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    Jueves | 3 Sep, 2026, 14:29

    Suave Patria: Corona del Modernismo y la teatralidad lírica de Ramón López Velarde

    La inclinación de López Velarde hacia los espectáculos populares como el circo, la zarzuela y el teatro está ampliamente documentada por sus biógrafos y comentaristas

    Sergio J. Monreal, colaborador La Voz de Michoacán

    El sueño modernista, a la vez sepultado, coronado y cumplimentado en México por la Revolución, otorgó dimensión poética y dignidad estética a una aspiración más temporal que espacial de significativos sectores de las sociedades iberoamericanas: actualizarse, ponerse al día, colocarse en sintonía con las tendencias que de pensamiento y obra habían venido a pautar la fisonomía global a partir de la definitiva consolidación de la sociedad burguesa. Hay consenso en identificar a Ramón López Velarde como una de las prendas centrales para la consumación de dicho sueño, y a Suave Patria una pieza clave para dimensionar los alcances de la obra lírica del zacatecano.

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    “Ese curioso poema que por cantar una matria desaparecida se convirtió en paradójica recitación de la oficial patria vencedora” comenta el crítico Guillermo Sheridan, omitiendo el tanto o más relevante hecho de que Suave Patria sea también el poema no oficial de la dignidad superviviente, del mundo que no se resigna a quedar definido por la dicotómica tensión entre los fantasmas de la pérdida y las consignas de los monolitos.  Suave Patria es a la vez una epifanía y una elegía: reivindicación intransigente, a la vez que amoroso resguardo del derecho a la habitabilidad y al entendimiento; margen intocado de cuantas almas precisan a partes iguales la opción de vivir y mirarse vivir.

    El poema, fechado el 24 de abril de 1921, aparece publicado por primera ocasión poco más de un mes más tarde, el día primero de junio, en el tercer número de la revista El Maestro; López Velarde fallecerá tres semanas después, el día 19 de junio, a causa de una pulmonía; tenía 33 años de edad. ¿Demasiado teatral? Sin duda. Y más incluso: operístico, circense, bufo.

    La inclinación de López Velarde hacia los espectáculos populares como el circo, la zarzuela y el teatro está ampliamente documentada por sus biógrafos y comentaristas, y suficientemente ilustrada por sus propios escritos. A propósito de cierta prosa publicada en 1909 en el diario El regional de Guadalajara, donde el poeta confiesa su fascinación por una artista que le deslumbrara años atrás desde las tablas, comenta Juan José Arreola en su imprescindible ensayo Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario (1988):

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    No quiero decirlo porque es cierto. Una mujer vista en la escena suele ser más impresionante que la imagen de una mujer vista en la vida. Y aquella actriz modesta “que paseó su juventud, en medianos éxitos de arte, por los escenarios de provincia”, parece que dejó una imagen indeleble… “Sólo recuerdo haber abandonado el teatro con la emoción vaga del que se inicia en el ensueño…”. Indudablemente, el texto publicado en El Regional de Guadalajara es una tentativa para provocar el encuentro, un mensaje amoroso encerrado en una botella herméticamente arrojada al mar del tiempo y la memoria.

    Esa peculiar e indeleble impresión provocada por una mujer vista en las tablas es la que consigue López Velarde con su célebre pieza lírica en dos actos y un intermedio. Y la “modesta actriz que paseó su juventud en medianos éxitos de arte, por los escenarios de provincia”, resulta ser la propia Patria ojerosa y pintada, retocando sus encantos para una última función de gala que es al mismo tiempo, y sin contradicción excluyente, también su debut.

    Suave Patria tiene estructura pues de obra de teatro.  ¿Pero qué clase de modelo es el que adopta? Determinados enfoques críticos parecieran tácita o abiertamente reprochar a López Velarde el voluntario alejamiento de las zonas de mayor densidad de su obra, para refugiarse en convenciones populares más próximas al público anónimo, sencillo y mayoritario que, a pesar de la institucionalización oficial del poema (y no gracias a ella) terminaría por apropiárselo.

    En efecto. Lo que hizo López Velarde fue confeccionar una pieza de teatro de revista, una mexicanísima opereta donde las más hondas obsesiones de su lírica en modo alguno quedaban abandonadas, sino antes bien se ponían el antifaz o se empolvaban la cara para con mejor desnudez y mayor transparencia compartirse; como ha convenido siempre al arte dramático. Poeta católico en la misma línea fraterna y franciscana que Carlos Pellicer llevaría a su máxima extroversión, pero que en él tendió a manifestarse siempre desde el más “íntimo decoro”, temprano advierte que las tensiones y los hallazgos personales de su travesía poética de ninguna manera le pertenecen en exclusiva, sino antes bien constituyen su margen de participación en un vastedad secretamente compartida, así como la teatralización del sostenido drama, acaso irresoluble, entre lo inminente y lo perdido.

