Los carpinteros del rey: artesanos del bosque en el antiguo Michoacán

Descubre cómo la carpintería purépecha del siglo XVI unió ciencia forestal, arte y poder. Una fascinante historia que aún vive en Michoacán.

Lámina de la Relación de Michoacán que muestra al cazonci y objetos de madera
Los tronos de madera pintada eran símbolos clave de poder político en el antiguo reino purépecha.

Las fuentes coloniales del siglo XVI describen con admiración la abundancia forestal de la región y la habilidad con que sus habitantes la aprovechaban. En los alrededores de Tiripitío, por ejemplo, crecían encinas, robles, madroños y pinos. Cada especie tenía un destino preciso: con robles y encinas se fabricaban carretas y arados; con el pino, los carpinteros producían tablas para casas, puertas, cajas, escritorios, escribanías, mesas y artesas. Era, en esencia, una industria forestal de precisión.

Pero el conocimiento iba más allá de saber qué árbol cortar. En la cuenca del río Chilchota, los habitantes identificaban las sabinas —árboles de gran porte que crecían a orillas de los ríos— como una madera extraordinaria: cortada y sumergida en agua por años, no se pudría. Este saber empírico sobre las propiedades de la madera revela una relación profunda entre las comunidades y su entorno natural, acumulada durante generaciones.

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La lengua purépecha —también conocida como tarasco— refleja la importancia del oficio. El Vocabulario que compiló el franciscano Maturino Gilberti en el siglo XVI registra una familia de palabras construidas alrededor del carpintero: tecari era el carpintero; tecani, el acto de carpintear; tecariequa, el oficio mismo. El barrio donde vivían los carpinteros tenía nombre propio —Tecachao Vapatzequa—, y el lugar donde trabajaban era el tecaquaro. Incluso la herramienta principal, la azuela, tenía su propio término: tecaraqua. Esta riqueza léxica muestra que la carpintería no era un oficio marginal: era una actividad estructurante de la vida social y urbana.

La organización del trabajo forestal no era improvisada. La Relación de Michoacán —documento fundamental del siglo XVI— menciona a un funcionario de alto rango llamado Pucuriquari, responsable de supervisar todos los guardabosques del reino purépecha. Su tarea era velar por los montes y coordinar la extracción de vigas, tablas y demás maderas. Era, en términos actuales, algo así como un ministro forestal: contaba con sus propios principales y reportaba directamente al cazonci, el gobernante supremo. El texto añade, con notable continuidad histórica, que dicho cargo todavía existía en Michoacán al momento de escribirse el documento, a mediados del siglo XVI.

Lo que hace especialmente llamativa la carpintería de la región es su vínculo con la pintura. Las crónicas destacan que en Tiripitío los carpinteros eran reconocidos como los mejores y más hábiles de la zona, y que sus piezas terminadas —mesas, escritorios, cajas— eran entregadas a pintores igualmente célebres, considerados entre los más finos de toda la Nueva España. La madera era, entonces, soporte para el arte.

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Esta combinación entre carpintería y pintura también se expresaba en los objetos de poder. Las láminas de la Relación de Michoacán muestran tronos elaborados con madera pintados con motivos decorativos o cubiertos con pieles de animales. Algunos tenían respaldos de formas geométricas complejas. Eran, a la vez, obras de carpintería, de pintura y de protocolo político: la silla en la que se sentaba un señor decía al mundo entero quién era y cuánto valía.

Los carpinteros del antiguo Michoacán no eran simples trabajadores del bosque. Eran artistas reconocidos, parte de un sistema político sofisticado, hablantes de una lengua que honraba su oficio con palabras propias. La madera que transformaban era al mismo tiempo materia prima, símbolo de estatus y lienzo para la pintura.

Hoy, cuando recorremos los mercados artesanales de la región o admiramos los muebles que aún se producen en comunidades como Uruapan o Pátzcuaro, seguimos siendo, sin saberlo, testigos de esa larga historia.

Juan José Albarran Trigueros

Fuentes consultadas:

René Acuña (ed.), Relaciones geográficas del siglo XVI: Michoacán. UNAM, 1987.

Maturino Gilberti, Vocabulario en lengua de Mechuacán. 1559.

Relación de Michoacán (ed. Mendoza). El Colegio de Michoacán, 2000.

Juan José Albarrán T. es maestro en Historia por la facultad de Historia -UMSNH- división posgrado. Miembro del proyecto: “Mechoacan Tarascorum”. Contacto: juanjose.albarrantrigueros@gmail.com.