Ese primer ciclo —un arco de veintisiete años que va desde sus poemas iniciales hasta la Poesía reunida de 1997— registra un mapa de vivencias y viajes: Roma, el norte de México, Zacatecas y Jerez, la tierra entrañable de López Velarde. De todo ello queda constancia en una poesía de indudable vitalidad artística. Es ahí donde surgen también los encuentros con los hermanos, la hermana y los muros de la infancia en “Mi casa hacia 1960”. Lejos del simple asombro o el mero recuento, Campos anota los juegos de la niñez y la presencia de la madre enferma; el poema vibra y permanece porque resguarda esas evocaciones: una minuciosa cartografía de tristezas y alegrías ensimismadas. Al volver a La ceniza en la frente aparecen nombres, viajes a Europa, los cuatro puntos cardinales. ¿Nombra ciudades? Hace algo más fuerte: con lenguaje fluido habla de nubes, pájaros y “del aroma tan rarísimo que impregna el viejo continente”. Descifra el magnetismo europeo en un verso: “El viento encarnizado se lleva árboles como hojas”. El poema homónimo es lección de vida: “¿Sabía lo que era la más extrema soledad?”. Para seguir esas huellas, Campos traza su identidad en una estrofa de siete versos dedicada en 1986 a Odisseas Elytis. Ahí bebe de la tradición griega: “No obstante que la muerte con mano niña / rompió la ventana del corazón oscuro, / mis ojos, ay, lloran enamorados / de mañanas claras, de veranos salvajes / que desde el cuerpo parecían el sol, / de mediterráneas dulzuras, del clima y el mar, / ah las perspectivas y luces del paisaje amarillo”. En su poesía, el sol es influencia mediterránea, exaltación directa de Elytis. Pero el camino se cruza con otros: conversación imaginaria con Neruda, encuentro con Vallejo. Autores de lengua española que le permiten el diálogo, el saludo, el hemisferio latino común. Lo refleja cuando confiesa a Neruda: “Yo supe por sus libros del sabor de la tierra, del estrépito del relámpago en el otoño salvaje, de la lluvia que parecía el follaje espeso en el húmedo bosque, del mar profundo y helado del sur de Chile”. De ahí al monólogo: ve puentes, una iglesia, un momento neoyorquino. Pasa a la historia: grabados españoles como título común, París “bajo la lluvia” y, de inmediato, el garabato del nombre de Vallejo. El fraseo frecuente de Campos delata su otra herencia: la bíblica. Hay que advertirlo porque impone presencia. Basta leer los títulos: “Después del diluvio”, “Una confesión”, “La seña en la sepultura”, “La partida”, “El testamento”, “La ceniza en la frente”. Habla de Roma y su connotación no es turística: es litúrgica. Nombra un poema “Desde la Iglesia” y despliega un vocabulario de intensidad religiosa: elegía, plegaria, epitafio, inscripción en un ataúd. No son ornamento. Son voz. Evolucionan con fuerza, cobran importancia, se desvanecen fugazmente y vuelven a figurar alegóricamente, con convicción. Ahí se entrevé su formación. No lo hace poeta religioso, pero sí poeta atravesado por lo sagrado. El lenguaje bíblico le otorga espacio y reconocimiento. Es un lenguaje en movimiento porque el poema tiene vida. Es carta de presentación que “descubrió en vida” lo que otros “contemplan bajo hierbas y flores”. Campos anhela ser vencedor ante los acontecimientos que lo llevan a viajar, a declararse poeta de largas caminatas. En su poesía persisten las interrogantes de antaño. Las recupera y adquieren presencia. Son parte de un itinerario que refleja madurez. Ya son biografía literaria. Los primeros veintisiete años de su poesía, de 1970 a 1997, registran dedicatorias, homenajes, visitas a amigos que perduran. Suceden en México y en ciudades extranjeras. No es solo el saludo afectuoso ni el complemento de una personalidad que se construye en territorios distintos. Es huella reconocible: estancia fugaz en ciudades del interior del país, en Latinoamérica, en Europa —que tanto le fascina— para nombrar momentos de identidad memorable. Ahí está la amistad con Rubén Bonifaz Nuño. El azul de Nueva York. La carta amarilla a Elytis. La conversación imaginaria con Neruda. El encuentro imaginario con Vallejo. Y sin dejar de lado un poema a Rimbaud o el seguimiento de “Interrupciones neoyorkinas”. Hay de dónde cortar para reconstruir la travesía. Más allá, están los versos que anotan la historia de las cosas sucedidas. O esa línea donde “en otoño pasó Dios a caballo”. Así, sin más, por un poema, sucede la analogía: conceptos fluidos que deconstruyen historia y religión. Campos busca su presencia en las ciudades. Qué dicen de él y qué dice él de ellas. Sitúa su paso: fugaz, por temporadas. “Llegada a Roma”, dedicado a su madre Isabel Campos, abre esa conversación. Resulta casi imposible definirlo, pero la voz, el ritmo, el monólogo de sueños lo hacen: “Uno, en ciertos sitios, diferente, / cree –en la lluvia de elogios y palmadas– / ser un hombre a la altura de su siglo. / En fin, a qué decirlo, cree ser alguien. / En otros sitios, en cambio, desolado, / su nombre es igual a un perro ciego, / a la hojarasca dormida del otoño. / En fin, es nadie. / Quien lo haya vivido, lo recuerde…”. Otro territorio, dentro y fuera de sus visiones, es “Madrugada en Atenas”: “Anoche, en el jardín de los sueños, / te vi: / estabas en las ruinas y en los arcos. / Hoy al levantarme, me asomé a la ventana, / y en las ruinas y en los arcos / había un manantial / de pájaros”. La voz se oye detrás del viento. Si