ESCÁNDALO MARINO

Fuimos espantosos a la luz de la luna y nuestra alegría melodramática ya sospechaba que la patria se estaba pudriendo.

En aquel entonces solamente flotábamos entre las olas de la ciudad y teníamos un refugio que incendiábamos estando juntos o que montábamos como una bestia triste porque también éramos hijos de las películas en inglés con subtítulos en español y Apatlaco era un templo de adolescencias irremediables una comuna a destiempo de esbeltas madrugadas y de demonios o leopardos que vivían como se viven las religiones que nombran el río o la montaña o el relámpago por primera vez mientras alguien cocinaba unos huevos con jamón infames hechos con esos gramos de locura y alucinación casi sagradas.

Ya dije de alguna manera que también éramos hijos bastardos de la cumbia y del heavy metal o de la trova sentimental o del viejo zorro negro del blues y cantábamos canciones hermosas e incomprensibles y fingíamos que alguna revolución nos miraba a los ojos y nos estremecía con sus futuras hazañas de libertad mientras murmuraba que en realidad era un sapo que crecía con cierta desmesura o simplemente una viejecita con vocación de aguafiestas del capitalismo. Éramos hijos de aquellas corrientes del mar en las que sólo bastaba un poco de curiosidad para coleccionar arrecifes cargados de sangre marina o abismos líquidos de luz o batallas ciegas contra la ballena maligna. Después la vida se puso algo seria sensata solemne insoportablemente cierta y se disfrazó de gato boca arriba y salimos disparados sin cursilerías hacia el futuro y ahora somos estas hormigas melancólicas y desperdigadas al borde del camino.

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Fuimos cinco o diez o cincuenta y a veces hasta doscientos mosquitos lampiños de poesía y hermosas intérpretes del abismo y cucarachas drogadas sin cabeza y muros eléctricos con mensajes milenarios y reptiles melenudos sin oficio ni beneficio y langostas de charco y lloviznas sexuales de olvidos los que hace siglos en aquella casita de Apatlaco se batieron con sus alas de murciélago contra la nada. Fuimos espantosos a la luz de la luna y nuestra alegría melodramática ya sospechaba que la patria se estaba pudriendo y que ya nadie recordaría aquel escándalo marino en el que por un segundo fuimos también una caricia maldita y perfecta del destino.