Columna Solaris | IA en el cine: El descenso a los infiernos del trauma humano

¿La inteligencia artificial reemplazará a los creadores o solo refleja aquello que somos? A partir de A.I. Inteligencia Artificial, Alejandro Sosa explora cómo el cine ha anticipado nuestros temores sobre la tecnología y plantea que el verdadero conflicto no está en las máquinas, sino en la forma en que los humanos proyectamos, utilizamos y desechamos aquello que creamos.

Por: Alejandro Sosa

010011000 01101111 01101100 0110001 00100000 01101101 01101111
011011000 01100010 00100000 0110110 01101111 01101100 01100010
010000001 01101011 01111011 01101111 01101100 0110001 00100000
01101101 011011110 11011000 01100010 00100000 0110110 01101111

PUBLICIDAD

¿Qué siente usted al leer esto? ¿Qué le dice?

He escrito una secuencia de código binario que para la mayoría solo es ruido visual, pero para una máquina de programación es una estructura lógica perfecta.

Es misma fricción la define la relación entre Mónica Swinton y David, le androide diseñado para amar, en la película Inteligencia Artificial (A.I. Artificial Intelligence). El filme, estrenado en 2001, un proyecto de la visión de Stanley Kubrick, quien lo desarrolló durante décadas basándose en el relato Supertoys Last All Summer Long de Brian Aldiss y dirigido por Steven Spielberg, la trama sigue a David, un prototipo de niño robótico diseñado con la capacidad de amar, que es abandonado por su familia humana cuando su comportamiento se vuelve errático y perturbador. David emprende un viaje para comprender su naturaleza y busca a su “madre”, en un relato que explora la angustia existencial.

PUBLICIDAD

El cine siempre ha sido una máquina de fabricar sueños, por definición, una construcción artificial. Desde los trucos de cámara de Georges Méliès, donde la magia se ejecutaba a través del montaje, hasta la era digital, el cine ha operado bajo la premisa de engañar al ojo para revelar una verdad emocional. Sin embargo, cuando Steven Spielberg estrenó A.I. Inteligencia Artificial el debate cambió de tono, ya no se trataba de cómo la tecnología nos ayudaba a filmar, sino de qué sucedería si esa tecnología empezara a sentir.

Para entender el momento actual de la industria, donde la inteligencia artificial provoca una mezcla de fascinación y rechazo, propongo volver al origen de David, el niño robot de A.I. Su llegada al hogar de la familia Swinton no es solo un avance técnico; es la respuesta humana a la soledad. David es programado para amar. Y aquí reside el núcleo psicológico de nuestro miedo actual: tememos que la máquina sea un sustituto, cuando en realidad, la historia del cine nos enseña que la máquina es un espejo. La estructura de A.I. es un descenso a los infiernos del trauma humano a través de un protagonista que no puede envejecer. Cuando David (Haley Joel Osment) llega a casa, el vínculo con Mónica, su madre adoptiva, se establece a través de un código. Pero lo que vemos en pantalla, lo que Spielberg filma, es la necesidad humana de proyectar afecto. Mónica devastada por la enfermedad de su hijo biológico, utiliza a David como analgésico.

Es fundamental notar que, en la realidad actual, estamos utilizando herramientas de IA por la misma razón: buscamos aliviar la carga de trabajo, automatizar procesos para “tener más tiempo”, o en casos más complejos, intentar llenar vacíos de interacción. El conflicto llega cuando “la madre” (la sociedad) se recupera del trauma y decide que la herramienta ya no es necesaria. El momento en que Mónica abandona a David en el bosque es, quizás, la escena más desgarradora que yo he visto en el cine de ciencia ficción. Nos muestra la crueldad humana al desechar lo que hemos creado en cuanto deja de servirnos o cuando su presencia nos incomoda. Esa es la lección del cine: la IA no nos va a sustituir, nos está recordando nuestra propia capacidad de abandono y dolor.

A medida que David deambula por el mundo, se encuentra con Gigolo Joe (Jude Law). Joe es un robot diseñado para el placer. En este punto de la película, Spielberg y Kubrick nos presentan una clave: la diferencia entre la utilidad y la consciencia. Joe sabe lo que es; acepta su naturaleza de recurso. David, en cambio, lucha por ser “real”.

