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    Jueves | 6 Ago, 2026, 14:43

    Chavela, lejana y sola

    Dos discos, dos edades de una voz: del regreso triunfal de los años noventa al autorretrato final de La luna grande

    José Riventosa

    Se vale recordar a Chavela Vargas asomándose al límite, casi abismo, que es su álbum homenaje a García Lorca, La luna grande. Lo grabó unos meses antes de morir, el 5 de agosto de 2012, a los 93 años.

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    Se vale pero duele. «Él no cantá, te hablá», me decía un amigo argentino a propósito de Roberto Goyeneche. En La luna grande también te hablá Chavela. Te hablá porque ya no puede cantar. Canta tres veces, alguna estrofita, un cuarteto de Cruz de Olvido, otro de Yerma sobre la melodía de La Llorona. Su voz ya no da para eso. Es patético. Es hermoso. Es más hermoso que patético. Pero resulta difícil escuchar el álbum de un tirón. Pausa.

    Descubrí a Chavela Vargas cuando salió el LP que lleva su nombre, hacia 1997 o 1998. Ese de portada negra y roja, ella con las manos abiertas, fondo negro, rayas rojas del sarape. Fue una deflagración, como lo había sido unos años antes para unos privilegiados que asistieron a su concierto en el Olympia de París, en 1994. Le hubiera dicho la actriz Jeanne Moreau a Pedro Almodóvar, ferviente organizador de aquel evento: «No hace falta que me traduzcas lo que canta, porque la entiendo perfectamente».

    En aquel tiempo México era para mí, como europeo, terra ignota. Sabía que compartía frontera con Estados Unidos pero no que estuviera tan lejos de Dios. Una ranchera era la esposa de un ranchero —el dueño de un rancho—, bolero no había más que el de Ravel, la zandunga era un mosquito exótico.

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    En uno de sus ensayos, Milan Kundera distingue, en lo que respecta a la recepción crítica de las obras, entre el pequeño contexto y el gran contexto. Pequeño contexto: la obra considerada estrictamente como documento nacional o expresión del «alma» de un pueblo. Gran contexto: sí, Kafka es un miembro de la «comunidad» judía, un escritor praguense de lengua alemana, un habitante del Imperio austrohúngaro, pero hay que leerlo ante todo dentro de una filiación estética que se remonta a Cervantes, Sterne, Dostoievski, Flaubert…

    Gracias a mi ignorancia supina, Chavela no tuvo que sufrir comparaciones con otras cantantes de rancheras, Lola Beltrán o Lucha Villa. Entró directamente en mi panteón mundial de intérpretes desgarradores, ogrescos, volcánicos, junto con Édith Piaf, Jacques Brel, el belga Arno, Nina Simone y pocos más.

    Ahora que reescucho este álbum rojo y negro producido por Warner Music, me salta a los oídos que le falta cantina y le sobra estudio. Juan Carlos Calderón, el arreglista de Joan Manuel Serrat y Ana Belén, José José y Luis Miguel, le dio un sello de canción melódica o balada romántica, le fabricó un sonido de variedad española «de prestigio». Estratégicamente se entiende. Chavela sale de un túnel. El periodo está bien documentado en el filme de 2017 de Catherine Gund y Daresha Kyi… Chavela Vargas. Tras la gloria de los años sesenta y setenta, lleva quince años desaparecida. En México, muchos la creen muerta cuando está recluida en una casita de Tepoztlán con su perra Vicenta, viviendo de lo que sus amigos le dan. Cuando no hay para la comida, toma. Tequila. Muchísimo. Debajo de la blusa le aflora el hígado, «inflado como una papaya». Su alcoholismo, dirá Chavela, era «una enfermedad de soledad, de abandono, de estar rodeada de mucha gente y al final nada». Se murmura que está vetada por Azcárraga, el potentísimo dueño de Televisa, porque le bajó la novia. Puede ser cierto, pero la explicación es más prosaica: han dejado de contratarla porque canta borracha.

    Sale de este infierno gracias a Alicia, su nuevo gran amor. Como abogada y representante legal, ella le enseña que el uso de la pistola es a veces prescindible. Y le plantea un trato: «O deja de beber, o nunca nos [Alicia y su hijo] vuelve a ver». En una semana, Chavela deja de beber.

