Miguel Cansino Assens Del jubiloso, verdecido cielo luces recobras, que la luna pierde porque la luz de sí misma recuerde relámpagos y otoños en tu pelo. Dulce viento desnuda tu desvelo, de tus hombros desata lluvia verde y de tus rizos moja el áureo vuelo que en luces tiernas tus espaldas muerde. Nacen del tacto estremecidas veces, a orillas de la luz lirios ardientes y de tu herida piel crecidos goces: De sangre y mármol, de ardorosa espuma, bajo del verde cielo adolescente, tu arquitectura de su enamorada suma. Es poco lo que puede decirse ante un poema inédito de Octavio Paz. O, mejor dicho, es mucho lo que quiero pronunciar y apenas un destello lo que en verdad se alcanza a reflejar en sus versos. Frente a un texto recuperado —como el que brota de las páginas de Esta carta está en tus labios [1935]. Cartas de amor de Octavio Paz a Elena Garro (Ediciones de Lirio, 2021)—, la lectura se vuelve un tanteo: aproximación antes que certeza y tacto revelador antes que teoría poética. El poema abre la edición de las cartas de amor que un joven Paz envió a Elena Garro el lejano año 1935. Tras una primera lectura, puramente placentera, el aparato crítico del volumen nos propone mapas y una guía de entrada. Sin embargo, el poema se impone por sí mismo. Lo hace no por una perfección que aún busca y por lo que deja ver: un instante de pura indagación, la herida abierta de la escritura en proceso. Surge la sospecha: ¿estamos ante un texto inédito o frente a una de esas materias verbales deshechas y redistribuidas que más tarde migraron a otros libros? Cabe pensar que estos versos fueron fragmentados para alimentar la corriente de su obra poética posterior, pero, aun así, el poema permanece aquí como un relámpago fijo de su primer impulso lírico: lo fecha el 29 de junio de 1935, cuando el poeta tenía apenas veintiún años. ¿Cómo leerlo hoy? Quizá no como una pieza original, sino como rumor de un descubrimiento. Hay en sus versos líneas o giros que anuncian una sensibilidad y una manera casi sagrada de acercarse, por medio de la poesía, al cuerpo, a la luz y al deseo. Para ese año, Luna silvestre ya habitaba el paisaje de la poesía temprana de Paz, pero este soneto pertenece a una zona más íntima, menos resuelta y, por lo tanto, más expuesta a una lectura casi privada. Pues sí, asistir a la estructura de este soneto juvenil es descubrir un íntimo encuentro con el lenguaje del deseo. Dispuestos con la ligereza de una confidencia epistolar, los versos prescinden de las pausas rígidas para entregarse a una sola corriente musical y desatada, donde fluye un lenguaje sin aliento entre el cuerpo y la luz. En esta arquitectura estrófica, el joven Paz no busca la solemnidad de la imagen, sino fijar la vibración inmediata de una llamarada inicial: una declaración amorosa donde la música se busca y no consuela, sino que convoca, y el lenguaje se descubre, por primera vez, como la pulsión viva de su expresión poética. Quienes han estudiado estas cartas de Paz —a través del prólogo de Eva Castañeda, la introducción de José María Espinasa y el riguroso estudio de Alberto Enríquez Perea— trazan un marco histórico y delimitan un periodo con precisión, pero el poema desborda cualquier contorno: es, en sí mismo, una señal de fuego. Asistir a estos versos es presenciar una voz que todavía no se fija, que duda y ensaya. Es un soneto irregular, de tensiones ocultas y giros por momentos torcidos, donde la imagen busca a tientas su lugar exacto. No estamos aún ante el autor absoluto, pero ya vibra en la página la energía primordial: el erotismo y la intuición del lenguaje como materia viva. En ese 1935 se gestaban los núcleos subterráneos que años más tarde estallarían en Libertad bajo palabra. Era también el tiempo de un joven poeta que no escribía en el aislamiento de una torre: dos años después cruzaría el mar hacia el Congreso de Escritores Antifascistas. Había ya una conciencia de la historia, una tensión dramática entre la vida y la palabra. Y sin embargo, este poema quedó resguardado entre cartas, inmóvil. Un resto, si se quiere, pero también un origen. Al no haber sido limado por las sucesivas reescrituras de la madurez, conserva la violencia de la inmediatez. Su valor no radica en su maestría, sino en su persistencia; es un sobreviviente de su propia transformación. Al final, poco importa determinar la etiqueta editorial de su novedad. Importa que está ahí, que se deja leer en voz alta, y que en esa lectura tentativa vuelve a suceder, desde el error y la luz, el milagro de la poesía. Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.