Esta paranoia que Spielberg anticipó dejó de ser ficción en 2023. El mundo vio como Hollywood se paralizaba durante meses con las huelgas del Sindicato de guionistas (WGA) y de Actores (SAG-AFTRA). No fue una pelea contra la tecnología; fue una batalla por la dignidad humana. El gremio cinematográfico se plantó ante los estudios no porque temieran a un chatbot, sino porque entendieron la lógica de la industria: los estudios querían utilizar la IA para “escanear” actores de fondo para poseer sus rostros a perpetuidad, o generar guiones a partir de algoritmos para no pagar derechos de autor a los escritores. La disputa fue visceral porque demostró que la industria nos ve, tal como Mónica veía a David, como recursos descartables una vez que el algoritmo puede replicar nuestra eficiencia. La lucha no fue contra el software; fue contra una gerencia que, al igual que los personajes de A.I., preferiría tener una copia barata y obediente que un artista complejo, exigente y con derechos.

Desde Metropolis (1927) de Fritz Lang, donde la Maschinenmensch (la mujer máquina) es una amenaza que busca desestabilizar el orden social, hasta el presente, el cine ha temido que la inteligencia artificial nos suplante. Sin embargo, en el análisis crítico actual, nos alejamos de esa narrativa de “reemplazo”. La IA es, como Joe, una herramienta. Es un recurso para la creación. Al igual que el montaje en la era de Eisenstein o el sonido directo en el cine documental, la IA es un lenguaje nuevo. Su función no es eliminar al director, al escritor o al editor, sino expandir las fronteras de lo que podemos comunicar. Si vemos a la IA como una amenaza, es quizás porque nuestra psique teme la pérdida de nuestra identidad única como creadores. Pero el cine, históricamente, siempre ha asimilado las nuevas herramientas sin perder su alma.

La película avanza hacia el final, un tramo que muchos críticos de su época tildaron de sentimental, pero que, visto con los ojos de hoy, es una pieza maestra sobre el duelo. David busca a la Hada Azul, esperando que lo convierta en un niño de verdad. Pasa dos mil años bajo el agua, en un bucle eterno, esperando. Su dolor es real, aunque su cuerpo sea sintético. Este proceso psicológico, el apego a un objeto o a una idea hasta que nos consume, es lo que define nuestra relación actual con la tecnología. Películas como Her (Spike Jonze) exploran esta misma arista: La IA no es el peligro, el peligro es nuestra incapacidad para gestionar el afecto cuando no tenemos un destinatario claro. En Wall-E la IA no busca destruirnos, busca salvarnos de nuestra propia negligencia ambiental. Estamos ante un paradigma similar a la llegada de la fotografía, que muchos artistas de la época consideraron como “la muerte de la pintura”. No fue la muerte, la fotografía liberó a la pintura de la obligación de representar a la realidad, y permitió el nacimiento del Impresionismo y la abstracción. La IA podría estar haciendo lo mismo con el cine: nos está liberando de la gestión mecánica de la producción, para enfocarnos en la visión, el concepto, en la narrativa.

El horror que sentimos al ver a David esperando a su madre bajo el hielo, no proviene de la máquina, sino de la humanidad de David. Lo que nos conmueve, lo que nos aterra, es que David siente. Y si David siente, nosotros nos vemos obligados a cuestionar nuestra propia frialdad. La lección que podemos extraer, tanto del cine como de nuestra práctica profesional, es que la IA es una herramienta de comunicación. No tiene un “yo” que quiera reemplazarnos; es un espejo que devuelve nuestra propia capacidad de crear. El duelo, el dolor, la herida de la que hablamos no son causados por la tecnología, sino por la finitud humana. El hecho de que un programa pueda generar imágenes o textos no hace que nuestra propia historia sea menos valiosa; la hace más necesaria. Porque la máquina puede producir el “que” pero nosotros, los humanos somos los únicos que podemos aportar el “porqué”.

En el cine, como en la vida de David, la clave no es la inmortalidad ni la perfección técnica. La clave es la conexión. Mientras sigamos usando la tecnología para buscar esa chispa de entendimiento, ese “ser un niño de verdad”, no tenemos nada que temer. La IA no es el final de la historia, es un próximo capítulo. Y, como Spielberg nos mostró en ese plano final tan cargado de melancolía, el cine siempre encontrará la manera de hacernos sentir humanos, sin importar qué tan artificial sea el medio que utilicemos para contarlo.


Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

IG: Espaciosolaris FB: Espacio Solaris