Miguel Cansino Assens Para quienes conocen y no conocen el terreno de mis lecturas, algo saben: es verdad que en público acepto que realizo la lectura de una inmensa minoría de novelas y, en particular, he leído a muchos grandes novelistas de mi tiempo, pero con reservas, con mesura y, eso sí, con un respeto irrestricto: en su prosa —la verdadera prosa del novelista— está la poética de nuestra modernidad que nombra el idioma. Cuando uno termina la lectura de ciertas novelas, se alista para continuar el sueño, ya que muchas veces uno tiene una serie de sueños tan particulares como ejercicio o continuación de la lectura, que la novela misma se continúa en ellos. Así de fascinante es la novela moderna. Si es verdad que el primer novelista que leí fue Carlos Fuentes, también su escritura ensayística es una guía ejemplar. Incluso, antes de decir hacia dónde voy y lo que aquí inauguro, es necesario hacer un largo, o larguísimo, paréntesis: seguro volvería a leer Aura con esa magia de sus páginas. Esto porque el autor que tengo a la vista para esta conferencia o monólogo de una larga y apasionada conversación es Gabriel García Márquez, y en el centro de este debate, su novela Cien años de soledad (el ejemplar de mi edición trae ya un sello distintivo: «1927-2027. Gabriel García Márquez. Centenario de su nacimiento», que publica editorial Diana y cuya primera edición impresa en México salió en julio de 2026 con sus guardapolvos en oro), misma que, si nos atenemos a las fechas, al recuento de los hechos y a las anotaciones que de la obra se han realizado, tiene un año muy particular en el horizonte: el año 2027. Primero, porque es el centenario del nacimiento de García Márquez, un acontecimiento pleno de reconocimiento a quien revolucionó la lengua española. Ejemplo máximo es su novelística y, en particular, este título que desde 1967 acompaña su bibliografía y se vuelve referencia infinita en la tradición de nuestra lengua. Dicen los que saben del tema que Cien años de soledad es la novela más leída, o «mito por derecho propio, saludada por sus lectores como la obra más importante después de la Biblia», y esto genera interrogantes muy polémicas en este diálogo, porque hasta mis veintitantos años pensaba que la obra literaria más leída en español era El Quijote y resulta que dicen los estudiosos que no, que es Cien años de soledad. Así que, ya entrado en materia, regreso al título que he puesto a mi intervención: La tercera resignación: mi lectura y no lectura de Cien años de soledad. Pero antes de pasar al tema que me ocupa, nótese que no he puesto el nombre de su autor, Gabriel García Márquez. Esto obedece a una sencilla y reveladora acción poética: El Quijote, la Biblia, Cien años de soledad, Pedro Páramo... creo que ya es suficiente para reconocer una verdad fundacional: no es común que una obra se vuelva anónima y colectiva, pero resulta revelador para el lector cómo el nombre del autor pasa a segundo término y el título, por sí mismo, es ya una obra literaria. Hasta que se pregunta en voz alta «¿quién la escribió?», es cuando se dice, en el caso de Cien años de soledad: «Ah, sí, creo que es de Gabriel García Márquez, un escritor colombiano que se radicó desde 1962 en México y aquí escribió su novela ya clásica». Para entender esto falta todavía un largo recorrido. Como decir que las peripecias de la novela son parte de una novela paralela. El mito alimentado por su autor y el lugar excepcional que ocupa su personaje principal son una lección fuera de la ficción, ya que se dice que ese personaje real, de carne y hueso, es Mercedes Barcha, la esposa del escritor. El mito es una verdad fundada en lo que rodea su escritura y en los personajes que fue el mismo escritor en la vida a partir de 1967, cuando la publicó por primera vez. Pero estoy adelantando vísperas, o el entretenimiento es como si fuera a contarse una fábula que cuenta el cuento y la novela misma, aunque la realidad es que no he dicho nada. Es que la tercera resignación es llevar a cabo la lectura total, y me llegó definitivamente hasta junio de 2026. Iba caminando por los pasillos de Plaza Mayor, en León, y pensaba en una lectura excepcional, que fuera una revelación digna de anotar aquí. Pues toda lectura es una posibilidad para sobrevivir al olvido después de la muerte. Ciertos narradores, sobre todo cuentistas, sobreviven al olvido por unos cuantos cuentos geniales, y dos o tres escritores lo mismo por una de sus novelas, mientras que el resto de los escritores se quedan muertos en vida. El caso de García Márquez es la regla excepcional: en vida fue un escritor aclamado por multitudes de lectores, su genialidad se mantiene hasta la tumba, y después de muerto es, a nuestra manera, un clásico a la altura —y mayor, creo— de Cervantes. Ya es un clásico de esa legión que resulta imposible olvidar en la lista más amplia o más compacta. Está presente y, sí, «la tercera resignación» es el título por ser el título tomado del primer cuento que publicó; por estas razones lo he elegido para nombrar esta presencia. Como decía, son varios años desde el primer intento de una lectura integral y totalizadora de Cien años de soledad. La he suspendido por lo menos tres veces, pero su genialidad me ha pesado tanto que aquí está, al fin, la lectura definitiva. Para romper la maldición he elegido, ya en mis manos, la edición del centenario: una publicación anticipada, temprana para lo que se viene en las letras españolas y en todos los idiomas a partir del próximo primero de enero de 2027. Por mi parte, lo digo una vez más, soy lector de pocas novelas, pero a la que le he dedicado lecturas y relecturas es a esta de García Márquez. La he dejado a medio camino, a tres cuartos para el final o en las primeras cien páginas y de pronto, creo, el ejemplar donde estaba leyendo no era el que quisiera leer. Incluso con esta