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    Jueves | 20 Ago, 2026, 14:35

    La universidad de los libros

    Ediciones Era informó el 17 de agosto de 2026 que suspenderá sus actividades después de seis décadas y media

    Foto: Pixabay

    Jorge Orozco Flores, colaborador La Voz de Michoacán

    Había una librería en la calle Allende, frente al Palacio Municipal de Morelia, a la que un estudiante universitario acudía con una frecuencia que probablemente hoy le parecería excesiva. La librería era de Urso Silva López y no era solamente un lugar donde se vendían libros. Era un lugar al que se llegaba con preguntas —aunque uno todavía no supiera formularlas— y del que se salía con otras.

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                Urso Silva López fue, para mí, algo más que un librero. Con mis visitas cada vez más frecuentes, se convirtió en una suerte de mentor informal. Preguntaba qué estaba leyendo, sugería un autor, ponía un título en mis manos, señalaba otro estante. No hacía falta que pronunciara grandes teorías sobre la lectura. Bastaba con que conociera los libros y supiera advertir cuándo uno de ellos podía ser importante para quien tenía enfrente.

                Su librería no pertenecía a una sola editorial. En aquellos estantes convivían libros de sellos diversos. Pero entre todos ellos hubo uno que terminó teniendo una influencia particular en mi formación como lector: Ediciones Era.

                Leí buena parte de los autores y títulos que Era publicó durante los años setenta. Lo hice como estudiante universitario, cuando los libros podían modificar una manera de mirar antes de que uno tuviera conciencia plena de que eso estaba ocurriendo.

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                Ahora, ante el anuncio de que Ediciones Era suspenderá sus operaciones después de 66 años, resulta inevitable volver a aquella experiencia y preguntarse qué significa realmente que desaparezca una editorial. La pregunta no pertenece sólo al mundo del libro. También concierne a la educación intelectual de una sociedad.

    Una editorial que ayudó a formar lectores

                Ediciones Era informó el 17 de agosto de 2026 que suspenderá sus actividades después de seis décadas y media. La explicación es concreta: el mercado del libro cambió hasta hacer imposible sostener la operación mediante la venta de sus títulos. La red de librerías que existía antes de la pandemia de 2020 y que contribuía a garantizar su subsistencia desapareció, mientras las ventas se desplomaron hasta representar apenas 25 por ciento de lo que habían sido. Durante seis años la editorial intentó mantenerse a flote, pagó deudas y llegó a vender su casa de la colonia Roma de la Ciudad de México antes de decidir detener sus operaciones para evitar deudas impagables.

                El dato empresarial es importante. Pero no alcanza para explicar lo que significa el cierre de una editorial como Era.

                Una editorial no es únicamente una estructura que imprime y distribuye libros. Durante décadas, Era construyó un catálogo en el que pudieron encontrarse literatura, poesía, historia, antropología, política y pensamiento. Allí están La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska; Dormir en tierra, de José Revueltas; y Los días y los años, de Luis González de Alba. También El tañido de una flauta, de Sergio Pitol; Thomas Mann vivo, de Juan García Ponce, e Irás y no volverás, de José Emilio Pacheco.

                En los años setenta, esa diversidad adquirió una dimensión particularmente intensa. Entre 1970 y 1979, Era publicó 227 títulos, la cifra más alta de cualquiera de sus primeras tres décadas. Su catálogo reunía distintas maneras de interpretar México y América Latina.

                Para un estudiante universitario de Morelia, aquellos libros podían llegar a significar algo muy concreto: una posibilidad de ser.

                Porque un catálogo no sólo contiene libros. También contiene futuros lectores.

    Los libros no llegaban solos

    Hoy puede parecer sencillo hablar de un catálogo y enumerar autores y títulos. Pero los libros no llegaban solos.

                Llegaban a través de libreros.

                Llegaban a través de personas que conocían los estantes y, algunas veces, conocían también a sus lectores. La recomendación de Urso Silva López formaba parte de ese proceso. Él no podía saber qué efecto tendría determinado libro en quien lo adquiría. Tampoco podía saber qué lecturas terminarían acompañando durante décadas a aquel estudiante que entraba en su librería.

                Pero los libros empezaban allí su recorrido.

                En ese tiempo, Era publicó Historia documental del cine mexicano, de Emilio García Riera; La formación del poder político en México y La política de masas del cardenismo, de Arnaldo Córdova; Estructura agraria y clases sociales en México, de Roger Bartra; Amor perdido, de Carlos Monsiváis; Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska, y México 68: juventud y revolución, de José Revueltas, entre muchos otros.

