Miguel Cansino Assens, colaborador La Voz de Michoacán Hace más de cien años, en las prensas de España, Marcelino Menéndez y Pelayo publicó su obra de mayor aliento para nuestra tradición literaria: la Historia de la poesía hispanoamericana. Desde aquel instante lejano, ese libro se ha erigido como una referencia inevitable y sagrada, sobre todo para quienes buscan en el fenómeno poético no solo una pura complacencia estética, sino una forma absoluta de conocimiento. Porque esa es, quizás, la primera gran pregunta que nos interroga desde el umbral: ¿puede la poesía ser una fuente histórica? En la mirada monumental de Menéndez y Pelayo, la respuesta comparece afirmativa. Su lectura devota de autores cardinales como Sor Juana Inés de la Cruz o Manuel Martínez de Navarrete no se limita al comentario literario de superficie: su mano organiza, clasifica y jerarquiza con un pulso implacable. Hay en todo su trabajo una voluntad indomable de sistema, pero también habita allí algo más hondo: una confianza casi mística en que el poema, si es abordado con el más alto rigor, deja ver y sentir, expresar y denotar las corrientes invisibles de una época entera. Esa confianza ecuménica no es ingenua. Supone, necesariamente, la existencia de un lector despierto, capaz de ser al mismo tiempo crítico implacable y exegeta conmovido: alguien que no solo interpreta los textos desde la distancia, sino que los juzga con el peso de su propio tiempo. Y en ese juicio —libre, soberano y a veces severo— se cifra la parte más viva de su legado. Un episodio relatado por Rubén Darío ilustra esta devoción con la nitidez de una parábola. Hospedado en el mismo hotel madrileño que el erudito santanderino, el poeta nicaragüense pidió entrar a su habitación para contemplar, en silencio, cómo trabajaba. Darío no buscaba al hombre civil, sino al autor del método secreto: la geografía de la mesa, la acumulación de los papeles, el orden casi sagrado del pensamiento en vilo. Aquella escena —mínima, doméstica, íntima— se convirtió para el padre del modernismo en una forma de revelación litúrgica. Algo semejante nos ocurre al evocar la célebre imagen captada por el lente de Rogelio Cuéllar, donde vemos a José Emilio Pacheco habitando la vastedad de su biblioteca. No estamos ante un retrato fortuito: es una manera de situar el misterio de la escritura en un espacio físico, de comprender que el pensamiento no flota en la abstracción, sino que habita y respira en lugares concretos, entre muros de papel y polvo entrañable. Pero toda tradición crítica implica, por fortuna, su propia y necesaria revisión. En ese sentido, la lectura punzante que hace Antonio Alatorre de la obra de Menéndez y Pelayo resulta un ejercicio ejemplar de lucidez. Por momentos, Alatorre parece desarmar la estatua: corrige datos con mano de cirujano, señala errores de bulto, marca distancias infranqueables. Y, sin embargo, jamás lo cancela ni lo arroja al olvido. Al contrario: se sirve de sus cimientos, dialoga con él desde la llanura de los textos. ¿Es una crítica severa? Sí, con la severidad que da la inteligencia. ¿Un rechazo estéril? De ningún modo. Más bien, nos encontramos ante una altísima forma de la continuidad. Alatorre pertenece, por derecho de sangre intelectual, a esa misma estirpe filológica que exige rigor absoluto, conocimiento profundo de las lenguas y una atención minuciosa, casi devocional, al cuerpo del texto. De ahí que su trabajo posterior sobre Sor Juana —y, en particular, su vigilante distancia frente a las monumentales ediciones monásticas de Alfonso Méndez Plancarte— no sea un gesto de ruptura caprichosa, sino una profundización radical en el sentido de las palabras. Volver entonces a Menéndez y Pelayo no implica la repetición servil, sino aprender a leerlo en movimiento, como un río que no cesa. Él mismo fue capaz en vida de rectificar el rumbo, de modificar sus juicios más duros, de avanzar hacia la luz del texto. Y ahí reside, precisamente, la fuerza perdurable de su obra: no en la fijación estatuaria de un canon de mármol, sino en la apertura infinita de un campo de batalla literario. Si se atiende únicamente a la nómina de los autores mexicanos que estudia en su historia, el panorama resulta ya de una riqueza significativa. Inicia con la figura inmensa de Sor Juana, cuya obra desmenuza minuciosamente en sus múltiples encarnaciones estróficas —los sonetos perfectos, las décimas de fuego, los villancicos populares—, y continúa el viaje con una constelación de poetas que hoy la desmemoria general podría considerar menores, pero que en su momento configuraron el horizonte y el aire literario de nuestra tierra. La lista es extensa y detallada, pero no es la nómina lo que verdaderamente importa en estas páginas. O no únicamente. Importa, más bien, lo que esa rigurosa selección nos permite: el milagro de volver a leer. Confirmar los aciertos antiguos, reconocer los injustos olvidos y medir el paso inclemente del tiempo sobre la materia verbal de la poesía. Porque si algo pone en juego una obra de esta envergadura es precisamente eso: la posibilidad real de que el poema funcione como un testimonio del alma humana. Pero cuidémonos de pedirle un testimonio directo. La poesía no documenta la realidad de la misma manera en que lo hace la fría disciplina de la historia. El poema no registra los hechos fácticos: los transfigura por el fuego de la imaginación. Y, sin embargo, en esa hermosa transformación deja huellas indelebles: formas de la sensibilidad patria, modos sutiles de decir el mundo, tensiones secretas de una época herida. Quizá por eso la poesía merece y puede ser leída como la más fiel fuente histórica, aunque jamás en un sentido literal o estadístico. La poesía no ofrece datos duros para la ciencia: ofrece signos sagrados para la intuición. Y leer esos signos —con atención extrema, con paciencia de monje, con esa forma de amor incondicional por el lenguaje que define a nuestro oficio— es también una manera de reconstruir el pasado que fuimos. O, al menos, la única forma que nos queda para volver a escucharlo en su viva y perdurable resonancia. Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.