Sergio Béjar López Me fui a estudiar a Estados Unidos el 12 de agosto de 1999. Hoy se cumplen veintisiete años. En ese lapso cambió por completo la migración mexicana que conocí al llegar, y en Michoacán todavía no terminamos de asimilarlo. A las pocas semanas de llegar a Duke, en Carolina del Norte, conocí al primer michoacano de aquella etapa. Estudiante con presupuesto corto y poco tiempo, yo comía casi a diario en el campus. Él era contador público titulado en Morelia y gerente del McDonald's de la universidad. Había dejado su puesto en el gobierno del estado después de quince años. Esa combinación me intrigó desde el primer momento. Un profesionista supervisando turnos en una hamburguesería a cinco mil kilómetros de su casa, rodeado de estudiantes que pagaban por semestre lo que él ganaba en un año. A los pocos días se lo pregunté, y la respuesta no tenía nada de complicada. Se había ido buscando oportunidades para su familia. La cuenta le salía, aun así. Conocí a muchos michoacanos. Estaban en las cocinas, en las obras, en las plantas empacadoras, también en oficinas y aulas. Muchos venían de pueblos como Tangancícuaro, donde crecí yendo de visita y donde mi familia todavía tiene raíces. La conversación giraba siempre alrededor del que estaba por llegar, el primo en camino, el hermano juntando para el cruce. Parecía una corriente inagotable. No lo era. Llevaba años secándose y ninguno de nosotros lo notó. Estudio comportamiento político y política económica, y trabajo con encuestas y datos demográficos. Aun así, el cambio me tomó por sorpresa justo donde más cerca lo tenía. Los números son claros y llevan tiempo siéndolo. Según un informe del Migration Policy Institute publicado el mes pasado, la población nacida en México que reside en Estados Unidos alcanzó su máximo en 2007, cuando superó los 11.7 millones. Nunca ha vuelto a ese nivel. Hoy son 11.1 millones, todavía el grupo inmigrante más numeroso del país y el 22 por ciento de la población nacida en el extranjero. Han pasado casi veinte años desde ese máximo, tiempo suficiente para que una generación entera creciera del otro lado. Michoacán tiene una historia migratoria propia, pero forma parte de esa transformación nacional. El flujo masivo que durante décadas alimentó a sus comunidades del otro lado perdió el dinamismo que tuvo. Cuántos michoacanos y descendientes de michoacanos viven allá, en cambio, nadie lo sabe con precisión. Las estimaciones más citadas oscilan entre cuatro y cinco millones, casi tantos como los habitantes del estado, pero ningún censo identifica el estado mexicano de origen y ni siquiera el gobierno michoacano cuenta con una cifra confiable. Los cruces irregulares, además, se desplomaron. En el año fiscal 2025 las autoridades estadounidenses registraron unos 238 mil encuentros en la frontera sur, frente a más de un millón y medio el año anterior y un récord de 2.2 millones en 2022. Es el nivel más bajo en 55 años. El discurso de la marea mexicana que avanza sobre Estados Unidos no describe la demografía actual, sino una que dejó de existir hace casi dos décadas. Lo que sí ocurrió es otra cosa, menos vistosa y más importante. La migración mexicana dejó de ser flujo y se volvió comunidad. La corriente que alimentaba a aquellas comunidades perdió fuerza; quienes ya estaban allá se quedaron. Compraron casa, tuvieron hijos ciudadanos estadounidenses, envejecieron allá. Su situación legal es de todo menos uniforme. Muchos arreglaron sus papeles y hoy son residentes o ciudadanos naturalizados; otros siguen sin documentos tras toda una vida de trabajo. Esa heterogeneidad, hogares donde conviven ciudadanos, residentes e indocumentados, define el problema actual mucho mejor que cualquier imagen de frontera. Quedarse, además, no fue exactamente una decisión. Mi abuela fue y vino durante muchos años, como iba y venía casi todo el mundo, trabajando una temporada y regresando al pueblo. Todavía en los noventa esa circularidad funcionaba. Terminó cuando cruzar se volvió caro, largo y peligroso, con el endurecimiento de la frontera a mitad de esa década y sobre todo después de 2001. Quien lograba entrar ya no arriesgaba el regreso, y una migración temporal se volvió definitiva. La literatura académica lleva décadas documentándolo. El endurecimiento fronterizo no redujo la población migrante, la fijó del otro lado. La comunidad michoacana asentada en Estados Unidos es, en buena medida, un producto de esa política. Años después di clases en San José State University. Buena parte de mis alumnos venía del Valle de Salinas, hijos de padres michoacanos, nacidos allá y criados entre el trabajo agrícola de sus familias y las aulas de una universidad pública californiana. El arco cabe en mi propia familia. Mi abuela iba y venía; mis primos ya se criaron allá. La migración michoacana dejó de ser gente cruzando y se volvió gente estudiando del otro lado. Ese cambio de premisa lo cambia todo. Durante décadas discutimos la migración como un problema de salida, cuánta gente se va y qué pueblos se vacían. Si el ciclo de la migración masiva se cerró, la pregunta de la próxima década es la inversa. Cuánta gente regresa, en qué condiciones, con qué edad, con qué familia partida a la mitad. Y si el estado tiene capacidad institucional para recibirla. Seguimos hablando de la migración michoacana en presente, como si el que se fue apenas se estuviera yendo. Se fue hace mucho. En las siguientes tres entregas quiero mostrar qué sigue de ahí. Por qué el crecimiento actual de las remesas no significa lo que parece, qué revela el aumento de las devoluciones de paisanos, y qué le cuesta a las familias de estatus mixto una separación que ninguna estadística registra. Empiezo por la más simple. Si la gran ola migratoria terminó hace años, ¿por qué las remesas siguen subiendo? El autor es Doctor en Ciencia Política y director de la División de Estudios Políticos del CIDE. Twitter: @Prof_Bejar