Gustavo Ogarrio La muerte es el mensaje de los tiempos que terminan: Juan Gabriel deja de existir la mañana candente del domingo 28 de agosto de 2016, a la edad de 66 años, y este hecho es, como ninguno en los últimos años, de una intensidad popular y mediática insólita, al mismo tiempo desata una batalla por nombrar a través de su figura lo que fue el siglo XX “mexicano”. Los titulares de los diarios de aquel fatídico día y la abundancia de epitafios mediáticos se inscriben en el espíritu de otorgarle un significado a toda una época a través de las canciones de Juan Gabriel; además, sirven para el intento extraviado de sellar algo del significado de su vida como uno de los más grandes ídolos de masas y cuya multiplicación será imposible ante las nuevas condiciones materiales de producción capitalista de los significados emocionales: “Amor eterno”, “Muere Juan Gabriel, el Divo de Juárez", “Caray”, “Fue un placer conocerte”, “¡Ha muerto!”, “El Divo se fue”. No hay encabezado ni síntesis informativa ni suma biográfica ni telenovela ramplonamente melodramática ni serie de televisión de objetivos dramáticos irreales, en su vocación de biografía sentimental, ni película cuasi teológica con título de canción, en donde quepa una vida tan prolífica en su contribución a esa dialéctica entre cultura popular y cultura de masas. Se dice que más de 1,800 canciones son de su autoría, con más de 100 millones de discos vendidos; más de 35 álbumes y otro tanto de recopilaciones de éxitos y dúos, entre ellos el más célebre con la cantante española Rocío Dúrcal; conciertos memorables que duraban de tres a seis horas y que amplían el aura mítica de un Juan Gabriel plenamente compenetrado con su papel de cantor inalcanzable de los sentimientos de su pueblo; éxtasis íntimo y multitudinario.