrada y refinadamente ruda contra el monstruo de la industria cultural: “Mi héroe es la gran bestia pop / que enciende en sueños la vigilia / y antes que cuente diez, dormirá. / A brillar, mi amor, / vamos a brillar, mi amor. / A brillar, mi amor, / vamos a brillar, mi amor”. El nombre mismo de esta banda era enigmático y de aguda crítica a la frivolidad de la publicidad: “Patricio Rey y los Redonditos de Ricota”. Un personaje de ficción creado para conducir en secreto a esta organización musical que había surgido en La Plata en el trágico año de 1976, cuando comenzaba la última dictadura en Argentina, y que provenía de un recetario de cocina: bolitas de masa para hornear, quizás como una parodia de la multiplicación de las sopas campbell de Andy Warhol, símbolo iniciático del arte pop en 1962: “el nombre puede ser cualquier cosa”. El Indio Solari como el vocalista de los Redondos que conducía conciertos que más bien eran ceremonias populares de música, baile, cánticos… hipnotismo que transportaba a los miles de convocados de la dura realidad social en dictadura a la desintegración del “yo”, a la construcción de un nosotros sofisticado, masivo, popular. El Indio Solari y los Redondos desafiaron las reglas mercado capitalista de la música al renunciar y evadir a los agentes de la industria de masas para actuar de manera autogestiva, independiente, colectiva. “Soy un perdido eléctrico, el universo eléctrico, un multitudinario, perdido y sin identidad. / Yo soy…yo soy...yo soy nadie"; canta Solari en "El hombre eléctrico". El personaje Solari murió el pasado 5 de junio, sus últimas palabras fueron: “Y aunque mi cuerpo haya partido, todo lo que vivimos juntos sigue intacto. Porque las canciones, los recuerdos, los encuentros y las emociones que compartimos no conocen de enfermedades ni despedidas”.