Después de tres días de luna de miel, el joven camionero debió partir para llevar alfalfa a la costa; regresaría con televisores y videocaseteras. Le prometió comprarle un regalo en el puerto. Debido a las complicaciones del viaje, olvidó su promesa y sólo se le ocurrió detenerse en el mercado cercano a casa en donde adquirió un juego de peinetas de supuesto carey. No creía en la advertencia de su abuela de que regalos falsos traen mala suerte. Las entregó como una sorpresa traído desde el puerto, pero la esposa de inmediato identificó en dónde las había comprado y las dejó encima del trinchador, sin darles importancia. Dos días después, el camionero debió llevar al norte varilla y regresar con dovelas. Al volver su mujer estaba enferma, casi desvanecida, sola en la recámara. Las peinetas permanecían en el mismo mueble. Dos semanas de doctores y medicamentos y ella no mejoraba. Dado que hacía falta el dinero, él aceptó un viaje para transportar cajas de estambre y, de vuelta, un cosecha de sorgo. La vecina cuidó durante días a la enferma. Ella no sanaba, todo lo contrario, apenas hablaba y su mirada parecía envuelta en la bruma. El dinero del nuevo viaje permitiría seguir pagando las medicinas. Llevaría bultos de cal y regresaría con instrumentos musicales. Al amanecer, a punto de salir de casa, reparó en las peinetas y decidió echárselas al bolsillo del pantalón. Durante el viaje, parecían morderle y las aventó por la ventana a la carretera del desierto. Sintió que se deshacía de una terrible mentira. Al volver, su esposa lo recibió sonriente, sana y contenta. Se metieron de inmediato a la cama y el planeta siguió girando. Saúl Juárez