                A ese universo se sumaban Isaac Deutscher y Cine Club Era, con autores como Jorge Ayala Blanco, Georges Sadoul, Luis Buñuel y Alfred Eibel, autor de El cine de Fritz Lang.

                No constituían una sola corriente ni respondían a una única preocupación. Precisamente ahí estaba parte de su fuerza.

                La literatura podía encontrarse con la política; la poesía, con la antropología; la historia, con la crítica; la experiencia mexicana, con las discusiones latinoamericanas. Era publicaba libros que buscaban explicar el país desde sus estructuras, pero también libros que intentaban comprender la experiencia individual, la memoria, la imaginación y las formas de la literatura.

                Eso fue lo que encontré como lector joven en aquellos libros: no una doctrina, sino posibilidades.

                Una editorial puede publicar libros; un catálogo puede ampliar el mundo de quien los lee.

    El pesar de un lector

                Por eso mi pesar ante el cierre de Ediciones Era es grande.

                No porque crea que las editoriales deban permanecer intactas para siempre, ni porque el pasado pueda recuperarse mediante una idealización. Tampoco porque piense que aquellos años fueron necesariamente mejores. No lo fueron.

                Mi pesar tiene otra razón: soy uno de los lectores que se formaron, en parte, gracias a los libros de esa editorial.

                Y antes de que esos libros llegaran a mis manos hubo alguien que los puso a mi alcance: un librero de Morelia que conocía sus estantes y que, sin proponérselo quizá, terminó participando en mi educación.

                Por eso, cuando pienso en Ediciones Era, no pienso únicamente en una empresa que deja de operar. Pienso en una cadena concreta: un autor, un editor que decide publicar, un libro que se incorpora a un catálogo, una librería que lo recibe, un librero que lo recomienda y un lector que lo abre.

                En esa cadena, la editorial y la librería no eran mundos separados. Eran parte del mismo proceso.

                Y quizá ahí reside una de las funciones menos visibles de la cultura: poner al alcance de alguien un libro que todavía no sabe cuánto puede cambiarlo.

    Lo que queda de aquella formación

                Los libros de Era contribuyeron a formar lectores y a instalar discusiones. Introdujeron conceptos, recuperaron memorias y pusieron en circulación autores que terminaron formando parte de la educación intelectual de varias generaciones.

                Pero en mi caso hay algo más preciso.

                Aquella experiencia me permitió entender que leer no consiste únicamente en acumular información. Un libro puede modificar una pregunta, introducir una duda, desplazar una certeza o abrir una conversación que antes no existía.

                Intuía entonces que leer podía modificar la manera de mirar un país.        Oteaba la idea de que un autor podía obligar a revisar una certeza.        Sospechaba que una editorial podía contribuir, sin hacer ruido, a la formación intelectual de una generación.

                Hoy lo veo con mayor claridad.

                Una editorial forma lectores cuando consigue que sus libros entren en circulación; una librería los acerca; un librero establece el encuentro; pero el lector es quien finalmente completa el recorrido.

                Por eso, cuando Ediciones Era anuncia el final de sus operaciones, pienso también en Urso Silva López y en la responsabilidad, muchas veces invisible, de quienes ponen determinados libros al alcance de determinados lectores.

                No hay necesidad de convertir aquello en una escena sentimental. Basta reconocerlo.

                Los editores hicieron su parte. Los libreros hicieron la suya. Los lectores hicimos el resto.

                Y quizá así pueda entenderse mejor lo que significa el cierre de una editorial: no solamente deja de funcionar una empresa; se interrumpe una de las rutas por las que una sociedad había aprendido a poner ciertos libros frente a ciertos lectores. El comunicado de Era habla precisamente del espacio que las librerías dieron durante décadas a sus libros, autores y temas.

                Los libros pueden dejar de imprimirse. Lo que no puede cerrarse con una editorial es la lectura que ya comenzó.

                Por eso, más que pensar en un final, prefiero pensar en una continuidad.

                Los autores siguen siendo leídos. Los libros permanecen en bibliotecas y colecciones particulares. Los lectores transmiten recomendaciones. Las preguntas que una obra abrió pueden pasar de una generación a otra.

                Eso también forma parte de la historia de una editorial.

                Y quizá sea esa la verdadera universidad de los libros: no un edificio, no un programa de estudios, no una institución con horarios y aulas, sino una comunidad invisible de autores, editores, libreros y lectores que, durante años, hace posible que una persona descubra que el mundo puede ser más amplio de lo que hasta entonces había imaginado.

                Ediciones Era formó parte de esa universidad.

                Yo también fui alumno de ella.

    Jorge Orozco Flores, es autor del libro “La duda ofende” (2017); fue secretario de Difusión Cultural de la UMSNH.

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