Saúl Juárez —Son parte del paisaje del malecón —afirma el aspirante a marinero antes de tomar otra cerveza. —Unos mueren y otros llegan a sustituirlos —responde quien nunca se atrevió a embarcarse—. Los Navegantes no sobrepasan la veintena y suelen ser personas alegres. Ya jubilados deambulan por la existencia. Tienen un secreto, un secreto marino. —Eso he oído. —Observa con atención a Alfonso Mollinedo, el viejo sentado junto a la escultura de Neptuno. El hombre mira el ocaso como si alguien lo llamara. Su pasión por el mar es callada, en especial cuando pasan los barcos frente del astillero. —¿Pero cuál es el secreto de Los Navegantes? —Obsérvalos con atención, fíjate bien: Alfonso Mollinedo, al igual que los otros, a veces se concentra como si el mar fuera una pira que se volverá cenizas en el viento. —Es verdad, miran las olas como si fueran alas agitándose, ven el mar sólo de ellos saben. Parece que están frente a un misterio. —Algo parecido a una gaveta cerrada en dónde guardan trechos del pasado. —¿Y cuál es el secreto marino? Estoy dispuesto a correr el riesgo. —Yo me quedé en tierra con interrogantes que todavía escurren por la piel. Tú no te hagas más preguntas y embarcarte hasta el otro lado del mundo como lo deseas. —Estoy por atreverme —asegura y pide otras dos bien frías. —Hace poco escuché a Mollinedo decir: De viejos nos salen escamas en la espalda, pero eso es lo de menos. Lo relevante es que el secreto marino está vedado, aun para quienes lo guardamos.