Jorge A. Amaral Hay tan malas noticias a diario que, se lo juro, muchas veces, durante la jornada laboral, si no fuera por la música que me acompaña llegaría a casa cansado, harto, apesadumbrado. En esos momentos, más lo que escucho en casa, he descubierto muchas cosas, algunas de ellas ya incrustadas en mi alma. Hay música para todo, pero si lo que usted quiere es ponerse de buenas y divertirse, debe escuchar a Rubén Rada, el hombre que ha llevado el candombe uruguayo a todo el mundo y que esta semana falleció a los 83 años. Este uruguayo hijo de brasileña y amamantado con música tuvo una trayectoria sumamente interesante y con ella ha enriquecido enormemente a la música popular de su país, ya que, de la mano del candombe, este género nacido de africanos para la fiesta, ha incursionado en el rock, el jazz y la murga, logrando fusiones verdaderamente interesantes. Rada debutó en 1958 como vocalista del grupo de jazz Los Hot Blowers, y así su nombre fue creciendo al lado de tres bandas míticas del rock y la música uruguaya que marcaron la evolución del candombe moderno: El Kinto (su inicio como músico profesional), Tótem y Opa, seguramente el más importante musicalmente. Sobre la fusión de sonidos, en entrevista con La Nación dijo que “el candombe se toca con tres tambores (piano, chico y repique), pero yo tocaba con dos congas, que son tambores más relacionados con Cuba o Puerto Rico, entonces los grones no me querían mucho en Uruguay, decían que estaba desfigurando el candombe, pero lo que hicimos nosotros con Eduardo Mateo, El Dios, fue empezar a darle un sonido más moderno. Sumamos las guitarras y otros instrumentos y fusionamos elementos latinos con el funk, el soul, el jazz, el tango, el pop. El Kinto fue el propulsor de todo eso, así nació el candombe beat”, que a la fecha es un distintivo sonoro de Uruguay. Pero además, obedeciendo a la naturaleza del candombe, “El Negro” Rada, como le llaman en Uruguay, siempre tiene cosas positivas en sus letras, en él no hay maldad, no hay resentimiento, no hay dolor de amante abandonado. No. Rubén Rada es un pastor de la alegría que con sus tambores y sus ritmos nos alienta o nos hace reír. Sus historias son felices, su amor siempre es una fortaleza más que una debilidad. Como prueba de ello es que incluso ha sido comediante y ha grabado música para niños. Ambas cosas son sumamente difíciles, ya que, para hacer llorar, cualquiera, pero para hacer reír se requiere genialidad. En cuanto a la música para niños, es complicado porque se corre el riesgo de terminar haciendo música infantiloide y tratarlos como idiotas. Pero Rada no, él hace buena música pensando en niños siendo él mismo como un niño al componer y divertirse haciendo lo que mejor sabe. Pero también sabe ser muy crítico, sobre todo a la hora de encarar al racismo, como lo pone de manifiesto en el tema “Biafra”, una canción en la que denuncia la indiferencia política y humana frente al sufrimiento de una población africana: “Quiero darle un tirón de orejas al hombre / que piensa en la política y no responde”. La composición es una de las expresiones más explícitas del compromiso social de Rada y ha sido interpretada como una denuncia de los horrores del racismo. Por eso, si usted está de malas, cansado o apesadumbrado, de verdad le recomiendo a este maestro de la música uruguaya y verá lo bien que se siente al escuchar su voz “de barítono pero con trampas de negro”, como él mismo describe su tesitura. Esto le ha permitido explorar desde el candombe distintas vertientes, fusionándolo con el rock y el jazz, pero también con el blues, al grado de que, aunque sabe cuál es su cuna musical, se asume como un exponente de la llamada “world music”, que es donde se coloca todo aquello que no sabemos dónde encasillar por ser tan universal, y eso es justamente Rada: un músico universal. Ubícate, pobre Es la primera vez que veo, al menos en Morelia, una manifestación de protesta con tanto respaldo ciudadano como la que se realiza en Tres Puentes, en defensa de los árboles de la zona. En Morelia se han visto marchas de decenas de miles de personas y plantones que abarcan cuadras y cuadras