Gustavo Ogarrio Quisiera decir en un tono suave, casi como un susurro en la oreja de un perro mientras lo acaricio…o mejor aún: como si me lo dijera a mí mismo en esa sucesión cinemática, a veces alegre, a veces absurda, de dos mundiales anteriores y al filo mortal de la tercera Copa del Mundo en México: este Mundial se lo robaron. Se lo robó Estados Unidos y su presidente filibustero en el delirio de su guerra total, comercial y militar, con su sonrisa infernal al pie del genocidio en Gaza y de la fractura a nivel internacional que genera la destrucción de los derechos humanos; se lo robó, como siempre se roba mundiales, la FIFA, su corrupción a gran escala que se recicla con soluciones de continuidad cada vez más osadas; se lo robó la herencia envenenada de un Mundial pactado en 2016: “¡Ganamos! Norteamérica será sede del Mundial 2026”, anunciaba el entonces presidente Enrique Peña Nieto en un tono neocolonial de sumisión a los Estados Unidos y que justo hoy nos explota a todas y todos en los pies; un tercer mundial en México innecesario, la cripta neoliberal del espectáculo; se lo robó el capitalismo más salvaje que ahora va despojando al campo popular de sus propias creaturas poéticas en todos los países del mundo. Hubiera preferido no verlo; bueno, no enterarme de que habría un tercer Mundial en México… que este tercer mundial hubiera llegado en 2666, el año en que todas y todos estaremos ya en el infinito. Quizás muchos de nosotros nunca nos hicimos a la idea de asistir a un partido mundialista. No existe para mí el estadio mundialista, hace mucho que la FIFA lo expropió de mi inconsciente: el estadio burgués de palcos y plateas privilegiadas. Siempre existirá ese estadio de tribunas generales, populares y de infancias extraviadas.