Gustavo Ogarrio Quizás escuché que alguien decía que Charing Cross era su estación favorita. Sus ventanas de hotel del siglo XIX y esa columna como torpedo antiguo a punto de despegar…ningún recuerdo me lleva por este río imperial; el Támesis que es más río cuando se llega por el costado de piedras que es la boca de ese viejo barco, el Cutty Sark, enaltecido en su cuna de asfalto… decía que ninguna corriente de ríos desconocidos me había llevado a explicarme la dificultad para aceptar el encanto de estas calles que se cruzan de manera perpetua en un hacerse de añoranzas que van del presente a los infinitos pasados de mármol y de bronce. Salir de Charing Cross… cruzar las breves calles en las que también se doblan casi por el estómago dos o tres réplicas de los célebres doble decker bus… mirar Trafalgar Square que es reconstruida una vez más. Los murmullos de acentos británicos, que se confunden con las otras lenguas de mundos coloniales, se suspenden en Trafalgar Square y en los cuatro leones de bronce que son cubiertos por esa capa finísima y sin respiro que es el polvo de hoy. Y en lo más alto de esa civilización a veces sin entrañas y de una columna, el almirante Nelson es ya indiferente a todas las batallas; con sus ojos de piedra y su espada inmóvil por los siglos de los siglos… en su dureza también se ha quedado quieto el otro bronce de los cañones y una furia de palomas desarmadas de odios y compasiones. Si algo espera el almirante Nelson, en ese abismo de nubes que es su tumba verdadera, es que cada quien muera por su lado; las nuevas guerras globales, pero también el nombre oculto de la riqueza especulativa de este hedonismo del capital también sin entrañas; los demás en la triste lejanía de su idealización de Londres. Todas y todos enterrados en el aire y en la nostalgia de nuestra propia lengua… sin mensaje alguno para la eternidad. Esa seguramente será su venganza.