    En 1991 canta en el cabaret cultural de Coyoacán, El Hábito. Unos españoles allí presentes la invitan a cruzar el charco. La arropa el productor Manuel Arroyo. Pedro Almodóvar, su «marido en la tierra», empieza a utilizar su voz como parte de sus guiones (Kika, La Flor de mi secreto). Chavela deja a los madrileños «desencajaos, limpios de haber llorado», recuerda la cantante Martirio. En la España pos-movida de principios de los noventa, donde la homosexualidad ya no se cuestiona, Chavela, que toda su vida tuvo que ser, para existir, más macha que los machos, baja la guardia: «Soy la única mujer que se ha atrevido a cantarle a otra mujer», declara ante unos micrófonos. Su segunda carrera es fulgurante. En 1995, seis meses después de producirse en el Olympia, regresa a México. Ya no para cantar en bares, cantinas o cabarets, sino en Bellas Artes donde «pone los pies bien puestos como los toreros».

    ¿Qué tipo de producción discográfica proponerle ya al público? Pues este disco rojo y negro, en el que aparece con una gran dama de la canción apta para los teatros y los especiales musicales de TVE. Con bajo eléctrico y batería discreta, guitarras limpias, piano pulido, percusiones latinas dosificadas. Con padrinos presentables y dúos seleccionados: Ana Belén para la canción española culta y progresista, Joaquín Sabina para el público urbano de la canción de autor, Manzanero para «legitimar» la relación de Chavela con el bolero clásico, y la cubana Lucrecia que aporta una sonoridad latina más contemporánea.

    El plan mercadotécnico es perfecto. Y sin embargo, Chavela resiste. La fiera no se deja domesticar. Ruge y llora. A veces la voz sigue llegando tarde, suspende las frases; más que cantar, habla, y quiebra la métrica.

    Vuelvo a este último álbum, La luna grande. Decido escucharlo entero, duela lo que duela. Y tras unos textos, tras acostumbrarme a esta nueva y útima voz, maltrecha, estertórea, me atrapa la magia y me convence el proyecto. No es el disco de más, es otra joya. Se trata de un autorretrato de Chavela a través de Lorca. Los «temas» son de ambos: el amor imposible, la espera y el abandono, la herida, la soledad y la muerte presentida. Chavela ha tomado libremente de la obra de Lorca —de su teatro, del Romancero gitano, del Diván del Tamarit—, privilegiando las voces femeninas: Rosita, Yerma, Mariana Pineda, la Mariposa moribunda, la apetitosa talabartera. Voces de mujeres que esperan, desean, se rebelan, padecen la separación, reclaman la fecundidad, afrontan la muerte o afirman su libertad.

    Las guitarras claras de los dos «Macorinos», Juan Carlos Allende y Miguel Peña, alumbran y rescatan la voz que se ahoga. En casi cada pista, a un extracto de Lorca responde un tema musical de Chavela (Noche de ronda, Si no te vas, La Llorona, Amar y vivir…)  Así pues, su repertorio subsiste como huella instrumental. Las canciones se convierten en los fantasmas de sus antiguas interpretaciones. Una doble mezcla de ausencia y presencia: Lorca presente aunque muerto, Chavela presente como recitante pero con su canto casi muerto. El dispositivo, aunque pudiera parecer formal, es poderosísimo.

    El montaje y la progresión son sutiles. Al principio hay juventud, seducción, sensualidad, hasta una picardía inocente y alegre. «Yo soy la madre de doña Rosita / y quiero que se case, / porque ya tiene dos pechitos / como dos naranjitas, / y un culito / como un quesito, / y una urraquita / que le canta y le grita.// Y es lo que yo digo:/ le hace falta un marido, / y si fuera posible dos.»

    Después vienen el insomnio, la ausencia, la herida, la soledad y las figuras de la muerte: «Las piquetas de los gallos / cavan buscando la aurora, / cuando por el monte oscuro / baja Soledad Montoya.»

    En las últimas pistas cabalga el jinete muerto («¡Qué perfume de flor de cuchillo!»). En la 16, Chavela, en el único texto que escribió para este álbum, le dice a Federico: «Extiende la mano y enséñame algo de tu vida y de tu muerte, que nadie sabe qué hicieron con ella». En la 17, exclama Mariana Pineda conducida al suplicio: «¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres! / ¡Amor, amor, amor y eternas soledades!». En la 18, la última, se sabe que el viajero no llegará: «Aunque sepa los caminos / yo nunca llegaré a Córdoba (…) / Córdoba./ Lejana y sola.» Suena la melodía de María Tepozteca, que parece devolver a Chavela a su refugio de Tepoztlán. Sobra la letra que todos conocen: «Y le juro, María Tepozteca / que todo fue un sueño / y se volvió canción».

    José Riventosa, es escritor y periodista.

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