Cuando un personaje sabe demasiado

orge Orozco Flores reflexiona sobre los anacronismos en el cine: de la célebre leyenda de Juan Orol a un polémico diálogo en ‘La Odisea’ de Christopher Nolan.

Claqueta cinematográfica y guion de cine abierto sobre mesa de madera
El lenguaje y los diálogos en la ficción histórica marcan la frontera entre la inmersión y el anacronismo.

Jorge Orozco Flores

Durante décadas, el cine mexicano encontró en Juan Orol uno de sus blancos favoritos. Entre las muchas anécdotas que circularon sobre su filmografía, una adquirió categoría de leyenda: en medio de una escena se escuchan disparos a lo lejos y un personaje exclama: Ha comenzado la Revolución mexicana. Aquella frase resumía una crítica frecuente: los personajes parecían hablar no desde su tiempo, sino desde el conocimiento histórico del espectador.

PUBLICIDAD

            Fuera exacta o exagerada la anécdota, el efecto era el mismo. La risa nacía porque el personaje parecía haber leído un manual de historia antes de pronunciar su parlamento.

            Durante muchos años aquella licencia narrativa fue utilizada como ejemplo de un anacronismo cinematográfico.

Una duda antes de entrar al cine

            No he visto La Odisea de Christopher Nolan. Conviene decirlo desde el principio. Este comentario no nace de la experiencia de haber visto la película, sino de una duda concreta provocada por un comentario publicado en la red social X. Antes de decidir si valía la pena verla, preferí verificar si la escena mencionada existía realmente o si se trataba de una invención de internet.

PUBLICIDAD

            Diversas reseñas y numerosos comentarios de espectadores coincidían en describir el mismo diálogo: Penélope pregunta a Odiseo si ellos son los llamados "Pueblos del Mar", y él responde afirmativamente, añadiendo que la Edad del Bronce está colapsando.

            Mi duda terminó ahí. No necesitaba conocer el resto de la película. Bastaba corroborar que ese diálogo efectivamente formaba parte de ella.

Cuando habla el historiador y no el personaje

            El problema no consiste en que una película proponga una interpretación histórica. El cine tiene pleno derecho a hacerlo. La dificultad aparece cuando los personajes parecen utilizar categorías intelectuales que pertenecen a quienes los estudian siglos después. Existe una diferencia enorme entre que un personaje diga: Todo se está derrumbando, o que afirme, en esencia: La Edad del Bronce está colapsando.

            La primera frase pertenece naturalmente al universo del personaje. La segunda al vocabulario del historiador contemporáneo. Es una diferencia pequeña en apariencia, pero decisiva para quien concede importancia al lenguaje histórico.

De Juan Orol a Christopher Nolan

            Aquí aparece una ironía inesperada. Durante décadas se sonrió ante las licencias de Juan Orol porque parecían romper la lógica temporal de los personajes. Hoy un director del prestigio internacional como Christopher Nolan puede introducir un anacronismo semejante y el debate ya no gira alrededor de la ingenuidad del recurso, sino de su posible justificación intelectual.

            El prestigio modifica la recepción crítica.

            No modifica necesariamente la naturaleza de la licencia.

            La sorpresa proviene, en realidad, de la enorme consideración que Christopher Nolan ha ganado como narrador cinematográfico. Su capacidad para construir estructuras dramáticas complejas y relatos visualmente rigurosos hace que el espectador espere de él un cuidado igualmente meticuloso en la voz de sus personajes.

            Por eso un anacronismo de esta naturaleza llama más la atención en su cine que en el de cualquier otro director.

            No porque invalide toda la película.

            Sino porque rompe, durante unos segundos, la ilusión de que quienes hablan pertenecen realmente al mundo que la película representa.

Cada época tiene derecho a su propio lenguaje

            Toda ficción histórica establece un pacto silencioso con el espectador. Puede condensar acontecimientos, modificar cronologías, fusionar personajes o imaginar conversaciones. Son libertades legítimas del arte.

            Pero existe una frontera particularmente delicada: permitir que los personajes hablen con conceptos que sólo existirán miles de años después.

            No he visto La Odisea de Nolan, ni este texto pretende juzgar la película en su conjunto. Se limita a una observación muy concreta, nacida de la comprobación de un diálogo cuya existencia fue corroborada antes de decidir si acudir o no al cine.

            Porque hay ocasiones en que una sola frase basta para despertar una duda. Y, para algunos espectadores, esa duda es suficiente para abandonar la sala... incluso antes de comprar el boleto.

Jorge Orozco Flores, es autor del libro “La duda ofende” (2017); fue secretario de Difusión Cultural de la UMSNH.