    Al igual que en Chin-Chun-Chan (1904), El país de la metralla (1913) o tantos otros ejemplos proporcionados por el célebre José F. Elizondo y demás libretistas del teatro de revista de la época, Suave Patria está integrado por una sucesión de coloridos cuadros, que el intermedio consagrado a Cuauhtémoc separa en dos actos o hemisferios, y a los que remata una espectacular apoteosis festiva, un mitote popular del cual queda descartada toda grandilocuencia.  La épica sordina teatraliza los rostros cotidianos para celebrarlos con doméstica sencillez, sin que ello derive en momento alguno hacia la frivolidad o el escarnio. Si algo preside el poema de López Velarde es una gozosa solemnidad infantil; una festiva dicha, que toma humana y compartible posesión de lo sagrado sin por ello atenuar su densidad:

    Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito, / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito.

    Todo se enmascara, atavía y dispone en estado de representación, comenzando por el propio poeta que, para dar inicio a la obra, se adelanta sobre el escenario y encara a los espectadores afectando su tono de voz habitual; él, que siempre prefirió quedarse a recitar o cantar bajito en la intimidad hogareña, consintiéndose apenas cada tanto el papel de apuntador que susurra fuera de la visión del público:

    Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro, / alzo hoy la voz a la mitad del foro / a la manera del tenor que imita / la gutural modulación del bajo / para cortar a la epopeya un gajo.

    Empuñando su “íntima tristeza reaccionaria” como irónica distancia y crítica mediación, López Velarde puede lanzarse con el entusiasmo propio de los niños al festejo de cuanto había logrado cristalizarse y perfilarse tras una década de insurrección armada. ¿Significaba eso que desconocía, olvidaba o intencionadamente callaba cuanto la Novela de la Revolución se ocupaba ya en ese mismo lapso de disponer en primer término con virulenta lucidez: la traición, el gatopardismo, la usura, la irracionalidad desatada? No. Lo que otorga cabal legitimidad y perenne vigencia a su poema es el resguardo jubiloso de la habitabilidad alcanzada, desde la transparente advertencia de todos sus contenidos opresivos.

    Por tu balcón de palmas bendecidas / el Domingo de Ramos, yo desfilo / lleno de sombra, porque tú trepidas.

    Suave Patria no escatima, minimiza o disimula los antecedentes, las herencias ni los devastadores augurios invernales que sus lujos de abalorio y percal llevan de por medio; pero tampoco admite se les niegue el derecho de estancia y de contento bien ganado por la nación y el pueblo mexicanos, tras su soberano y tumultuoso pronunciarse a propósito de quiénes eran, quiénes querían y podían ser. Era hora de que el patrio corazón, ameritado en la sombra, se ofrendara en solar celebración.

    “Mi corazón, leal, se amerita en la sombra” había consignado ya López Velarde en una de las más célebres piezas de Zozobra (1919), su segundo poemario. Además de las específicas significaciones biográficas y de tesitura que la declaración entraña, abarca ahí una condición compartida por todo aquel que se haya elegido en el oficio de escritor: el trabajo secreto, silencioso, concentrado, melancólico, del poeta que desde la renuncia a las luces madura los trabajos que lo llevan hacia su propia luz; y al mismo tiempo la tentación, el ensueño y el temor por la claridad compartida.

    Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar / como sangriento disco a la hoguera solar. […] …y habrá en mi corazón la llama que le preste / el incendio sinfónico de la esfera celeste.

    Suave Patria representa dicha claridad compartida. la incorporación al sinfónico incendio del cosmos; el momento donde el corazón, que en la sombra ha sabido madurarse, pasa a ser entregado en eucarística ofrenda. Ahora bien, si la instancia culminante de la misa es el momento teatral donde ministro y feligresía devienen actores para actualizar eterno presente la comunión, ¿por qué no iba el teatro a servir de espacio y tiempo sagrado para partir y repartir la Patria como un pan del cual todos pudieran comer?

    Un país de fiesta por el sostenido prodigio del nacimiento y la muerte, pero en particular por un nacimiento y una muerte específicos: los suyos propios, a cuenta de diez años de guerra civil y un millón de muertos. El nacimiento del México urbano que la Revolución inaugura; la muerte del México rural que la Revolución sepulta. Jolgorio que inicia verbena pueblerina y concluye pachanga de barrio. Defunción que arranca en el patio de cualquier casco de hacienda, al compás de un mariachi que no ha descubierto todavía las estridentes virtudes de la trompeta, dirimiendo ilusiones y desventuras a puro sortilegio de cuerdas: jarana, violín, arpa y guitarrón. Parto que remata en cualquier anónimo congal de la urbe infinita, diluyendo eternidad los minutos que distinguen a la noche de la madrugada.

    Sergio J. Monreal, Escritor, galardonado con diversos premios nacionales e internacionales. Fue articulista cultural de base en La Voz de Michoacán durante quince años, a través de las columnas “Cable a tierra” y “El vuelo de Apolodoro”.

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