el arco es como un acueducto de ciudades mexicanas, respira su aire con lenguaje hispano, como recuerdo del Mediterráneo. “La ciudad de mi madre”, en prosa memoriosa y estilo mexicano, sentencia: “Si vuelvo será para enterrar a mis hermanas”. Y remata: “—murió mi madre un mediodía seco”. Allá lo llevan los recuerdos, el encuentro con las tías. La imagen se fija con música admirable entre los sitios y las cosas. Por otoño o invierno, desde Nueva York, Oslo o Zacatecas, sus poemas son presunción de imágenes. Nombra con el estilo que registra: árboles, estancias, atardeceres. En un puente de Salzburgo lanza: “Nací en el sufrimiento, en él me vuelco”. En Zacatecas, la ciudad, escribe: “En el jardín me dices que si revelas el canto de los pájaros, aprenderás a volar”. Para toda esa búsqueda encuentra la ciudad soñada. En ella sueña la realidad y fluye por la estrofa. Pero dice que se encuentra en Morelia. En esta ciudad escribe: “Lo que entendemos por la noche”. Hay que leer ese poema para reconocer la respuesta y la reconciliación con que el poeta escribe y rememora. Batalla con sus recuerdos, se sitúa en los portales para nombrar aquel invierno del 76. Ahí está, a los veintisiete años, escribiendo en los portales de Morelia. Su poética es una suerte de profecía extendida en verso libre, pero con ritmo decantado. Nombra el país visitado, la ciudad vista, y se sitúa físicamente para decir que el territorio tiene climas, aridez, invierno. Como cuando escribe en Morelia, con pasión del tiempo presente. Los poemas registran la huella de la permanencia: anota desde dónde escribe, con fecha estampada. Se puede rehacer su itinerario por la poesía. Para 1997, con cuarenta y ocho años, publica Poesía reunida. Incluye los libros hasta entonces editados y suma el inédito Los adioses del forastero, con poemas de 1988 a 1996. Seis apartados sin título, solo numeración romana. El resumen: confirma temas añejos y reinventa su visión ante las ciudades que ha celebrado. Se sitúa en alguna y, desde ahí, su escritura es realidad. Son poemas de tema bíblico, mas no de tono religioso. Aparecen con enfoques diversos. Versión nueva de lo ya reflexionado: anota recuerdos, toman rumbo, se convierten en sentimiento humano. Noble visión de años acumulados. En estos versos aparecen amigos, ciudades vistas y entrevistas, para quedar como registro de etapa. Si tuviera que citar un poema como punto de encuentro, de consolidación natural, sería “Mi casa hacia 1960”. Abre la primera sección. Ahí dialoga con poetas modernos de lengua materna y extranjera. El recuerdo de la infancia tiene vida: existe Arles, existe Mixcoac, con juego de cartas tardías que toman rumbo. La escritura tiene fecha, registra amistades. El poema se vuelve biografía, sin olvidar lo personal: la vida en familia, la casa donde juega, por extraño que parezca, aquel niño. Ahora creció y está presente en el poema con sus recuerdos más lejanos. El texto permite el resumen de una obra que se publica por primera vez. Pero hay que ir más lejos: reconocer su biografía como imagen detallada de la infancia. Los cuatro primeros versos plantan al lector en un jardín: “En un angosto jardín de mi casa / los alcatraces abrían de pronto / como campanas con badajo en luz / y la enredadera trepaba el muro / para caer a la casa contigua”. Imposible ignorar esos alcatraces en una casa mexicana. Todas las madres, o casi todas, se ocupan de tener esa planta para custodiar los sueños. El alcatraz no falta; si se seca, otro llega. Tiene lugar permanente en el jardín. La enredadera que trepa el muro recuerda, indirectamente, el juego coloquial de Sabines o Pacheco: imágenes que perduran. Ese extenderse a la casa de otros connota convivencia, determina la vida entre vecinos. Cerca había una fábrica. Algo común en la Ciudad de México, donde el aire es parte de la contaminación cotidiana: “Menos el aroma de hierba y flores / que los gases y humos de las fábricas / respiraba mi sagrada familia”. Para seguir se necesita respiración pausada, que deje sentir la fuerza del lenguaje, la furia de la palabra exacta: “Rompían en el jardín, desde la casa / de junto, el rostro cacareado del gallo, / el voraz aleteo de la gallina / contra la lumbrada, el grito agudo / de la maestra, mínima tal duende, / el pleito con la madre, las órdenes / furiosas del furioso obrero / a miembros de su furiosa familia, / las risas de las niñas como plata, / el trazo de la luna en verde mayo”. Hacia el final, invisible pero presente, la violencia se declara: “alacranes merodeaban la casa”. Doble analogía, visión definitiva: “Mi honrada y pobre casa que lucía / alba en la avenida de los Pinos, donde el niño jugaba imaginando / que el hogar era calle más libre / y horizonte. Mi honrada y pobre casa, / donde mi padre era abstracción o sombra / y los hermanos bebíamos de noche / la sangre ácida que esos alacranes / bebían de nuestro cuerpo a buena hora”. Para reconocer un segundo periodo, hay que ir a 2007, cuando publica El forastero en la tierra. Poesía 1970-2004. Arranca con poemas de 1997. Los lectores nombrarán esa etapa como ejemplo de madurez. Es fundamental: determina su búsqueda. En esa segunda lista de títulos marca la tradición literaria de México y extiende su alcance. Hay que reconocer que su nombre es ya parte de la poesía en lengua española. Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.