RUBÉN MOREIRA VALDEZ Hiroshima, 8:15 de la mañana. Una luz enciende la atmósfera, la que Akira Kurosawa presenta en la cinta Rapsodia en agosto y que la anciana abuela recuerda como un ojo que se asoma sobre la montaña. En la explosión se salva un grupo de sacerdotes, entre ellos Arrupe. Su apellido lo delata: es vasco y nació en Bilbo. Es jesuita, como lo será Bergoglio. El cura corre por las calles, recoge heridos, trata de calmar su dolor y llena con ellos la casa de la Orden. Va a sobrevivir 46 años a la bomba, será superior de la Compañía y partirá a la casa del Padre en Roma. La espiritualidad ignaciana puede resumirse en «buscar y hallar a Dios en todas las cosas» y «en todo amar y servir». Loyola actuó en la historia y lo sigue haciendo en la terca tarea de la Sociedad de Jesús. Sus “militantes”, tal y como se concibió la Orden, son unos soldados en la fe del Nazareno. Esta tradición permite entender al padre Arrupe como sucesor de Ignacio. Aquel hombre que había llegado a Japón siete años antes para anunciar el Evangelio, eso fue antes de la guerra, conoció allí, de la manera más brutal, hasta dónde podía llegar la capacidad humana para destruir. La expansión norteamericana impulsada décadas atrás por McKinley y el totalitarismo militar japonés provocaron la guerra en el Pacífico. El ciclo lo cerraron dos bombas que, desde superfortalezas B-29, se dejaron caer sobre mujeres, ancianos y niños indefensos. La historia del cura vasco en Oriente no comenzó en Hiroshima. Forma parte de una tradición de cinco siglos. Desde que Francisco Javier llegó a Goa, en la India, en 1542, y posteriormente desembarcó en Japón en 1549. Asia se convirtió en uno de los grandes escenarios de la Compañía. En su inmensidad encontraron sociedades con una rica tradición religiosa y cultural, dotadas de sus propias filosofías, lenguas, instituciones y formas de entender el mundo. La realidad obligó a los seguidores de Ignacio a plantearse una cuestión fundamental: ¿cómo transmitir la fe sin convertir la evangelización en una simple imposición cultural? Roberto de Nobili intentó acercarse a las tradiciones intelectuales y religiosas de la India. En China, Ricci aprendió la lengua, estudió el confucianismo, dialogó con los intelectuales chinos y puso en contacto la ciencia de los dos mundos. Su experiencia es uno de los grandes precedentes de la inculturación. Japón no fue fácil para los misioneros católicos. En esa tierra murieron Bartolomé Gutiérrez y Felipe de Jesús, dos novohispanos que abrazaron la fe hasta el sacrificio y ahora están en los altares. Al final del siglo XVI y en el XVII, las autoridades japonesas prohibieron el cristianismo. Para los señores feudales, el Evangelio resultaba peligroso y comenzó la persecución con sus numerosos mártires y la clandestinidad de la práctica religiosa y su liturgia. Pedro Arrupe llegó a Japón en 1938. Aprendió el idioma, se sumergió en la cultura y llegó a convertirse en el primer provincial de los jesuitas japoneses. Hiroshima, con su brutalidad, condensó todas aquellas experiencias. La estúpida guerra, con el sufrimiento de la población y el contacto directo con las víctimas, modificó su comprensión de la misión del cristiano. Arrupe, al ser elegido Superior General de la Compañía, llevó a la Iglesia del Concilio Vaticano II su experiencia y la de los jesuitas en Oriente y, como señaló el santo fundador, insistió en aquella contundente enseñanza: «El amor se debe poner más en las obras que en las palabras». Hace unos días se cumplió un aniversario más de las masacres de Hiroshima y Nagasaki. El mundo no ha cambiado mucho y lo poco que apareció en materia de derechos humanos se encuentra en riesgo.