edición que considero la del centenario —o la primera, porque sucede que es una obra cumbre en la bibliografía de su autor que se antoja que serán múltiples las formas editoriales en el contexto de su publicación en un año tan particular como el 2027—, se han despejado nuevas travesías para mi lectura: la definitiva, la tercera resignación final. La edición que tengo en mis manos es, por su visión editorial, de varias síntesis admirables. Primero, la portada, con sus colores y la puerta con sus farolas, ese fondo de una imagen potente: las letras del nombre del autor y el título resaltados en serigrafía, con una presencia tan destacada como su propia poética y el guardapolvos en oro, etc. Es imposible ignorar el contenido de la primera y de la segunda solapa, así como esa fuerza verbal que arropa, entre una y otra, ese universo que busca ubicar al autor y destacar su figura con rigor. Pasar a la contraportada es admirar como nunca la cita inicial de Cien años de soledad. En el caso de la presentación del autor, resulta admirable la síntesis de su poética sin necesidad de enumerar los títulos de sus otras obras, despejando en su lugar un retrato fundacional: su origen colombiano, el año de su nacimiento y el hecho clave de que fueron sus abuelos quienes lo criaron. La primera clave del siete es que nació en el 27; en el 47 se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Bogotá, pero dos años antes del 57 publicó su primera novela, La hojarasca, en la que se asegura que ya bosquejaba el mundo de Macondo, cuyo esplendor lograría determinar en 1967 con Cien años de soledad. Fue una brillante trayectoria literaria que coronó en 1982 con la obtención del Premio Nobel de Literatura a los 55 años, luego de haberse consagrado como uno de los grandes escritores de la lengua española. Lo demás es de dominio público: murió en 2014, un año definitorio para las letras hispánicas, pues coincidió con el centenario de Octavio Paz y de Julio Cortázar, mientras el poeta de la anti poesía, Nicanor Parra, continuaba vivo y celebraba sus cien años con esa genial locura poética que lo define. Y la edición aguarda todavía una sorpresa adicional: lleva una segunda camisa con los textos claves: uno de García Márquez y el célebre ensayo de Carlos Fuentes: «Para darle nombre a América». Así que, después de leer precisamente la cuarta de forros, viene una levitación que se vuelve invitación a recorrer toda la obra. La cito por lo mismo: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a las orillas de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehispánicos». Así, para decirlo con un cumplido: he intentado leer muchas veces toda esta obra cumbre de García Márquez. ¿Quién en su sano juicio no? Tengo la idea muy temprana de que antes de los veinte años ya la había tomado en mis manos y había, eso sí, leído el conjunto de Doce cuentos peregrinos. También es cierto que leí de su autor el texto dedicado a Juan Rulfo en 1980, para el homenaje nacional al autor de la novela Pedro Páramo. Pero al instante recuerdo que Cien años de soledad es la novela que más veces he interrumpido en su lectura de un tirón. El intento y el regreso han sido reiterados más de tres veces. No puedo decir que he fracasado, sino que es tan fuerte como definitoria que, al suspenderla, me queda la sensación de que el pretexto, mil veces o más, ha sido que quería tener en mis manos para su lectura una edición especial. Pero esta teoría es una y otra vez hipotética: ninguna edición hasta ahora me satisfiese como para no reconocer que cada edición especial o conmemorativa deja una huella perdurable. Las celebro y las suspendo para encontrar la siguiente. Se han quedado inconclusas en su lectura como pretexto o por la confusión que me han ocasionado. Ya que cuando la Real Academia Española publicó la edición del millón de ejemplares —y vaya que fue una maravilla— asentí que ya era la lectura definitiva, pero siguió imponiéndose «la tercera resignación»: esa edición me llevó a leer todos los textos que la acompañan, seguir la senda y casi llegar a las páginas finales, pero hay que decir que se siente la sensación de algo que está por suceder, y yo en el fondo no quería que terminara esa lectura. ¿No sé si les ha pasado? Su tiraje fue tan imponente como para decir que miles y miles en lengua española la volvieron a leer, y el mismo autor en 2007 algo dijo sobre el tema. Tiempo después creía que la iba a terminar de leer y fue como un recorrido mental en el que, con los ojos cerrados, recorrí casi toda su trama; pero de pronto no sucedió. También fue perturbadora la noticia de su muerte, y eso reavivó el hecho de que había suspendido varias veces la lectura. Con esa suerte de adagio, como si fuera a echar el tarot, me dije que en el año del centenario me esperaba la lectura definitiva. Así que esa lectura, como tercera resignación, aquí está inaugurada: es la primera lectura completa de esta obra cumbre. Lo que rodea enseguida esta lectura es precisamente la presencia, una camisa adicional, acompañada de dos textos. El primero, el discurso de Gabriel García Márquez pronunciado en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española con ocasión del homenaje por sus ochenta años. De este se pueden conjeturar muchas cosas y una lectura ejemplar que hay que destacar desde su título: «Ni en el más delirante de mis sueños…», y seguir la senda de ese discurso memorable: «…en los días en que escribía Cien años de soledad ni por un momento se me ocurrió pensar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares», y continuar con esa pasión que se vuelve un ejemplo de su imaginación, sentir su poética más allá de una tradición y sentenciar, con un ritmo definitorio, todo lo que encierra: «Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura». Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.