en plazos que se antojan eternos, pero ninguna de esas manifestaciones ha tenido tal respaldo. En el plantón de Tres Puentes se ve de todo: jóvenes, adultos mayores, niños con sus papás, activistas, clubes sociales como el Paradise Low Bike Morelia, organizaciones como Motociclistas Organizados de Michoacán, músicos, artistas… gente común haciendo comunidad. Por otro lado, tenemos a la autoridad, que no sólo ha tenido que recular y replantear el proyecto del Morebús, sino que, además, a través de su área de Comunicación Social, ha pretendido deslegitimar la protesta ciudadana con boletines como ese en el que se habla del impacto de la contaminación que generan los automotores y cierra diciendo que “por todo lo anterior, el Morebús es el chido”. Luego vino otro comunicado diciendo que personal del Zoológico revisaba el área en busca de fauna vulnerable para resguardarla y darle el manejo adecuado. Al siguiente día mandaron otro: el personal del Zoológico sí había encontrado fauna, pero eran ratones, y concluía que a esos no los queremos porque transmiten enfermedades y están bien pinches feos. ¿Qué esperaban encontrar? ¿Capibaras, ajolotes? El último fue uno donde dice que los vecinos piden que, por favor, siga la obra para que la transformación de Michoacán no se detenga. La narración indicaba que la sucesora de la señora de los Teleféricos había recibido a vecinos de Tres Puentes para escuchar su sentida demanda. En ningún momento menciona cuántos vecinos fueron o sus nombres, pero sí indicaba que la titular escucha a todos los sectores y que los árboles no se van a talar, al menos no todos, al menos no tantos, los que se pueda. El boletín más inverosímil de la semana, y mire que en Comunicación Social son prolíficos para eso de echar a volar la imaginación. Pero con todos los ridículos esfuerzos de la administración estatal para quitarle legitimidad y credibilidad, la manifestación de Tres Puentes en defensa de los árboles se nutre cada día con nuevos simpatizantes, gente que apoya y miembros activos que día y noche están ahí, exigiendo su derecho, nuestro derecho, a vivir en una ciudad donde el presunto desarrollo no implique cometer ecocidio. Pero entre lo más ridículo de la semana ha estado el discurso que ya mete a la conciencia de clase como parte de su argumentación para justificar el derribo de decenas de árboles. Para esto, tanto la mujer más poderosa del gobierno estatal como el director de la televisora y radiodifusora del Estado salieron a decir que los medios, poquísimos, que se atrevieron a dar cuenta del ecocidio que se cocinaba y las manifestaciones sociales que se oponían, eran medios que desinforman, que sólo buscaban likes, y que quienes han protestado son gente sin conciencia de clase, que no se ubica. Como usted sabe, el concepto de conciencia de clase indica, dicho a muy grandes rasgos, la capacidad para saber y asumir a qué clase social pertenecemos, saber que si somos empleados somos oprimidos, y ese es el primer paso para ir erradicando las clases sociales mediante la apropiación colectiva de los medios de producción, y de esa manera el proletariado revolucionará el modelo económico. Pero la forma en que ambos funcionarios manejaron el concepto no sonó marxista, fue más bien un llamado a ubicarnos (léase con una papa en la boca bien fresísima, como el Pirrurris): “A ver, proletario: eres pobre, te estamos dando un camionsote económico porque no te alcanza para un carro ¿y todavía te pones delicado por los árboles? Ya no hacen a la servidumbre como antes”. Y es que siempre es lo mismo: los que firman y promueven proyectos faraónicos son ajenos a esta clase social. Cuando el gobernador y su gabinete vienen al poniente de la ciudad lo hacen en la Suburban escoltada y con agentes abriendo paso para que el tráfico no sea un problema. Por eso nunca dimensionan el caos que sus caprichos generan ni las afectaciones a quienes sí sabemos a qué clase social pertenecemos, a quienes no se nos preguntó si a cambio de los árboles queríamos un camión que redujera aún más el espacio para circular o unas cabinas voladoras en la parte más plana de la ciudad. Es cuánto.