EL BARCO

Los rápidos eran endemoniados, pero él conservaba todo el ánimo que habían perdido los tripulantes.

La corriente del Danubio se aceleraba como si tuviera prisa letal. La tripulación, exhausta y desesperada, en algún tiempo piratas, estaba segura de que la barca fluvial no aguantaría los rápidos mortales.

   Un niño de ocho años viajaba secuestrado en la embarcación. La bruma del atardecer apenas dejaba ver el muro de piedra del cañón. Se podía oler el miedo provocado por la cercanía de la muerte.

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   La barca se zarandeaba con tal fuerza que parecía a un instante del final, todos sus años crujían a punto de despedazarse. Las olas envolvían la proa con su cauda de espuma.

   Los seis tripulantes empezaron a rendirse uno a uno. Ya no podían sostenerse en pie por tantas noches sin dormir, por el hambre y las heridas. La situación era tan desesperada que se tiraban en cualquier sitio para aguardar la catástrofe.

   Nadie se opuso cuando el niño tomó el timón. Al principio no tenía fuerza para moverlo, después logró virar hacia la derecha antes de chocar contra una saliente rocosa. Los rápidos eran endemoniados, pero él conservaba todo el ánimo que habían perdido los tripulantes. Logró hacer una maniobra en el momento exacto para primero acercarse al nuevo roquedal y. luego, alejarse como si ahí  habitara un dragón. La barcaza siguió el curso cada vez con mayor velocidad y turbulencia.

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   Cualquiera aseguraría que la embarcación naufragaría sin remedio. Sin embargo, un golpe certero de timón salvó a la embarcación de papel de sucumbir en la alcantarilla. El niño la salvó del cause, volvió a remontar la calle empinada y la echó de nuevo. Esta vez el muchacho acompañaba como grumete a los marineros que iban por el amazonas sin saber su destino.